Sociedad

¿Quiere divertirse de una puñetera vez?

En una sociedad obsesionada cada vez más con la productividad, ¿estamos convirtiendo nuestros escasos momentos de ocio en una nueva fuente de estrés?

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27
Abr
2022
ocio

Una de las lecciones más difíciles de aprender cuando se viaja es la de que no importa no verlo todo. De hecho, no pasa nada si, tras descubrir la interminable cola para ver el David en Florencia, se prefiere dar media vuelta e irse a tomar un café. No hay que hacer check en la lista de las cosas que se deben ver, porque cuando se está de viaje –cuando se disfruta del ocio– no existen las obligaciones; es un momento de simple disfrute.

Sin embargo, no cumplir con la lista de «lo que hay que ver» se asemeja a una herejía: el turismo lleva asociado a esa idea de los must see desde que existe como tal. En una sociedad cada vez más obsesionada con la productividad –y, por tanto, con sacarle el mayor partido a todas las cosas– es difícil cambiar de mentalidad y afrontar los momentos de ocio de un modo diferente al que lo hacemos con el trabajo. 

Lo que ocurre con los viajes, de hecho, pasa también en muchas otras áreas del entretenimiento: hacemos una lista mental de lo que debemos hacer y nos obligamos a cumplirlo. Una situación que se ha exacerbado con la explosión de las redes sociales, ese escaparate a través del cual abrimos nuestras vidas al mundo. Estar tirada en el sofá viendo la última serie de Netflix y atiborrándose a patatas fritas da mucho juego al humor ilustrado, pero no ofrece al común de los mortales una oportunidad con la que conseguir una foto digna para los parámetros de Instagram. En este caso, incluso cabría preguntarse por qué estamos viendo la última serie de moda. ¿Queremos realmente verla o, en cambio, sentimos que necesitamos estar al día para las conversaciones en Tuiter? 

En el último año, según los datos del IV Estudio Salud y Vida elaborado por Aegon, solo el 30,4% de los españoles responde «nunca» cuando se le pregunta si ha sentido estrés en el último mes; el 7,09%, en cambio, lo ha sufrido prácticamente todos los días. Al mismo tiempo, la nota media que España da a su tiempo libre se queda en 6,89 puntos sobre 10. Según el análisis sobre salud mental realizado por Appinio el pasado otoño, el 24% de los españoles tiene problemas para dormir, el 22% de ansiedad y el 20% cuenta con problemas relativos al estrés laboral continuo.

El ocio se ha convertido en una nueva fuente de presión, interiorizando la necesidad de hacer cosas

En una sociedad que cada vez está más estresada, ¿se ha convertido el ocio en una fuente más a la hora de sumar estrés? Concepción Rodríguez Pérez, psicóloga sanitaria y vocal en el Colegio Oficial de Psicólogos de Galicia, señala que existen numerosos motivos por los que el ocio nos estresa. Estos pueden ser ampliamente diversos por una sencilla razón: lo que puede estresar a una persona –como tener el tiempo de ocio demasiado estructurado– puede ser lo que ayude a otra a no caer en esa espiral con su tiempo de desconexión. Pérez también añade como fuentes de estrés vinculadas al ocio el hecho de tener demasiadas opciones para elegir o que las cosas, simplemente, no salgan como esperábamos. 

Además, los estudios que han ido apuntando vínculos entre los social media y un aumento del estrés y la ansiedad se han ido sucediendo en los últimos años. Para las horas de ocio, estas son también el escaparate no solo de cómo deberían ser las cosas, sino de lo que aspiramos a poder mostrar también cada uno de nosotros. «Por un lado, estamos más preocupados por mostrar que por empaparnos de las experiencias», apunta la psicóloga sanitaria. Y añade: «Las redes muestran una galería infinita y falsa en la que parece que todo el mundo es superfeliz, superfashion o super-algo, y eso condiciona lo que buscamos».

Nuestro tiempo de ocio ha adquirido así, un cierto cariz performativo. No vamos de viaje o probamos ese nuevo restaurante solo para desconectar o vivir esas experiencias. Lo hacemos también por las bonitas fotos que podremos subir. Y el problema no está solo en cómo se ha convertido el tiempo de ocio en una nueva fuente de presión, sino también en cómo se ha interiorizado esa idea de la necesidad de hacer cosas. Hemos renunciado a aburrirnos. No hacer nada, como apunta Jenny Odell en el inicio de Cómo no hacer nada, es ya una forma de activismo contra la sociedad de la atención. 

¿Debemos reaprender a no llenar de objetivos nuestro tiempo? Pérez recuerda que «no hacer nada es hacer, porque no existe la no acción». Cuando sentimos que no estamos ‘haciendo nada’, en realidad estamos «atendiéndonos a nosotros mismos». Eso, y casi se podría añadir que más incluso ahora, es tan importante como llenar nuestro día a día de cosas que ‘debemos’ hacer. «Pararse, relajarse, tocar la vida con los cinco sentidos es restaurador; volver a un ritmo de vida más natural devuelve la calma a nuestro interior y nos llena de salud», concluye la psicóloga. 

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