Sociedad

«Si no frenamos el sistema, Spotify y Google se conectarán a nuestros cerebros»

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29
Jun
2021
humanos

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Harmunt Rosa (Lörrach, 1965) es uno de los defensores de la teoría de la aceleración, una hipótesis que asegura que el actual sistema económico debería expandirse para generar un cambio social radical. Este sociólogo y filósofo pertenece a los discípulos de la Escuela de Francfort, centrada en dos intereses principales: realizar una crítica a las sociedades industriales desarrolladas –desde el aspecto económico, pero también el político– y generar a partir de ello una forma de romper con la teoría más tradicional. En su último ensayo, ‘Lo indisponible’ (Herder), habla de cuanto no puede ser mercantilizado, ni controlado, ni necesita depender de nada (ni nadie) para ocurrir. También de nuestro vínculo dañado con la naturaleza, del progreso imparable y del crecimiento continuo, así como de la necesidad de resonancia para la supervivencia del hombre, es decir, de la capacidad de escucha y de respuesta, de dejarnos afectar por el resto, o por lo otro. Recientemente, Rosa viajó a Madrid para participar en el IV Festival de Filosofía: ‘Embaucadores contra perplejos’, organizado por la Facultad de Filosofía de la Universidad Complutense y el Centro de Cultura Contemporánea Condeduque.


Lo indisponible del mundo, ¿podría definirse como aquello que, siendo inútil para el sistema (es decir, no puede convertirse en mercancía) nos hace felices?

Yo lo diría al revés: las cosas que nos hacen realmente felices, hasta cierto punto, no están disponibles. No podemos controlarlas por completo, ni comprarlas. Pensemos en el amor: estamos enamorados de alguien o de algo mientras no podamos someterlo o dominarlo. Sin embargo, hay formas de indisponibilidad que no nos hacen felices en absoluto. Tener hambre y carecer de comida, por ejemplo. O que el acceso a la educación esté fuera del alcance de los padres o del propio un niño. Pero es cierto lo que dices de que las cosas verdaderamente valiosas no se pueden mercantilizar.

¿Cómo conjugamos lo imprevisto con lo previsible?

Esta es una pregunta importante. Vivimos en una situación paradójica: por un lado, la modernidad trata de aumentar la seguridad, la disponibilidad, la certeza; queremos asegurarnos de que lo que hagamos o compremos sea seguro, que funcione, que su calidad está garantizada, que no entrañe peligro. Por ejemplo, podemos comprar un pasaje en un crucero para ver las auroras boreales y, si no las vemos, nos devolverán el dinero. Creamos mecanismos de seguridad muy férreos al tiempo que, con esas mismas estrategias, surgen formas monstruosas de inseguridad. Pensemos en que nuestra seguridad financiera depende de la estabilidad de los mercados, que se han convertido en bestias incontrolables y nadie sabe cuándo volverán a desplomarse. O tomemos como ejemplo la energía nuclear: hemos extendido nuestros poderes al núcleo mismo de la materia, al tiempo que hemos desatado la terrible posibilidad de las explosiones nucleares.

¿No está ocurriendo eso mismo con la naturaleza?

Exacto: hemos llegado a dominarla y controlarla de manera cada vez más eficiente, pero creamos al mismo tiempo el monstruo del desastre ecológico y el cambio climático.

¿La covid-19 tiene algo que ver con estos monstruos parasitarios e involuntarios?

Así es, considero que el virus es un monstruo de inseguridad e incontrolabilidad. Nos recuerda que la lucha por el control completo de la vida y la naturaleza conduce a su opuesto exacto. Necesitamos una nueva relación con la inseguridad esencial de una vida, un nuevo equilibrio.

«Debemos estar preparados para hacernos vulnerables»

¿Qué hemos perdido en esa relación ‘ser humano-naturaleza’?

Desde la modernidad temprana, la naturaleza se ha convertido en una esfera de resonancia crucial para nosotros: escuchar los océanos, experimentar el silencio de un bosque o un desierto o la majestuosidad de las montañas garantizan nuestra conexión con vivir, respirar la realidad de ‘ahí fuera’. Una realidad independiente de nosotros, pero que nos llama. «Te he llamado por tu nombre, eres mío», este un versículo bíblico que pronuncia Dios y que, en la modernidad, podría pronunciarlo la naturaleza. Pero la hemos convertido en algo que usamos, que controlamos, o que compramos en forma de mercancía. Por ello, amenazamos con destruirla, pero a quien destruiremos será a nosotros mismos. Hemos perdido la naturaleza como esfera de resonancia.

Volviendo a lo que no está disponible. ¿Hay en algún lugar un «indisponible» puro? Usted habla en el libro de la nieve y del fútbol, pero es cierto que la nieve se predice (más o menos) y que un partido de fútbol no suele estar equilibrado.

Sí, esto es correcto. Algo que está completamente fuera de nuestro alcance no nos sirve de nada. Por ello, en mi tesis trato de identificar la forma correcta de indisponibilidad, que es la ‘semidisponibilidad’, que nos procura la felicidad. Dicho en mis términos: la resonancia, que solo se puede establecer con algo con lo que podemos entrar en contacto, que reacciona o responde a mis anhelos pero que no puede ser controlado por mí. En el ejemplo del fútbol es cierto que hay equipos que disponen de mucho dinero para invertir en jugadores, pero eso no les garantiza el éxito. Como en el amor, de nuevo: si seré amado o no depende en parte de mis acciones, de mi ser y de mi comportamiento, pero solo en parte. No controlo el proceso.

¿Lo indisponible repararía nuestra tan amenazada salud mental?

No creo que sea una solución para nuestros problemas, pero renunciar al impulso de controlarlo todo es una condición previa para estar en resonancia con la vida y con el mundo. Para ser felices. El elemento central de la resonancia es un modo de escuchar y responder, que es diferente a poseer y controlar. La resonancia requiere de nuestra capacidad para ponernos en contacto con cosas, personas, situaciones que no podemos predecir, así como para entablar relaciones que nos transformen de manera inesperada. Esto significa que debemos estar preparados para hacernos vulnerables. Ya comenté que la resonancia como modo de existencia no es solo una postura subjetiva hacia el mundo, sino un modo de relación, y en un mundo capitalista que depende del crecimiento permanente, de la innovación y la aceleración para mantener su status quo, es muy arriesgado (o imposible) entrar en resonancia. La presión del tiempo, por ejemplo, es un factor que nos impide los encuentros con lo incontrolable.

Para disfrutar del mundo, de aquello que merece la alegría ser vivido, ¿cuánto de atención hay que poner? El teólogo francés, Nicole Malebranche, decía que esa era la primera cualidad del alma.

Estamos viviendo una crisis de atención. No de atención en el sentido de concentración o enfoque, sino de atención amplia y abierta. En alemán, una crisis de Anrufbarkeit, de sensibilidad; una crisis de nuestra capacidad de dejarnos llamar por algo: los pájaros nos llaman, la gente nos llama, las campanas nos llaman, el arte nos llama. No en el sentido de un sms o una llamada, sino en el sentido de que las cosas nos hablan. Tocándonos. Moviéndonos. La resonancia no comienza en el sentido de un deber, sino en el sentido de una atracción, una fascinación. Y esto está más allá del alcance directo: no podemos comprarlo. Pero podemos responderle. Este modo de Anrufbarkeit es lo que nos previene del agotamiento y la depresión. No obstante, estamos a punto de perderlo porque nos enfocamos constantemente en trabajar nuestras listas de tareas pendientes, en optimizar todos los parámetros cuantificables de nuestra vida, alejándonos así de la verdadera vida.

Usted insiste en que uno de los focos de nuestro malestar como sociedad es la lógica del crecimiento continuo. Este crecimiento, esta aceleración, esta vertiginosa innovación amenazan nuestra vida. Si todos lo sabemos, si los poderes fácticos lo conocen, ¿por qué no se detiene esta muerte lenta pero segura?

Este es el núcleo de mi análisis sociológico. El problema no es que crezcamos, aceleremos o innovemos; el problema es que nos vemos obligados estructuralmente a hacerlo para quedarnos donde estamos, para mantener nuestro status quo institucional. A esto lo llamo ‘modo de estabilización dinámica’ y es lo que caracteriza a una sociedad moderna. Sin una aceleración constante, el número de desempleo aumenta, los ingresos fiscales disminuyen, no podemos pagar el sistema de salud, ni el de pensiones, ni el educativo… Y lo mismo para nosotros como individuos: vivimos como si estuviéramos parados, como si estuviésemos en unas escaleras mecánicas corriendo cuesta arriba constantemente para mantener nuestro lugar en un mundo, que se mueve frenéticamente. Cada vez tenemos que correr más rápido para mantenernos en el lugar. Es de crucial importancia ver que esto no es simplemente una característica de la vida humana, En la historia, esta necesidad estructural de correr solo para permanecer en el lugar solo comienza en el siglo XVIII. Está intrínsecamente conectado a la lógica del capitalismo, al proceso de acumulación de capital que nunca puede detenerse sin un colapso económico total.

«Google y Spotify estarán directamente en nuestros cerebros, no en los dispositivos»

Hace poco, Chile aprobó la primera normativa en el mundo en neuroderechos. Es decir, la ‘invasión’ de nuestro cerebro (como la posibilidad de descargar recuerdos o modificarlos, entre otras acciones) ha dejado de ser ciencia ficción. ¿Podremos seguir hablando de humanos, o habría que pensar en otra raza?

La presión constante para optimizar conduce a una situación en la que los seres humanos somos demasiado débiles y lentos. Dentro del sistema, lo único que ya no es capaz de alcanzar una mayor aceleración es nuestro cuerpo, así como nuestra mente. Nos hemos vuelto anacrónicos: el poder y la velocidad del cuerpo humano se han vuelto inútiles en un mundo dirigido por computadoras y máquinas. El movimiento físico está restringido al clic del pulgar en el teléfono inteligente o el control remoto. O al gimnasio, donde movemos el cuerpo pero solo por su bien. Los movimientos ya casi no tienen otro propósito. Y lo mismo para las mentes: nuestro pensamiento y cálculo pronto quedarán obsoletos. En esto hay dos formas posibles de reacción: una es la estrategia transhumanista, fusionando nuestras mentes y cuerpos con computadoras para acelerarlos. No tengo ninguna duda de que el próximo paso en nuestro juego de velocidad será la conexión de tecnologías biológicas e informáticas. Google y Spotify estarán directamente en nuestros cerebros, no en los dispositivos. Esto significa que dejaremos de ser humanos, a menos que detengamos todo el sistema y superemos el modo de estabilización dinámica para reemplazarlo por un nuevo modelo social que se adapte a las necesidades, esperanzas y deseos humanos. Esta es la segunda reacción posible. Requerirá acción política, una reforma económica y una cultural, siendo esta última una revisión de nuestra concepción de la buena vida. Sé que una revolución parece muy poco probable, pero es la promesa de la modernidad: que no nos dejaremos gobernar por presiones externas, que seremos libres de moldear nuestra forma de vida. Por tanto, no debemos dejar que los dictados de la velocidad determinen nuestro destino.

¿Cómo podríamos vivir una «buena vida»? ¿Es posible vivirla como sociedad en un proyecto común o se trata de que cada cual la alcance por sus propios medios?

Los seres humanos somos animales sociales. No podemos lograr una buena vida por nuestra cuenta. Creo que la confusión básica que daña nuestra cultura reside en la convicción, muchas veces no articulada, de que la calidad de vida depende de los recursos y opciones de los que disponemos. Aumentar el horizonte de lo que está disponible para nosotros ha llegado a definir la esencia del ‘bien’: es bueno tener más dinero, porque nos da muchas opciones; un título universitario, porque abre un mundo de oportunidades completamente nuevo; un automóvil porque nos da independencia; un teléfono inteligente porque en él tienes la música, las películas, el conocimiento e incluso amigos y familiares a solo clic de distancia. Pero esto no necesariamente mejora la calidad de nuestra vida, al contrario. La calidad de vida, la «buena vida», depende de la calidad de nuestras relaciones con el mundo. Se logra cuando tenemos la suerte de contar con ‘ejes de resonancia’ confiables en cuatro dimensiones: cuando encontraos la amistad o el amor (resonancia social); cuando vivimos en una relación sensible con las cosas con las que trabajamos (resonancia material); cuando sentimos una sensación de conexión con el mundo o con alguna realidad última que podemos llamar ‘el mundo’, ‘el universo’, ‘vida’, ‘naturaleza’ o ‘ Dios ‘ (resonancia existencial) y cuando estamos en un modo de escucha y respuesta con nosotros mismos (autoeje de resonancia). Que logremos establecerlos y mantenerlos depende de las instituciones en las que vivamos. Por lo tanto, mi esperanza es que encontremos la forma de reformar políticamente nuestro mundo de tal manera que permita la resonancia, en lugar de aumentar la disponibilidad y el dominio.

«Solo nos sentimos vivos cuando estamos en contacto con algo importante para nosotros y que, sin embargo, sigue siendo un ‘otro’»

El concepto de resonancia tiene que ver con contemplar la capacidad de emoción. Con la cantidad de estímulos que recibimos, ¿cómo distinguir un sucedáneo de una emoción que nos traspasa?

La resonancia, en realidad, nos recuerda a la acústica. Por supuesto, uno podría tener la tentación de usarla solo como una metáfora: la gente se siente inspirada por la idea de una cuerda que suena. Pero quiero establecerlo como un concepto sólido en la teoría y la filosofía social. Por eso lo defino como una forma específica de relación entre dos o más entidades que consta de cuatro elementos: primero, el afecto: el sujeto es tocado o movido por algo; después, la respuesta de autoeficacia: el sujeto ‘responde’, pero en su propia frecuencia, con su propia voz; en tercer lugar, la transformación: no permanece igual, se transforma en esta interacción; y, por último, la indisponibilidad o incontrolabilidad. Hay una palabra alemana para esto: Unverfügbarkeit, que incluye todos estos elementos: impredecibilidad, no ingeniería, incontrolabilidad e indisponibilidad. Significa que la resonancia no se puede hacer cumplir, garantizar o diseñar. Además, cuando somos transformados por una relación resonante, nadie puede predecir el resultado. Por tanto, la transformación no es optimización. La resonancia tiene un final abierto. No es solo una emoción. No es resonancia cuando lloramos por una canción o una película: el afecto por sí solo no es suficiente, necesitamos la respuesta también.

Usted asegura que la resonancia lo es porque no se comprende del todo. Hay una parte, digamos, de misterio, con la que tenemos que convivir y que a la vez nos sostiene.

La resonancia significa estar en contacto con algo que no controlamos o entendemos por completo.Cuando las personas escuchan una pieza musical una y otra vez lo hacen porque sienten que hay algo en ella que aún no han descubierto. Lo mismo ocurre con los libros: algunos leen con asiduidad la Biblia o El Capital de Marx porque están convencidos de que les habla de maneras que no son completamente predecibles. Lo mismo ocurre con una mascota que amamos, o incluso con una persona que amamos: siguen siendo fuentes de resonancia siempre que estén más allá de nuestro alcance, comprensión y control. De eso se trata la vida. Solo nos sentimos vivos cuando estamos en contacto con algo que es importante para nosotros, que nos habla y, sin embargo, sigue siendo un ‘otro’.

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