Opinión

La vida limitada

La evanescencia de los límites en el mundo digital suprime las limitaciones temporales, llegando a perderle el respeto al tiempo. Así, este universo se presenta como un tiempo de presencias ilimitadas que no favorece el descanso, sino la pura dispersión.

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31
Mar
2022
tiempo

La vida orgánica, especialmente la humana, reclama tiempo, pero un tiempo favorable y constructivo, un asidero mental desde el que edificar una vida con duración. El tiempo pre-globalizado se constituía en base a límites definidos que pugnaban por reforzar su territorio, marcando jerarquías casi impenetrables. Las horas lectivas o laborales estaban bien delimitadas: era un tiempo de aplicación intelectual en el que apenas se marcaban pausas temporales de respiro, como el desayuno o el recreo. Después llegaba la comida, donde se edificaban sin prisas los nuevos límites temporales de la siesta, espacio que se percibía sagrado y donde el reposo, el susurro, la tranquilidad y el silencio acompañaban el lento devenir de un momento de soberano descanso tan específico que un sola palabra más alta de tono era capaz de despertar la ira de aquellos que andaban en duermevela. No en vano, todavía resuenan en mí aquellas palabras: «No se va a casa de nadie a la hora de la siesta». Una vez derribados los muros del estatismo vespertino se retomaba la actividad. El tiempo parecía recobrar agilidad y dinamismo, comenzando con una merienda bulliciosa y siguiendo con las actividades extraescolares y la diversión. Todo para llegar a los límites temporales de la noche, donde ducha, cena y un rato de televisión ayudaban al organismo a bajar las revoluciones y preparar el sueño.

El tiempo hipermoderno, sin embargo, se presenta desde el reproche y la carencia («no tengo tiempo»), manifestándose como insuficiente y computándose como una limitación para el desarrollo personal. Es un tiempo sin categoría, carente de dignidad; un tiempo humillado por su incapacidad de acompañarnos porque, entre otras cosas, ha perdido el poder de sus límites, provocando que a la hora de la siesta suene el teléfono avisando de la llegada de un mail de trabajo que urge contestar. Ha dejado de ser un tiempo de vida, y la consecuencia es que olvidamos que esta es la única vida que tenemos. Eso implica que el tiempo que pasaremos en ella es limitado: un adjetivo denostado del acervo popular hasta el extremo de percibirse como un enemigo del sistema.

Una sociedad que pivota su identidad sobre el paradigma de la libertad es enemiga de los límites, especialmente a nivel personal. Cuesta trabajo reconocer nuestros límites: su aceptación, en lugar de traer paz, se percibe desde la frustración. El límite siempre ha sido una cualidad que marca la finitud, que indica la linde de un territorio. Pero al mismo tiempo se ha experimentado como un desafío.

«El tiempo hipermoderno se presenta desde el reproche y la carencia computándose como una limitación para el desarrollo personal»

La identificación del límite lleva intrínseca la dinámica de superación en una dialéctica necesaria para el progreso. Las matemáticas egipcias encontraron en los límites los mejores aliados para el desarrollo de la agricultura por medio de la trigonometría, restableciendo las demarcaciones de los terrenos de cultivo cuando las riadas del Nilo terminaban. En múltiples ocasiones, la conciencia de un límite se ha experimentado desde la perspectiva del enfrentamiento. Para Rousseau, los problemas comenzaron cuando alguien decidió cercar un terreno y delimitarlo, restringiendo el campo de acción del otro y, a pesar suyo, provocando el desarrollo civilizatorio a través del impulso legislativo. No en vano, entre otras cosas, las leyes tratan de salvaguardar los límites.

La conciencia de los límites ha acompañado a la historia de la humanidad, pero de un tiempo a esta parte –sobre todo con la eclosión de internet– se percibe una dispersión categórica del límite bajo el manto de lo virtual. Internet se nos presenta como un lugar sin límites: la idea es que todo aquel que acceda a la red tenga la sensación de plena libertad y que no perciba restricciones o limitaciones (ajenas o propias) a su voluntad.

Apenas hay referencias temporales cuando ciber-navegamos. No hay luna ni sol, no hay lluvia ni olor a tierra mojada, no hay primaveras ni inviernos; la desaparición de lo incómodo, además, está a golpe de clic. La evanescencia de los límites en el mundo digital suprime las limitaciones temporales, llegando a perderle el respeto al tiempo. Un tiempo sin límites, como el de internet, debilita las ausencias a la vez que potencia la necesidad de estar presentes. Es un tiempo de presencias ilimitadas que no favorece el descanso. Sin este, el esparcimiento se convierte en dispersión.

Si el mundo es todo lo que acontece, como ya advirtió Wittgenstein, poca duda cabe de que aumentamos nuestro acontecer en el ilimitado mundo de internet, corriendo el riesgo de perder la conciencia de los límites y, por lo tanto, de dispersar nuestra idea de mundo y de vida. De ahí que el primer consejo que Séneca ofrece a su amigo Lucilio cada día se me antoja más esencial: «El tiempo que hasta ahora se te arrebataba, se te sustraía o se te escapaba… recupéralo y consérvalo. Lo más censurable es la pérdida [de tiempo] que se produce por la negligencia». Quizás por eso, para evitar el juicio del tiempo perdido, la mejor salida pase por tomar conciencia de una vida limitada.

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