Cambio Climático

«No estamos predestinados a la catástrofe»

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I. Montero Peláez
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29
Ago
2022
antxon olabe

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I. Montero Peláez

La trayectoria profesional de Antxon Olabe (Eibar, 1955) siempre ha estado vinculada a la reflexión crítica y la planificación estratégica en los ámbitos del calentamiento global, la transición energética y el desarrollo sostenible. Además, sus más de 30 ensayos sobre cambio climático lo sitúan como uno de los mayores expertos en un asunto en el que nos jugamos la supervivencia del ser humano. Ahora, el economista especializado en Economía Ambiental por la Universidad de York y mano derecha de la ministra Teresa Ribera, acaba de publicar ‘Necesidad de una política de la Tierra. Emergencia climática en tiempos de confrontación’ (Galaxia Gutenberg), en el que adopta un punto de vista internacional, evaluando los distintos factores que confluyen en el cambio climático, sus catastróficas consecuencias y los desafíos que podrían evitar una tragedia final.


La desaparición del mar de hielo en el Ártico, el deshielo del permafrost siberiano, el destrozo de los arrecifes de coral y los océanos, la deforestación de la Amazonia… ¿por dónde empezamos, cuál de estas realidades requiere mayor rapidez en la solución?

Estos procesos son síntomas de la crisis del clima. El sistema climático es uno de los soportes clave de los procesos de la vida sobre la Tierra. Al desestabilizarlo, hemos desequilibrado una de las vigas maestras que permiten que esos procesos de la vida se desarrollen. En todo caso, nunca se insistirá suficiente acerca de que no es el planeta el que está en riesgo (la vida se ha desarrollado a lo largo de 3800 millones de años y sobrevivirá a los destrozos del Homo sapiens), sino nuestro mundo, el mundo de los seres humanos; ese es el que se encuentra en el peligro de adentrarse en una dinámica autodestructiva como consecuencia de la desestabilización del sistema climático. En ese sentido, la gravedad de los impactos que han ocurrido este verano de 2022, no solo en la Península Ibérica sino en buena parte de Europa occidental, confirman las palabras del secretario general de las Naciones Unidas ante el último informe del IPCC: «Estamos ante una alerta roja».

«Hemos desequilibrado el sistema climático, una de las vigas maestras que permiten que los procesos de la vida se desarrollen»

¿En qué momento y de qué modo empezó la transformación de la base energética de la economía?

Se ha producido un círculo virtuoso. En primer lugar, Alemania, quinta economía del mundo, decidió a comienzos del presente siglo poner en marcha un proceso integral de transición de su sistema energético, Energiewende, hacia las renovables y la eficiencia; pocos años después, sobre todo a partir de 2007, la Unión Europea decidió seguir sus pasos. En segundo lugar, la economía china entró de lleno en la fabricación de paneles solares y palas eólicas y lo hizo a escala industrial, con lo que los precios, aprovechando las economías de escala los costes unitarios de dichas tecnologías, descendieron de manera radical en pocos años, pasando a competir de manera cada vez más eficiente con las tecnologías fósiles en el subsistema eléctrico. Finalmente, la combinación de políticas climático-energéticas –cada vez más ambiciosas en buena parte del mundo– y la disponibilidad de unas tecnologías limpias muy competitivas ha hecho que las inversiones en el sector de la generación eléctrica en la última década hayan sido protagonizadas de manera abrumadora (en torno al 75%) por las renovables.

¿Por qué se caracterizará el «nuevo orden de la energía»?

El nuevo orden de la energía es un proceso en curso llamado a durar, al menos, los próximos 30 ó 40 años. El elemento definitorio del mismo es la retirada progresiva de los combustibles fósiles del sistema energético mundial, comenzando por el carbón, continuando por el petróleo y finalizando con el gas. Tres de cada cuatro toneladas de gases de efecto invernadero que se generan a nivel global proceden del sistema energético fósil y de las industrias asociadas. Ahí radica la causa directa de la crisis climática. Hoy día, en el 80% de los países ya es más eficiente generar energía eléctrica con renovables que con combustibles fósiles. En la próxima década, eso será una realidad también en el sector de la movilidad y el de la edificación. A partir de 2030 ó 2035, estaremos en condiciones de desplegar tecnologías disruptivas en los sectores de más difícil descarbonización, como el transporte pesado por carretera, la aviación, la navegación y las industrias intensivas en carbono.

¿Quién considera que desempeña el liderazgo internacional requerido por la emergencia climática?

La referencia en las tres últimas décadas –desde que en 1992 se celebró la Cumbre de la Tierra en Río (Brasil)– ha sido la Unión Europea: es la única potencia económica que ha reducido un 25% sus emisiones en ese tiempo, a la vez que ha incrementado su economía en más del 60%. Europa ha hecho los deberes y ha liderado mediante el ejemplo. Ahora bien, el drama en el que nos hemos adentrado es que, por muy bien que hagamos las cosas en el ámbito europeo, la UE representa hoy día apenas el 7% de las emisiones mundiales de gases de efecto invernadero. El 93% lo originan otros países sobre los que nuestro poder de influencia es limitado, singularmente China, en cuyo territorio se generan alrededor del 27% de las emisiones globales.

«El 93% de los gases de efecto invernadero son originados por países sobre los que nuestra influencia es limitada»

Cuando parecía que el sistema energético fósil estaba abocado a la extinción, surge la guerra de Ucrania. ¿No hay más remedio que volver al carbón y a las nucleares en este contexto?

Ese ha sido un tremendo error de la Comisión Europea, ya que, en el marco de una respuesta ambiciosa como es el Pacto Verde Europeo, ha generado un ruido perturbador y mucha confusión. En todo caso, hay que mantener la perspectiva. Lo de las nucleares ha sido una concesión a Francia, país que tiene una cesta energético-eléctrica, la nuclear, descompensada hacia una tecnología que es del siglo XX, no del XXI. Pero no vamos a asistir a un desarrollo de nuevas centrales. Los últimos proyectos atómicos han sido un fiasco financiero, y el sector privado no está interesado en invertir en ese agujero sin fondo. Lo del carbón es un elemento coyuntural que tendrá una relevancia puntual en unos pocos países, pero la entrada al sistema eléctrico de las centrales de carbón será, en general, escasa, dados los elevados precios del CO2 en el sistema EU ETS [régimen de comercio de derechos de emisión de la Unión Europea]. En todo caso, es importante mantener una visión clara de los tiempos y diferenciar los procesos estratégicos a medio y largo plazo de las turbulencias originadas a corto plazo. Aunque pueda parecer contraintuitivo, la invasión de Ucrania acelerará la transición energética europea en lugar de retardarla: la dependencia de los combustibles fósiles se percibe ahora como una vulnerabilidad en la propia seguridad europea.

¿Hasta qué punto se carga de manera exagerada la responsabilidad de «salvar el planeta» en los ciudadanos cuando, en realidad, el mayor motor de destrucción es el propio sistema?

Esa atribución de responsabilidad a las personas por su estilo de vida ha actuado objetivamente como una cortina de humo para ocultar que la causa directa de la emergencia climática es el sistema energético fósil basado en el carbón, el petróleo y el gas. Si tú diriges una multinacional del petróleo, tienes interés en desviar la responsabilidad de la crisis del clima a los hábitos de las personas. De esa manera, mediante la estrategia del ventilador se generalizan las responsabilidades y se desenfoca la necesidad de transformar un sistema energético en el que has basado tu modelo de negocio. Dicho lo anterior, siempre insisto en nuestra responsabilidad como ciudadanos, porque la transformación de la energía y la acción climática sólo son posibles desde la política con mayúsculas. Esta es la lucha política y moral decisiva de nuestro tiempo.

¿Contamos con la tecnología y los recursos económicos necesarios para evitar el punto de no retorno? 

Es mucho más fácil abandonarse a un pesimismo nihilista que generar la reflexión, los valores, las propuestas y las estrategias necesarias para reconducir la crisis del clima. Lo fácil es decir: «Esto no hay manera de arreglarlo, es demasiado complicado, hay muchos intereses en contra». A quienes se han instalado en esa comodidad argumentativa, les preguntaría cómo de fácil fue en su momento abolir la esclavitud, con miles de años de existencia y enormes intereses económicos en su defensa. El futuro no está escrito, lo estamos escribiendo aquí y ahora con nuestras decisiones, nuestro compromiso y nuestra responsabilidad. Hay que luchar hasta el último aliento.

¿En qué situación se encuentra la transición energética en España?

En lo fundamental se está haciendo bien. Solo hay que recordar dónde estábamos en 2017 con el impuesto al sol, la oposición al cierre de centrales térmicas de carbón por parte del gobierno de Rajoy, el aumento del 4,4% de las emisiones ese año (el mayor de toda la OCDE) o la voluntad de alargar al máximo la vida de las centrales nucleares. Hoy día, España es uno de los Estados miembro de la UE que traccionan la agenda climática-energética. En cuatro años de gobierno progresista se han instalado más de 14.000 megavatios (MW) de renovables (el doble del parque nuclear español), se han retirado más de 6000 MW de centrales de carbón y se ha reducido un 17% las emisiones de gases de efecto invernadero. Además, disponemos de una importante Ley de clima y energía, así como una hoja de ruta sólida para la transición energética plasmada en el PNIEC 2021-2030, que tuve la oportunidad de codirigir. Las élites económicas, políticas y sociales de este país han entendido que la transformación de la energía hacia la eficiencia y las renovables es una oportunidad histórica de desarrollo económico, tecnológico y de empleo para España. 

«Hoy día, España es uno de los Estados miembro de la UE que traccionan la agenda climática-energética»

Las emisiones de gases se generan fundamentalmente en los grandes sectores: el eléctrico, el transporte y la climatización de edificios. Sin embargo, no termina de haber una concienciación del uso de transporte público y un enorme porcentaje de edificios no cumplirían las normas más elementales de climatización. ¿Cómo atajarlo?

El tema del transporte es difícil no solo en España, sino en toda Europa y el resto del mundo desarrollado, ya que venimos de una cultura de más de 70 años en la que se han alimentado, a nivel simbólico y de valores, la asociación del vehículo privado con la autonomía personal y el estatus social, si bien afortunadamente esto parece estar cambiando entre los jóvenes. Fruto de esa cultura, se cometió el error de diseñar y pensar las ciudades en función de las máquinas-vehículos en vez de en las personas. Creo que el establecimiento de Zonas de Bajas Emisiones (ZBE) en todas las ciudades de más de 50.000 habitantes contribuirá a ese cambio paulatino de hábitos.

La gran apuesta por las energías renovables se produjo cuando era notorio que resultaban más económicas que las fósiles. A la postre, ¿se reduce todo a una cuestión de rentabilidad económica? 

En una economía de libre mercado –a efectos prácticos, la única existente en el mundo– no se puede hacer abstracción de los costes y beneficios de las diferentes soluciones a los problemas que enfrenta la sociedad. No se trata de sostener que «al final todo es una cuestión de números» porque no es cierto. La crisis del clima es esencialmente un problema de justicia y equidad entre generaciones e incluso dentro de nuestra propia generación y, como tal, afecta al núcleo moral de nuestra sociedad. Ese es el punto de partida de la conversación sobre el clima, desde ahí hay que iniciar la reflexión. Dicho lo cual, las tecnologías renovables son hoy más económicas que las fósiles porque China y otros países las fabrican a escala industrial, pero previamente Alemania y Europa habían decidido avanzar hacia la transición de la energía poniendo en marcha un sinfín de políticas públicas en esa dirección. La economía de libre mercado no tiene lugar en el vacío: responde al marco de referencia derivado de las preferencias sociales y las políticas públicas. Por eso es tan decisivo ganar la opinión pública: las democracias son sistemas de opinión pública.

¿Cómo interactúan clima y diversidad biológica?

La diversidad biológica en mares, suelos y bosques favorece la absorción del CO2 de la atmósfera, algo extraordinariamente importante para reconducir la crisis del clima a lo largo del siglo XXI. En sentido contrario, los impactos del cambio climático se están convirtiendo cada vez más en la mayor amenaza a la diversidad biológica. A modo de ejemplo: se estima que en los gigantescos incendios recientes de Australia murieron mil millones de animales y otros dos mil millones se vieron negativamente afectados.

¿Cómo armonizar tejidos sociales, económicos y ecológicos?

La especie humana es muy joven, apenas llevamos caminando sobre la Tierra 300.000 años. Según la ciencia, el promedio de duración de las especies de mamíferos es de alrededor de un millón de años, por lo que estamos aún en una fase inmadura en términos evolutivos. No obstante, somos animales culturales: aprendemos de la interacción con el medio natural del que formamos parte. Por eso no estamos predestinados a la catástrofe climática-ecológica. Tenemos potencial y capacidad para aprender de esa interrelación. El sistema Tierra, del que formamos parte, nos está devolviendo una ingente cantidad de información acerca de la destrucción de los sistemas de soporte de la biosfera, empezando por la emergencia climática. Está en nosotros la capacidad de convertir esa información en un conocimiento con el que nuestra acción. En el fondo, se trata de desplazar el centro de gravedad de nuestra autocomprensión como especie: no podemos prosperar, ni siquiera sobrevivir a largo plazo, si no redefinimos la relación con la Tierra en términos de interdependencia e interrelación. Además, la respuesta a la crisis climática arrastrará, como ya lo está haciendo, agendas por la preservación de la diversidad biológica o la recuperación de la calidad ecológica de los océanos. Hay que confiar y luchar porque de esos procesos interrelacionados vaya emergiendo una metamorfosis en las relaciones de los seres humanos con el sistema Tierra. Somos los antepasados ancestrales de centenares de generaciones que heredarán la Tierra. Nos toca sembrar las semillas positivas que ellas y ellos recogerán.

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