Ciudades

Jardines botánicos: la viva imagen de la filosofía ilustrada

La Europa del siglo XVIII propagó por todo el mundo el concepto del jardín botánico, un espacio abierto para la investigación científica y el ocio de los ciudadanos. Ahora, estos espacios no son solo lugares agradables por los que pasear y aprender historia disfrutando de la naturaleza, sino que también ejercen el papel de repositorios de biodiversidad.

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07
Jun
2022
jardines botánicos

A cualquiera que visite ahora mismo Puerto de la Cruz, una de las localidades más turísticas del norte de Tenerife, le recomendarán encarecidamente que se acerque a visitar el jardín botánico de la localidad. Muchos lo hacen. Por las imágenes para las redes sociales, pero también para hacer un sorprendente viaje por el tiempo: cruzar sus puertas significa entrar de lleno en la esencia de la filosofía ilustrada.

Fundado en 1788 como el Jardín de Aclimatación de La Orotava, este se convirtió en el segundo jardín botánico abierto en España. Antes, en 1755, se había abierto el Real Jardín Botánico de Madrid, el primero del país y el más importante. La moda se expandió por península e islas hasta tal punto que, a finales de ese siglo, estos dos jardines dejaron de estar solos en el contin. Más allá de otras aperturas en España –Zaragoza, por ejemplo, plantó las semillas del suyo en 1796–, Europa también se había ido llenando de jardines botánicos en los que reinaba la ciencia. 

Lo cierto es que la historia de los jardines botánicos empieza algo antes, concretamente en el Renacimiento. Como explica en Botanic Gardens (Shire) Sarah Rutherford, su aparición está muy ligada a la primera revolución científica que se produjo en esa época. Quizás, los jardines botánicos fueron una evolución de los jardines monacales, apunta la experta, o, quizás, lo que los europeos construyeron tras ver la colección de especies que atesoraban los jardines de Montezuma.

Muy vinculados a las ideas científicas de la Ilustración, se fueron expandiendo desde la Italia renacentista por toda Europa. Ese llamado Siglo de las Luces buscaba el crecimiento intelectual de la sociedad mediante la razón y la ciencia, por lo que la esencia de los jardines botánicos encajaba de forma perfecta con esos principios. Su popularidad fue aumentando –los propios reyes ilustrados los propiciaban, como ocurrió en España con la fundación de los primeros jardines botánicos– y, a mediados del siglo XIX, se convirtieron en un elemento de presencia mundial. Los jardines botánicos daban vida en todas partes.

Más tarde, durante el siglo XIX, los jardines siguieron teniendo su momento de gloria. Con la llegada de la revolución industrial, fue posible construir invernaderos de cristal más grandes e impresionantes –no hay que olvidar que es entonces cuando se construyen «palacios de cristal», como el que encontramos en el madrileño parque del Retiro– que daban una mayor calidad a estos espacios verdes. Eso sí: la época también convirtió a estos jardines en lugares de ocio. Los jardines reales de Kew, el más importante de todos los botánicos británicos, abrieron sus puertas al público general en 1839 (como otros jardines fundados antes) y, a pesar de que había que pagar por entrar, dos décadas después ya contaban con medio millón de visitantes anuales.

Una historia de exploraciones

Como ya se ha mencionado, en un primer momento los jardines botánicos hicieron las labores de «institución educativa y médica», como escribe Rutherford, ligada a las universidades. Después, la Ilustración los convirtió en espacios para la exploración científica y para la investigación en botánica. Gracias a ellos, los conocimientos sobre la materia circulaban por Europa, saltando de jardín en jardín. En cierto modo, se podría decir que estos jardines eran un inmenso laboratorio, uno «vivo» que daba acceso a una nueva avalancha de conocimientos. Y el siglo XVIII es, exactamente, el momento en el que arrancan las grandes exploraciones científicas que no dejan a estos espacios ajenos.

No obstante, la historia de los jardines botánicos también está muy ligada con el colonialismo de las grandes potencias europeas. Las redes de jardines funcionaban como espacios para aclimatar cultivos y transportarlos de un lugar a otro con fines económicos. Si las dalias son ahora una flor común en los jardines europeos es porque, a finales del siglo XVIII, llegaron al Jardín Botánico de Madrid desde México. También el crecimiento del cultivo global de cacao, vainilla o café tienen mucho que ver con el uso de estos jardines como redes económicas.

Las redes de jardines botánicos también funcionaron como espacios para aclimatar cultivos y venderlos a otros países

En la actualidad, el mundo ya no es el de la Europa Ilustrada. La tecnología, que ha permitido que todo tipo de información esté accesible en tan solo un clic de distancia, nos ha separado –en cierto modo– de esta naturaleza. Aunque eso no quiere decir que hayamos olvidado los jardines botánicos: con la crisis climática, estas zonas verdes han asumido un papel crucial, muy conectado con esa idea ilustrada de espacios de investigación científica. «Los jardines botánicos mantienen un rol fundamental en nuestro futuro para comprender los principales temas medio ambientales, como la seguridad alimentaria, la restauración ecológica o la adaptación al cambio climático», escribe Rutherford.

Ese es posiblemente su principal potencial para la ciudadanía del siglo XXI. Estos espacios son repositorios de naturaleza, que conservan la mayor variedad posible de especies y que logran posicionarse como una biblioteca viva de la biodiversidad del planeta. En esto, su papel no es meramente anecdótico: Rutherford lo demuestra con el caso del pino Wollemi, una planta australiana descubierta en los 90 y que hasta entonces solo se conocía gracias a los fósiles. Su presencia en los jardines botánicos de medio mundo ha logrado, ahora, blindar su existencia futura. 

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