Cultura

El dilema atómico de Harry Truman

En agosto de 1945, Estados Unidos lanzó el ‘Little Boy’ sobre Hiroshima y el ‘Fat Man’ sobre Nagasaki, las dos únicas bombas atómicas que se han utilizado en la historia de la humanidad. De aquel acontecimiento, que dejó más de 100.000 fallecidos, el entonces presidente norteamericano aseguró que fue la forma de «acortar la agonía de la guerra para salvar miles de vidas de jóvenes estadounidenses».

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19
Abr
2022

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Todos, alguna vez, nos hemos sometido al clásico dilema del tranvía: vamos en un tren sin frenos que está a punto de arrollar a cinco personas atrapadas en la vía. No obstante, tenemos frente a nosotros una palanca que, si tiramos de ella, nos desvía hacía otra vía contigua donde solo hay una persona. ¿Deberíamos optar por esa alternativa? Por suerte, este experimento ético se queda en nuestra mente. Y quién sabe si nuestra respuesta desde la tranquilidad de la ficción es la misma que si nos enfrentáramos al problema en la vida real. Aunque si bien pocas personas se han visto alguna vez en la vida en esta delicada tesitura, una de ellas fue alguien tan relevante como el expresidente de Estados Unidos, Harry Truman.

Epílogo de la II Guerra Mundial, verano de 1945. Truman tira de la palanca: ordena lanzar dos bombas nucleares sobre las ciudades japonesas de Hiroshima y Nagasaki. ¿Cómo llegó a tomar esta decisión?

Un par de meses antes, la Alemania nazi había anunciado su rendición y había dejado a Japón solo frente a Estados Unidos y sus aliados. Los asiáticos, lejos de doblegarse, optaron por resistir, y la lucha entre ambas potencias se convirtió en una carnicería. La caída de Japón era cuestión de tiempo, y los occidentales les dieron un ultimátum con el sobrenombre de Declaración de Potsdam: o se rendían incondicionalmente, o el imperio sería destruido. Ante esta propuesta, el primer ministro japonés, Kantaro Suzuki, solo dijo «mokusatsu», que significa «asesinados por el desprecio silencioso» –o, simplemente, «sin comentarios». Se interpretó como que no aceptaban.

Entonces llegó el dilema de Truman. Por una parte, los soldados estadounidenses seguían llegando a las playas japonesas, ergo cada día se registraban miles de muertes de ambos bandos. Por otra parte, la Casa Blanca tenía en su poder un arma atómica novedosa capaz de parar la guerra definitivamente, o eso prometían. Harry Truman optó por la segunda opción, la palanca para desviar su tranvía, y en una semana provocó más de 100.000 muertes. Eso sí, Japón se rindió incondicionalmente y, en un mes, la Segunda Guerra Mundial acabó.

Tras lanzar la bomba atómica, Truman se defendió alegando de que esa era la única opción para acortar la agonía de la guerra

«La usamos para acortar la agonía de la guerra, para salvar las vidas de miles y miles de jóvenes estadounidenses», se defendió por entonces el expresidente. Consideró que si no hubiera tomado acción, los muertos habrían sobrepasado los causados por las bombas, y teniendo en cuenta la rapidez con la que se rindió el enemigo, le valió como argumento para convencer a los estadounidenses, aunque fuera la primera vez en la historia en usarse armas nucleares. También recibió apoyo desde el otro lado del charco, pues Winston Churchill, el entonces primer ministro británico, justificó el uso de las bombas con un: «¿y qué habría pasado si la hubieran tenido los nazis?».

Pero más allá de la dicotomía ética y su (contra)argumentación, también nos encontramos con la de creerse los motivos oficialistas (o no). Algunos de los detractores de Truman afirmaron que el uso de la bomba no primaba la salvación humana a largo plazo, sino la exhibición de poder hacia los eternos rivales, los soviéticos, que con Stalin al mando también fantaseaban con quedarse Japón. Además, algunos historiadores insisten en que la Declaración de Potsdam no fue tan honesta como se publicitó. Según ellos, el Gobierno japonés había ofrecido su rendición antes del ataque sobre Hiroshima y Nagasaki y solo había puesto una condición: que no mataran al emperador Hirohito. Sin embargo, el eje aliado rechazó la oferta, la apartó de la esfera pública y prosiguió con sus planes.

Sea como sea, nunca podremos certificar que la pasividad como solución al conflicto bélico hubiera sido menos cruel. Ni lo contrario. ¿Qué habría pasado si Truman no hubiese tirado de la palanca? Quizás a Stalin le hubiese venido bien, aunque no tanto como a los cientos de miles de japoneses que, de un día para otro, fueron elegidos arbitrariamente para sacrificarse por «salvar las vidas de miles y miles de jóvenes estadounidenses».

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