Ucrania

¿Puede la cancelación acabar en caza de brujas?

Durante las últimas semanas, decenas de instituciones y festivales de todo el mundo han suspendido numerosas actividades debido a la vinculación de sus creadores con el Kremlin. Además, algunos artistas rusos están viendo cómo su trayectoria corre peligro por no pronunciarse en contra de la invasión a Ucrania, una oposición que dentro de las fronteras rusas puede implicar penas de hasta 15 años de cárcel.

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28
Mar
2022
Una actuación del Russian Classical Ballet en el Teatro Carrión de Valladolid.

«Como protesta contra la invasión rusa de Ucrania, dimito. No se puede trabajar para un asesino y recibir dinero de él». Con estas palabras, publicadas en su cuenta de Facebook, dejaba su cargo Elena Kovalskaya, directora del teatro estatal Meyerhold de Moscú, a las pocas horas de notificarse los primeros ataques contra Ucrania. Una acción que podría interpretarse como intrépida, considerando que nada queda impune en la Rusia de Putin. Días después, los líderes de los principales museos de arte e instituciones culturales rusos optaban también por abandonar sus puestos de trabajo. «Mi actitud ante los actuales eventos no coincide con la de mis colegas del Ministerio de Cultura de la Federación Rusa. Espero que esto cambie en un futuro próximo; pero, tal y como están las cosas, me veo obligado a abandonar mi querido museo», divulgaba Vladimir Opredelenov, director del Museo Pushkin de Moscú, a través de su cuenta personal de Instagram.

El espaldarazo del mundo de la cultura a todo lo que tenga que ver con el Kremlin está siendo sonado. Un torrencial de cancelaciones de exposiciones, espectáculos y demás actividades culturales está teniendo lugar sin que todavía se puedan palpar las consecuencias. Pero los ánimos no están para muestras artísticas ni culturales. Bien lo sabe el artista Kirill Savchenkov, que enseguida anuló su propia obra en el pabellón ruso de la Biennale de Venecia. «No hay nada más que decir, no hay lugar para el arte cuando los civiles están muriendo bajo el fuego de los misiles, cuando los ciudadanos de Ucrania se están escondiendo en refugios, cuando los manifestantes rusos están siendo silenciados», anunciaba en su cuenta de Instagram.

Tras él seguían otros artistas movidos por su repudia a una invasión que consideran cruenta e injusta. Pero, sobre todo, empujados por el rechazo y la censura a quienes están íntimamente relacionados con el Kremlin y que, como es el caso, mueven los hilos de tan prestigioso evento. Porque Ekaterina Vinokurova –hija del ministro de Exteriores, Sergey Lavrov– y Anastasia Karneeva –hija de Nikolai Volobuev, general del FSB (antiguo KGB) y CEO del conglomerado armamentístico estatal Rostec– son las propietarias de Smart Art, una empresa que en 2019 ganó el concurso para gestionar durante diez años el pabellón ruso de la Biennale.

Ser amigo de Putin se paga caro. Si además no se condena públicamente la invasión de Ucrania, da igual lo alto que estuviera uno: la caída en picado se produce en cuestión de horas. Y el batacazo es directamente proporcional a la altura del pedestal. Es lo que le ha ocurrido al director de orquesta ruso Valery Gergiev, quien ha visto cómo el Carnegie Hall de Nueva York y la Filarmónica de París cancelaban sus actuaciones, mientras que la Scala de Milán y la Filarmónica de Munich rescindían sus contratos sin que le diera tiempo a recoger la batuta. Pero también los hay que, aun declarándose públicamente contra Rusia, sufren las consecuencias de la cultura de la cancelación. Como el Ballet Bolshói de Moscú, cuyas actuaciones en el Teatro Real de Madrid programadas para mayo han sido suspendidas, pese a que su «director, Vladimir Urin, se ha pronunciado públicamente a favor de Ucrania y en contra de la guerra», tal y como recalca la nota de prensa de la institución madrileña. El problema, en este caso, es que la situación del este ballet está comprometida, porque recibe ayudas públicas del gobierno ruso, lo que ha llevado a países como Reino Unido, Irlanda o Gracia también a suspender sus actuaciones.

Milosevich-Juaristi: «Para los rusos es un gesto hipócrita elogiar su cultura y, a la vez, cancelar sus convenios y exposiciones»

Ante situaciones como esta, se rumorea que algunos están adoptando medidas movidos por el miedo a ser señalados, acusados o vetados en caso de no posicionarse públicamente contra Putin. ¿Pudiera ser que esta ‘cultura de la cancelación’ esté dando lugar a una caza de brujas similar a la vivida en Estados Unidos durante los años 50? Ese episodio orquestado por el senador Joseph McCarthy en plena Guerra Fría que perseguía a todo aquel que fuera mínimamente sospechoso de flirtear, incluso mirar de reojo, al comunismo y que condenó cualquier cosa que tuviera un ínfimo tufo comunista.

«La cultura de la cancelación ya es una caza de brujas», afirma Mira Milosevich-Juaristi, investigadora del Real Instituto Elcano. «Para los rusos es un gesto hipócrita elogiar la literatura y ballet rusos, hablar de Tolstoy y Dostoievsky y a la vez ir cerrando las exposiciones, cancelando los convenios entre las universidades o prohibiendo a los estudiantes rusos asistir a sus clases en las universidades occidentales». Aunque todavía no sean tangibles, se pueden intuir las consecuencias de unas sanciones impuestas a quienes tengan lazos con el Kremlin. «Puede que tenga sentido, pero los hijos no son siempre responsables de lo que hacen sus padres», opina la investigadora.

Para otros, en cambio, este es un conflicto en el que no caben medias tintas. «Si no reconocen que lo que Putin y la Rusia de Putin están realizando es una política de exterminio contra Ucrania, deben ser excluidos de los mercados intelectuales, artísticos, culturales de los países que se consideran a sí mismos civilizados», defiende el ucraniano Oleksandr Pronkevych, catedrático de Literatura Española y decano de la Universidad de Mykolaiv, una ciudad a poco más de 130 kilómetros al noreste de Odessa y que hace unos días fue bombardeada por las fuerzas rusas. Su rabia es palpable: ha tenido que abandonar su casa, su puesto en la universidad, su vida en Mykolaiv y huir en un coche junto a su mujer, su hijo y la novia de este sin saber si volverá (en el momento de publicación de este artículo, el profesor y su familia se encuentran en Lviv, en el centro del país).

Él, que tan de cerca ha sentido a Rusia. Porque Pronkevych es uno de los 14 millones de habitantes de Ucrania cuya lengua nativa es el ruso y se consideran «étnicamente rusos», «nacidos en otras repúblicas soviéticas o que aprendieron ruso en las familias, como mis hijos», explica en una de sus crónicas de guerra. Pero, ahora, todo es distinto. Para muchos como él, Rusia es Putin. Y ante la desesperación, la frustración, la incertidumbre y el miedo, solo se entiende una postura: «solamente los que no callan y protestan no tiene la culpa, [porque] callar es apoyar la cultura de exterminio que practica Rusia contra Ucrania».

Miedo social y apatía política

Dentro de las fronteras rusas, todo es más complicado. Antes de que estallara el conflicto con Ucrania, cualquier muestra contra el Kremlin ya suponía jugarse la vida. Uno de los ejemplos más mediáticos y de actualidad es el de Alexei Navalny, el líder más prominente de la oposición rusa y fundador de la organización anticorrupción FBK. Lleva años luchando contra la corrupción en su país y denunciando que Putin y sus secuaces son «una panda de criminales y ladrones». Tras innumerables censuras, en 2020 fue envenado y trasladado a un hospital de Alemania para su recuperación. Cuando volvió a Rusia, fue detenido y encarcelado, y durante el mes de marzo un tribunal le condenaba a 9 años más de cárcel en una colonia penal de régimen estricto, por «robo de bienes» como parte de un «grupo organizado», según el veredicto de la jueza Margarita Kotova.

Estos días, manifestarse en contra de la guerra supone exponerse con más gravedad a la furia de Putin y las represalias de su régimen autoritario, arriesgándose a penas de hasta 15 años de cárcel. Pero, ¿hasta qué punto se deben politizar la cultura y las artes? ¿Deben los artistas rusos declarar públicamente su postura en este conflicto? «No encontramos ningún sentido a censurar y castigar a personas cuya actividad personal y profesional es la actividad creadora», explica Anastasia Kostyuchek, codirectora y gestora de eventos del Instituto Ruso Pushkin de Madrid. «Somos conscientes de que la creación va, y debe seguir yendo, más allá de los intereses políticos. Y son estos los que precisamente han tratado a menudo de instrumentalizar la libertad de los artistas».

Kostyuchek: «La creación va y debe seguir yendo más allá de los intereses políticos»

Junto a las penas de cárcel o las sanciones económicas, Milosevich-Juaristi recuerda que hay que añadir los elementos sobre los patriotas y traidores esbozados por Putin en uno de sus últimos discursos. «Los que se oponen a la guerra serán marcados como traidores y esto supone un aislamiento social en la Rusia actual», apunta. Otra pieza más del complejo rompecabezas que supone la sociedad rusa, «apática en términos políticos, debido a los 69 años de la existencia de la Unión Soviética y a un régimen totalitario comunista, así como a la ausencia de una oposición política articulada», señala la investigadora.

Más de 30 años después de la desintegración de la URSS, Rusia sigue lejos de ser una democracia. Las represalias contra aquellos ciudadanos que se muestren contrarios al sistema es prueba de ello. «En ningún estado democrático deberíamos llegar a semejantes circunstancias. Eso es propio de estados no democráticos», opina la codirectora del Instituto Ruso Pushkin de Madrid. Presionar a los artistas es, sobre todo algo «inmoral, porque blanquea la instrumentalización del arte para que sirva a intereses políticos contrarios al diálogo». Una falta de diálogo y comunicación entre escritores, artistas y científicos no vista siquiera durante la Guerra Fría. Este back channel communication, como lo denomina Milosevich-Juaristi, «fue muy importante y muy útil, sirvió para establecer la comunicación entre los rusos y los occidentales después de la caída del Muro de Berlín», señala. Y añade: «cortando toda la comunicación con Rusia, dejaremos de saber lo que ocurre allí y lo que piensan los rusos».

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