Opinión

Cioran: reír en las fauces del abismo

El pensador rumano no fue un pesimista al modo en que lo fueron Arthur Schopenhauer, Philipp Mainländer y otros. Más bien, sus ojos nos invitan a mirar a los del abismo, frente a frente, y a aceptar que la vida no tiene más razón que su propio desenvolvimiento y que nos entregamos a ella con pasión, sin esperas vacuas.

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26
Sep
2022

En uno de sus textos menos leídos y más desconocidos, Ventana a la nada, el pensador rumano Emil Cioran (1911-1995) escribió un inolvidable y contundente aforismo que resume, con espléndida claridad, el núcleo de sus convicciones: «Todo lo que en nosotros es grande tiende a vencer el dolor. Pero solo en la medida en que no lo conseguimos –en que continuamos el combate– somos verdaderamente grandes». Cioran cifraba así nuestra existencia en una suerte de heroísmo trágico que consiste en dar un gran a la vida… a pesar de todo y de todos. A pesar de la aflicción y del desconsuelo, a pesar del sufrimiento y de cualquier circunstancia onerosa: siempre en y desde el seno del abismo del sinsentido.

La obra de Cioran ha sido catalogada de pesimista e irreverente, e incluso ha sido tildado en numerosas ocasiones –erróneamente– de un defensor acérrimo del suicidio. Sin embargo, si leemos con atención cada uno de sus enriquecedores libros, encontramos a un autor comprometido, ante todo, con el análisis y vivencia de los más insoslayables e indescifrables enigmas humanos: la finitud y la muerte, la trascendencia y la espiritualidad, la tristeza y la desesperanza o el tormento de la conciencia y la angustia frente a lo pasado y ante lo porvenir, sensaciones y sentimientos que contrarrestó mediante el poder salvífico de la música y del paseo o a través de la potencia balsámica de la ironía y el humor. Todo ello para intentar ahondar en lo que él mismo denominó «el fondo originario de la vida».

Cioran no fue un pesimista al modo en que lo fueron Arthur Schopenhauer, Philipp Mainländer, Eduard von Hartmann, Julius Bahnsen o, acercándonos más a nuestros días, Albert Caraco o el antinatalista David Benatar. El propio Cioran confesó en numerosas entrevistas que no se consideraba un pensador pesimista, sino más bien un pensador del sinsentido, de lo irreal, de lo que no tiene fundamento ni justificación. La vida carece de base ontológico-metafísica sobre la que erigirse; la vida es su puro desarrollo experiencial y cada uno de nosotros, individuos sujetos a todo tipo de avatares, debemos experimentarla en extrema (y a veces dolorosa) soledad. «¡Cuánta soledad es necesaria para tener un espíritu! ¡Cuánta muerte en vida y cuántos fuegos íntimos!», apuntó.

«Si leemos con inteligencia a Cioran, aparece como un extravagante optimista: ¿cómo, si no, atravesado desde muy joven por dolientes infiernos podría haber sobrevivido?»

En su primer libro publicado, En las cumbres de la desesperación (1934), Cioran nos invita a practicar un curioso modo de vida: la «pasión del absurdo». A pesar de los sinsabores, múltiples y variados, con los que la existencia nos pone a prueba, siempre queda una razón para seguir adelante. Y esa razón es… la sinrazón: precisamente, que «no existen argumentos para vivir». Cioran nos entrega desnudos a la vida, sin caparazón metafísico ni convicciones trascendentes, y asegura que únicamente es posible continuar si abrazamos el absurdo, «amando la inutilidad absoluta», porque «a quien en la vida lo ha perdido todo, solo le queda la pasión del absurdo».

Un autor pesimista nunca hablaría en estos términos. De hecho, si leemos con inteligencia a Cioran, aparece como un extravagante optimista. ¿Cómo, si no, atravesado desde muy joven por los dolientes infiernos del insomnio y la melancolía, por la conflictiva relación con su madre, por el desprecio de la academia, por su conciencia de inutilidad, por las envidias y los rencores…, cómo, si no, podría haber sobrevivido? Cioran apeló a nuestra fuerza heroica, a la que llamó «el método de la agonía».

Nunca defendió el suicidio, pero sí «la visión salvífica de la muerte». El autor rumano se refería, con clarividente y socarrona ironía, a este hecho: «Vivo únicamente porque puedo morir cuando quiera; sin la idea del suicidio, hace tiempo que me hubiera matado». O también: «El deseo de morir fue mi única preocupación; renuncié a todo por él, incluso a la muerte». La vida se gana en su plena y portentosa asunción, en su inquebrantable afirmación. El pensamiento de Cioran nos transmite una lucidez que no atemoriza, sino que sosiega y nos hace reposar en la certeza de que, en la vida, nada se resuelve: ¿necesitamos alguna otra certidumbre?

Toleramos la vida porque la muerte siempre es una posibilidad, una visión que nos conduce a una «transfiguración cósmica, esencial». Cuando quedamos perplejos ante las contrariedades de la existencia, caemos en la cuenta, desfondados, de que la propia vida es el material con el que se forja una «fuerza demoníaca» (en tanto que irresistible) que nos impulsa a mantenernos con vida. «Vivir sin el sentimiento de la muerte es vivir la dulce inconsciencia del hombre ordinario, que se comporta como si la muerte no constituyera una presencia eterna e inquietante», defendió en su primer libro. Y es que «desembarazarse de la vida es privarse de la satisfacción de reírse de ella».

Cioran mira a los ojos al abismo, frente a frente, y lo acepta, le da carta de normalidad en su cotidianidad. Ser conscientes del sinsentido significa «estar más allá de la posibilidad de las lágrimas y de los lamentos, más allá de cualquier categoría o forma». Cioran se burla de quien pretende explicarlo todo mediante fórmulas categoriales o teóricas que intentan clasificar la existencia como si se tratara de un problema algebraico. La vida no se deja encerrar en fórmulas. Se trata, por tanto, de desarrollar un sano «heroísmo de resistencia», no de conquista. No consiste en una resignación estoica ante lo inevitable, sino en el reconocimiento de la falta de fundamento o de razón última de la existencia. Y a pesar de este «pesado pensamiento», seguir sin miramientos.

«El pensador aseguró que lo que realmente nos mantiene vivos y proyectados al futuro son nuestros huecos y carencias»

Cuando se ha entendido que la vida no tiene más razón que su propio desenvolvimiento, su propio transcurrir, nos entregamos a ella con pasión, sin esperas vacuas o melifluas creencias. El auténtico heroísmo consiste en atreverse a vivir sin esperanza, sin promesas de eternidad o plenitud, con la conciencia de que todo está perdido y que, justamente por ello, merece la pena reafirmarse, con humor, en el seno mismo del sinsentido. «Cuando se aprende a beber en las fuentes del Vacío, se deja de temer el futuro», anotó Cioran en Silogismos de la amargura. En una entrevista, ya en sus últimos años, le preguntaron por qué seguía viviendo si la existencia, para él, carecía de sentido. Contestó, calmado y con amabilidad, que, aunque durante toda su vida se sintió muy solo, nunca se le ocurriría abandonar a «los humanos, mis compañeros de pesadilla».

En este punto, el pensamiento de Cioran se convierte en un humanismo que nos hermana en el sufrimiento, en el centro mismo del dolor existencial. Todos nuestros miedos individuales están ligados a través de la cadena infinita de generaciones que, igual que nosotros, también han padecido y han temido a la muerte y a los estragos de la vida. Por eso, aunque vivamos en soledad nuestros padecimientos, aunque algunos de nuestros dolores sean incomunicables, siempre nos cabe la posibilidad de entender el dolor del otro. Cuando comprendemos que soledad y sufrimiento son el destino del ser humano, comienza a instituirse una comunidad que trata de «vencer la nada de lo temporal».

Pocas líneas tan hermosas se han escrito en la historia del pensamiento occidental como estas que leemos en el Breviario pasional de Cioran. Son para enmarcar y leer, a modo de letanía, cada mañana: «En su inmensidad, espantado huye el hombre de sí mismo, en busca de vecinos que compartan su espanto. Cada individuo es un compañero de desconsuelo». Porque, anota el autor rumano, nos estrechamos la mano para caminar juntos «por complicidad entre dos soledades».

Frente a los melosos mensajes con los que nos intenta manipular emocionalmente la actual tiranía del éxito y la felicidad («alcanzarás lo que te propongas», «cree y lo conseguirás», Cioran aseguró que lo que realmente nos mantiene vivos y proyectados al futuro son nuestros huecos y carencias, nuestra falta de fondo, nuestra conciencia de seres abismales, de seres incompletos en pugna con lo absurdo. Y «a pesar de todo, continuamos amando; y ese a pesar de todo cubre un infinito», señaló Cioran en los Silogismos de la amargura.

Qué bello pensamiento para, a pesar de todo y de todos, continuar. Perseverar. Con heroísmo agónico, sabedores de nuestra derrota… porque no hay nada que ganar ni que conquistar, salvo quizá la conciencia de nuestra derrota y, entonces, mirándonos a los ojos, decirnos, como también dijo Cioran: «Sosegarme en tu lágrima y tú en la mía».

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