Siglo XXI

Por qué Japón no teme a los robots

El país nipón es líder indiscutible a la hora de crear máquinas capaces de imitar al ser humano, tanto en comportamiento como en apariencia. Pero, mientras que allí este negocio es una excelente oportunidad para afrontar las consecuencias de una baja tasa de natalidad, para los ciudadanos occidentales supone cierta amenaza. La explicación de esta discrepancia se remonta a las raíces culturales y religiosas de dos civilizaciones opuestas en el mapa.

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21
Jul
2022

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Aquel mesopotámico que tuviera por oficio transportar a hombros las cebollas del vecino probablemente se viese en el paro tras la invención de la rueda. Al fin y al cabo, la tecnología siempre ha supuesto, si bien un sinónimo de progreso, también una amenaza para la proyección laboral de los humanos. Ahora, varios milenios más tarde, esos generadores de incertidumbre son los robots y la automatización de los procesos productivos. Algo más complejo que la rueda, pero igualmente preocupante para quienes lo sufren.

Además, dada la historia occidental contemporánea, con sus continuos conflictos bélicos y económicos, hemos aprendido a afrontar el porvenir con pies de plomo, y es la precaución excesiva lo que, precisamente, nos lleva a que nuestra primera reacción ante cualquier hallazgo en materia tecnológica sea el temor. Sin embargo, al oeste del Pacífico norte hay una isla entusiasmada con las posibilidades de la robótica: Japón, líder absoluto que acapara más de la mitad de toda la oferta mundial de los robots industriales, según la Federación Internacional de Robótica (IFR). ¿No tienen miedo de que las máquinas dominen el mundo? ¿Cómo es posible que tengan una visión tan distinta a la que estamos acostumbrados?

Uno de los factores más mencionados es el demográfico: el país nipón tiene una población notablemente envejecida, con casi el 30% de sus habitantes tiene más de 65 años. Además, la tasa de natalidad y fecundidad es de las más bajas del mundo, con menos de 10 nacimientos anuales por cada 1.000 habitantes y 1,3 hijos de media por madre. Cifras que se utilizan para defender que los robots cumplen con las tareas que muchas personas ya no pueden. Sin embargo, los números no son tan sorprendentes si las comparamos con, por ejemplo, España. Aquí, la tasa de natalidad e índice de fecundidad son incluso menores, un 7‰ y 1,19 respectivamente.

La baja tasa de natalidad y las restrictivas políticas migratorias del país nipón llevan a la robotización a cobrar un papel fundamental en la sociedad

Lo único que podría diferenciar ambos países, además de la densidad de población y las diferencias culturales obvias, es la cantidad de mano de obra extranjera: mientras que a nuestro país llegan trabajadores jóvenes que contribuyen al desarrollo económico, Japón tiene políticas migratorias muy restrictivas, por lo que es más complicado que encuentren individuos que acepten los trabajos de cuello azul, y más teniendo en cuenta el valor que la jerarquía social tiene en su cultura.

Por otra parte, otra razón de por qué los japoneses no temen a los robots podría residir en su religión predominante, el sintoísmo, compartida por el 80% de la población. Esta dicta que la naturaleza está llena de espíritus sobrenaturales a los que hay que venerar, los kami. Es como si dentro de cada objeto existiera una especie de deidad, por lo que las diferencias entre humanos, animales y objetos no son tan categóricas como en la cultura europea. Y si puede haber un espíritu en cualquier objeto, es comprensible que se trate con más admiración o respeto a las máquinas que reproducen comportamientos similares a los humanos, pues al final ambos tenemos ese kami.

El sentimiento que nos suscita la relación hombre-robot se remonta al inicio de dos civilizaciones opuestas en el mapa

Esta doctrina oriental se caracteriza por ser animista, en el sentido de que atribuye almas a todo elemento físico y, a pesar de su antigüedad, ha conseguido impregnar hasta las manifestaciones más pop de la cultura japonesa, como el manga y el anime. Por el contrario, la tradición cristiana occidental suele ubicar el alma y mente humana un escalón por encima del resto de la naturaleza, como si fuéramos los favoritos de Dios. Por este motivo, un robot que copia al humano es un objeto sin alma intentando escalar a nuestro pedestal, lo que supone una violación de los límites naturales y, en consecuencia, nos produce rechazo.

En conclusión, el sentimiento que nos suscita la relación hombre-robot se remonta al inicio de dos civilizaciones opuestas en el mapa, cuando distintos cultos espirituales orientaron a sus fieles a apreciar el mundo de determinada manera. Durante varios siglos, los juglares esparcieron el mensaje cristiano por Europa y los biwa hoshi lo hicieron con el sintoísta por Japón.

Aquello quedó integrado en la cultura popular, y por tradición fue superando generaciones hasta llegar al presente de forma casi inconsciente: en Occidente tomó forma de Yo, Robot (2004), ficción en la que las máquinas se sublevan contra el hombre para destruirlo, y en Oriente tomó forma de Mazinger-Z (1972), donde hombre y máquina colaboran por derrotar al mal conjuntamente.

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