Opinión

Sobre la experiencia y la esperanza

Solo una reforma del pacto social basada en la libertad, la protección del planeta, el feminismo y la recuperación de grandes acuerdos permitirá que los jóvenes reconecten con la esencia de la democracia.

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26
Jul
2022

Toda sociedad que aspira a seguir siéndolo se asienta sobre dos ideas fundamentales: la experiencia y la esperanza. Es difícil imaginar un futuro optimista si prescindimos de la historia que nos precede, del mismo modo que es complicado aspirar a un para qué ilusionante sin jóvenes que puedan recoger el testigo. Las democracias crecen sobre los pactos, y el pacto generacional es quizás uno de los más importantes porque, sencillamente, es el único que puede garantizar una continuidad estable y, por ende, próspera. Recuerden, nadie quiere morir sabiéndose el último.

Algunos pesimistas ya no tan jóvenes hemos llegado a pensar que ese gran acuerdo del que somos cotitulares, de algún modo, se había malogrado. Ninguno de los lectores de este espacio necesita volver a leer una perorata sobre ese porvenir perdido que ha estado cerca de ser un presente yermo. Y no necesitan volver a leerlo porque la generación que se quedó sin futuro ha alzado la voz por esta injusticia, se ha manifestado, se ha organizado y ha luchado hasta la extenuación. Además, esos jóvenes han tenido la generosidad de no hacerlo exclusivamente por sus causas propias, sino que también ha sido la primera generación en clamar por cuestiones como la crisis climática. Es decir, sería injusto achacar este desastre a la incomparecencia generacional.

Entonces, ¿quién ha roto el pacto generacional? En España, la diferencia más significativa de esta generación con respecto a la anterior –digo la más porque existen muchas otras– es, precisamente, el compromiso de las élites económicas, sociales y culturales con el futuro. Durante la transición y los primeros años de democracia este país contaba con una apuesta clara, que además era común, por el sostenimiento de la convivencia y, sobre todo, se impregnaba de esa esperanza. Había esperanza porque la coherencia con la que se avanzaba hacía indicar que el mundo de mañana sería mejor que el otrora actual. Las generaciones anteriores a la mía podían soñar y, parafraseando a Ortega, un pueblo es capaz de crear Estado en la medida en que sabe imaginar. Hoy, parece difícil.

«Una comunidad no es un espacio donde vivir aislados, sino una unidad de convivencia política y moral»

Si seguimos sujetando el hilo del tiempo, encontramos un hecho más actual, pero muy significativo. La crisis financiera de 2008 rompió el tablero político precisamente porque la primera generación que sufrió el quiebro del pacto social tomó la palabra. Lo hizo alejada de los partidos, a través de la sociedad civil. Aquellas convulsiones políticas estuvieron protagonizadas fundamentalmente por jóvenes, y uno de los rasgos de aquel periodo es precisamente el ataque frontal a las élites. Basta un leve ejercicio de memoria para recordar aquello de «los de abajo frente a los de arriba» entre otras consignas y lemas que, en resumen, ponían la atención en el hecho de que las élites, especialmente las económicas, hubieran claudicado en su papel para el mantenimiento de la convivencia en nuestro país.

Uno de los errores que nacieron de aquella etapa rupturista tiene que ver con ciertas apelaciones a la invalidación del pacto social que, más o menos, había funcionado durante un periodo razonable de tiempo. La democracia liberal es la mejor forma de vida en comunidad que hemos conocido hasta ahora. Es posible que no sea la mejor imaginable, pero la que aspiremos a crear deberá contener lo esencial de aquellos principios. Quizás por esto sea conveniente repensar ese pacto social desde las exigencias que cabe hacer para recuperarlo y mejorarlo. Sin ir más lejos, es imprescindible atender las reivindicaciones del feminismo sobre la posición de las mujeres.

«Las democracias crecen sobre los pactos, y el generacional es uno de los más importantes porque es el único que garantiza una continuidad estable»

Una comunidad política no es un espacio social donde los individuos puedan vivir aislados o velando solo por sus propios intereses, sino una unidad de convivencia política y moral. Por eso es imprescindible que todos sus miembros se hagan cargo de su parte. Eso pasa, por ejemplo, por que quienes ostentan grandes cantidades de capital entiendan que cuestiones como el dumping fiscal o financiero atenta directamente contra el futuro y, en consecuencia, también contra ellos mismos. Del mismo modo, es imprescindible que las instituciones públicas estén implicadas. De ahí que la gestión expansiva y sin precedentes de la crisis ocasionada por la covid-19 representa un cambio de paradigma que invita al optimismo.

Merece la pena recordar que el pasado suele tener una colección de razones que debemos tener presentes. Las democracias liberales, en su nacimiento, tenían un sentido de ser que, pese a sus lógicas imperfecciones, no podemos olvidar. Solo una reforma del pacto social basada en la libertad, la protección del planeta, el feminismo y la recuperación de grandes acuerdos permitirá que los jóvenes reconecten con la esencia de la democracia. Tenemos experiencia, ahora sigamos construyendo esperanza.


Andrea Fernández es secretaria de Igualdad del PSOE y forma parte del Programa European Young Leader.

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