Sociedad

Prevenir el suicidio: una tarea aún pendiente

El estigma y el rechazo que rodean el suicidio se fundan, sobre todo, en la dificultad de abordarlo y en la laxitud en la detección y prevención, así como en la incomprensión y el escándalo que genera. Esa idea errónea de ‘no hablar del tema’ con la persona que nos declara que su vida carece de sentido solo consigue que la desterremos a un lugar aún más oscuro y solitario.

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13
Abr
2022

El suicidio es una dolorosa realidad que, en muchas ocasiones, queda sepultada en la clandestinidad e impide a familiares y seres cercanos llevar a cabo un duelo que, ya de por sí, se hace tremendamente triste y angustioso. Son historias invisibles. Escondidas. Inexistentes. Solo en España se estiman cerca de 4.000 casos anuales, sin contar los intentos fallidos. Cifras al alza respecto a años anteriores. Los datos mundiales sitúan ese dato en al menos 800.000 casos por año. Una persona cada cuarenta segundos.

El estigma y el rechazo que rodean el suicidio se fundan, sobre todo, en la dificultad de abordarlo y en la laxitud en la detección y prevención, así como en la incomprensión y el escándalo que genera. Con el objetivo de acercar este insoslayable fenómeno a un público amplio, y para concienciar a la población, Francisco Villar Cabeza, psicólogo clínico especialista en suicidio en la infancia y la adolescencia, ha publicado un libro tan preciso como indispensable: Morir antes del suicidio. Prevención en la adolescencia.

En este accesible volumen, escrito con espíritu pedagógico y con la intención de mostrar e investigar la ineludible realidad del suicidio, el autor define la conducta suicida, desmiente numerosos (y dañinos) tópicos y nos habla de las consecuencias del dolor emocional, de la desesperanza y la frustración, de los riesgos de no hablar del suicidio y del temido ‘efecto contagio’. También sobre la relevancia de la familia y del colegio como entornos preventivos y de todos aquellos contextos en los que un adolescente puede recurrir a un adulto en busca de ayuda.

Mientras se sigan asociando culpa y suicidio, obviando las circunstancias estructurales en que se produce, seguirá el incomprensible mutismo sobre él

Ayuda: la palabra fundamental. Una ayuda que busca a alguien que escuche los propios temores, las propias inquietudes y, a veces, las propias y fatales intenciones. Porque, como apunta Francisco Villar, el suicidio «es una realidad demasiado cruda, que se esconde, y eso sitúa a la persona que sufre y a la familia en una posición de soledad. Se encuentran condenados a la clandestinidad, en la que se les mantiene con los mecanismos de la vergüenza, la culpa y el miedo al estigma».

El suicidio se ha convertido en un insoslayable asunto de salud pública. Se podría decir, como se acostumbra, que se ha convertido en un problema, pero eso contribuiría a abultar el perjudicial tabú que sobre él se cierne. Un suceso humano, complejo, multidimensional. Se calcula que, en entornos adolescentes, por cada suicidio consumado se dan entre 100 y 200 intentos de suicidio. Una cifra desalentadora que debe hacernos recapacitar sobre nuestra forma de afrontar el suicidio.

El suicidio nos repercute a todos como sociedad. Hasta que se lleva a cabo, podemos rastrear diversos signos que indican la existencia de una conducta suicida. Como escribe Villar, su libro trata sobre la vida, sobre cómo continuarla cuando parece que todo ha colapsado, cuando no hay fuerza para vislumbrar un horizonte y la desesperación ha cortocircuitado el camino hacia el mañana. Morir antes del suicidio aporta útiles herramientas para poder atender al que detecta una intención suicida o, antes aún, para identificar los factores de riesgo. 

Pero para eso, hay que tener el valor de pararse a escuchar. No huir de quien nos declara que su vida carece de sentido. Frente al incorrecto tópico que lleva a «no hablar del tema», los especialistas coinciden en la necesidad de establecer un diálogo con la persona en cuestión y ofrecer la oportunidad para replantear su idea. Así, el experto recomienda «ofrecer la ayuda que se está pidiendo, desengranar cada una de las preocupaciones que la han llevado a esa conclusión». Y añade: «Que alguien ayude a ver lo que no está pudiendo ver, a recordar lo importante, que acompañe en esa desesperante espera hasta que la situación mejore».

Villar: «El suicidio sitúa a quien lo sufre y a la familia en una posición de soledad, condenados a la clandestinidad y el miedo al estigma»

La situación se recrudece cuando es un menor quien se abre, en confianza, y solicita nuestra ayuda como adultos. Es fundamental detenerse a escuchar, porque «las personas que piensan en la muerte, por lo general, lo que quieren es matar una forma de vivir, no matar la vida», explica Villar, y quien pide ayuda y no la recibe ha quemado otro de los cartuchos que tenía disponibles para aplacar su sensación de encapsulamiento en una situación que cree irreversible, irremediable.

El abandono por parte del interlocutor elegido para confesar su difícil situación puede ser otro detonante a la hora de desencadenar la conducta suicida. Por eso es tan fundamental pararse a escuchar: «perpetuar el consejo de no hablar del suicidio, por liberador que pueda parecer para la sociedad, tiene un precio alto para la persona en crisis suicida: la soledad de alguien que no ha elegido voluntariamente pensar en la muerte». Es imprescindible ofrecer un espacio en el que el niño o adolescente pueda compartir libremente sus ideas: lo que se busca es alivio y acompañamiento, no un juicio (ni siquiera un consejo).

Acompañar, otra palabra fundamental. Y sin enjuiciar. Francisco Villar se muestra claro a este respecto: «la intervención adecuada con adolescentes no es excesivamente compleja: acompañarlos, no dejarlos solos, poner la situación en conocimiento de sus padres y estos informar al médico». Cuando alguien nos confiesa sus intenciones suicidas, conviene mantener la calma y mostrarnos comprensivos. Hay momentos biográficos en los que todo se ve oscuro, en los que parece no haber salida. Por eso, la escucha, dejar que la persona (y, en especial, el adolescente) comparta su situación es de vital importancia.

Las preocupantes cifras de suicidios han de ser una alarma que nos invite a destapar las condiciones individuales y estructurales que lo propician, tratar de solventar las causas por las que se comete y no juzgarlo o criminalizarlo en términos morales. Mientras se sigan asociando culpa (individual) y suicidio, obviando peligrosamente las circunstancias estructurales en que se produce (que son su caldo de cultivo), seguirá el incomprensible mutismo sobre él y la escasa prevención por parte de las instituciones sanitarias. Como dejó dicho el sociólogo Émile Durkheim en el siglo XIX, el suicidio no es sólo expresión del carácter de un individuo; también se da en estrecha relación con el contexto moral y ético de la sociedad.

Por eso, sostiene Villar, «el primer riesgo es que se sigue justificando la inacción de la sociedad, y se sigue favoreciendo que la sociedad mire a otra parte» bajo la–errónea, simplista y acomodaticia– asociación entre suicidio y trastornos mentales. El suicidio es una realidad mucho más amplia que la de la depresión, por ejemplo, y la prevención del suicidio no ha de equipararse o absorberse en un plan de prevención de la depresión, porque es un fenómeno multifactorial.

Es posible que no podamos evitar el dolor, pero sí está en nuestra mano aliviar el sufrimiento. Acompañar. Ayudar. Y, como escribe Villar: «si algo debe quedar claro es que, para lograr esa prevención, tenemos que recuperar los escenarios esenciales para la prevención universal del suicidio en la infancia y la adolescencia: el colegio y los medios de comunicación y de difusión de la cultura».Y no justificar la inacción ante un problema que es de todos.

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