Opinión

Viajes por la España fea

Los horrores urbanísticos propiciados por factores como la codicia, la ignorancia y la explosión demográfica han dejado a España irreconocible, sepultada tras innumerables y crueles capas de hormigón.

Fotografía

Catalina Gracia
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27
Jul
2022
españa fea

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Catalina Gracia

Es feo empezar un artículo sobre la fealdad citándose a uno mismo, vicio de articulista que no deberían imitarme, pero es que mientras leía España fea (Debate), de Andrés Rubio, me venía a la mente una frase que escribí en Contra la España vacía (Alfaguara) y que podría estar en el libro de este: «Entre las víctimas del franquismo habría que añadir la belleza». Así podría resumirse el espíritu de este ensayo, que culpa también –con mucha más amargura– a la democracia, que prosiguió una historia de destrucción paisajística y patrimonial que nos ha dejado este panorama. La obra de Rubio es tan elocuente, profunda, incómoda y –sí, voy a escribir ese cliché– necesaria, que incluso he pasado por alto que el autor use siempre el sintagma España vaciada, impropio de un apóstol del buen gusto, en vez de mi querido y eufónico España vacía. 

No escribe Rubio sobre el buen gusto poético, sino arquitectónico y urbanístico. España fea es tanto un catálogo de monstruosidades y crímenes contra el paisaje como una historia de la devastación, un planto por todo lo que se perdió y una llamada activista a la acción. Vivo en una ciudad, Zaragoza, que ha sufrido especialmente la insidia de la piqueta y el feísmo desarrollista. A pesar de tener 2.000 años de antigüedad, apenas conserva unas pocas piedras romanas, casi nada de la Edad Media y muy poquitos edificios anteriores al siglo XIX. Napoleón tuvo parte de culpa, ya que sus tropas la dejaron hecha cascotes entre 1808 y 1809, pero los zaragozanos destrozaron lo suyo a base de bien. A pesar de reunir tantos méritos, la ciudad casi no se nombra en el ensayo, que se recrea en muchos otros rincones.

Según Andrés Rubio, la ignorancia de unas élites especulativas, los sucesivos ladrillazos y una clase política corrupta han reducido a anécdota el patrimonio arquitectónico y urbanístico español, tanto el popular como el civil y el religioso. Se ha roto la armonía de los pueblos con su paisaje; las ciudades han crecido por amontonamiento, sin coherencia ni criterio, y la costa ha sido prácticamente alicatada, del Ampurdán a las marismas del Guadalquivir. Son tantos los crímenes que se han perpetrado que España está irreconocible, sepultada tras muchísimas capas de hormigón. 

«En España, salvo excepciones, nadie se ha preocupado por cuidar el patrimonio heredado, sacarle lustre y armonizarlo con el mundo de hoy»

Siendo esta fealdad endémica de España, no es exclusiva, y otros países europeos han sufrido devastaciones similares, aunque quizá no tan profundas. Italia y el Reino Unido se han cebado con sus ciudades y pueblos de forma parecida. En cambio, Francia intenta mitigar el destrozo con instituciones estatales y de la sociedad civil que, por ejemplo, cuidan el litoral y promueven legislaciones contra los abusos. Alemania, que tuvo que reconstruirse casi entera después de 1945, también bebió de su tradición moderna (de Walter Gropius y la Bauhaus, fundamentalmente) para resurgir de las cenizas con cierto orden y elegancia. En España, salvo puntuales y honrosísimas excepciones, nadie se ha preocupado por cuidar el patrimonio heredado, sacarle lustre y armonizarlo con el mundo de hoy. 

Salva Rubio de su quema polémica a Barcelona, con su planificación urbana tutelada por Oriol Bohigas y auspiciada por los alcaldes socialistas de las décadas de 1980 y 1990. También tiene elogios para Santiago de Compostela y su alcalde Xerardo Estévez, que mantuvo a raya a los especuladores y consiguió que la ciudad sea hoy un faro de belleza y armonía en medio del feísmo urbano de Galicia. Entre los pueblos, rescata Vejer de la Frontera, Albarracín y Pedraza, como ejemplos de cosas bien hechas, respetuosas con la historia, con la vida de los vecinos y con un turismo sensato y no corrosivo. Y poco más. Del resto de España apenas reseña nada bueno. Todo es un desastre que ofende los ojos del viajero. 

Rubio atribuye a la codicia, a la ignorancia y a la corrupción este estado de cosas, y considera que la degradación es un fracaso de la socialdemocracia, que no incluyó la protección del paisaje y de las ciudades entre las reformas que cambiaron el país a partir de 1982. Y teniendo razón, su enfoque es tan pasional que merecería algunos matices. Que no se entiendan mis peros impertinentes como una crítica a un libro magnífico que debería estar en la biblioteca de cualquier ciudadano preocupado por su país. Los desacuerdos y las ausencias que he anotado en sus márgenes son un triunfo del autor: si un ensayo no suscita y anima la discusión, es que no está bien hecho. 

«La destrucción del paisaje es también consecuencia de la explosión demográfica tras la Segunda Guerra Mundial»

El análisis sobre la España fea sería más completo si se ampliase el foco y se incidiese más en otros aspectos, al margen de la codicia y del descontrol político. La destrucción del paisaje es también consecuencia de la explosión demográfica que sufrió Europa occidental tras la Segunda Guerra Mundial, incluyendo España. Los éxodos rurales no solo causaron una crisis de vivienda que desbordó la capacidad del Estado (con esos barrios infinitos de chabolas en las grandes ciudades), sino que arrasó con la memoria milenaria campesina. Cientos de saberes desaparecieron de golpe. No solo se despreciaban las casas tradicionales, asociadas a la miseria secular, sino que, al romperse la cadena de transmisión de los oficios, la gente olvidó cómo hacerlas. 

Era muy difícil poner orden en tanto desconcierto. No todo fue pelotazo ni corrupción. El contexto de declive de una cultura milenaria, cantada por bardos novelistas como John Berger, es mucho más complejo. 

Por otro lado, no siempre coincido con las tesis conservacionistas de Rubio. Llevadas al extremo, obligarían a muchos pueblos a vivir en un pasado estanco, sin posibilidad de dejar huella en el presente, como si la sociedad se hubiera parado en algún momento del siglo XVII. Los ciudadanos de una determinada época también pueden dejar constancia de ella en sus ciudades, aunque estas tengan miles de años. Si el conservacionismo rigiera dogmáticamente, los españoles del futuro no tendrían edificios de nuestra época, y nuestro paso por el mundo no les influiría en nada. 

Todo esto solo indica que Rubio ha abierto un debate apasionante que debería extenderse por muchos rincones del ágora, honrando el espíritu de reforma socialdemócrata que lo alienta y que comparto por completo. Ojalá lo lea mucha gente que hoy camina casi a ciegas por España, sin tomar conciencia de las ruinas que forman su paisaje.

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