Ucrania

¿Cómo es la disidencia rusa?

Desde el inicio de las hostilidades con Ucrania, la disidencia rusa está pasando por un renovado periodo de efervescencia. La oposición política, sin embargo, no es exclusiva de la era de Vladímir Putin: es casi una constante de la idiosincrasia nacional.

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Evgeny Feldman
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18
Mar
2022
disidencia rusa

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Evgeny Feldman

«¡Esa perra debería ser encarcelada 10 años al menos!», exclamó hace poco Anton Krasovski, el director del canal Russia Today, recientemente acusado de herramienta de desinformación, tras conocer la irrupción de la periodista Marina Ovsyannikova en los informativos del Canal 1 con un cartel donde se podía leer un claro «no a la guerra». La periodista, que ha quedado en libertad tras su condena a pagar 250 euros de multa, se ha convertido en símbolo internacional de la oposición no solo contra la invasión de la nación ucraniana, sino contra el poder ruso. Ovsyannikova se enfrentó, de hecho, a la posibilidad –aún no descartada– de ver aplicada la nueva ley aprobada por el Parlamento ruso: hoy, difundir noticias consideradas falsas por el Gobierno puede conllevar penas de hasta 15 años de prisión (además de las consecuencias laborales y sociales derivadas del propio gesto).

La violencia verbal con la que se ha exigido una mayor condena contra la periodista es la manifestación de una constante en la historia de Rusia, pero más concretamente en la era del presidente Vladímir Putin. A la larga lista de represaliados de toda clase y condición que han osado disentir de su política se ha unido recientemente el Centro Memorial de Derechos Humanos, una organización creada al final de la época soviética y que tenía por función mostrar a los visitantes los estragos, el miedo, el dolor y la barbarie de las represiones que se produjeron en el país durante la existencia de la Unión Soviética. En diciembre de 2021, como si se intentase reescribir la historia del país, fue prohibida definitivamente; se le acusó de colaborar en la desestabilización del país. Un retroceso democrático más que parece aumentar el dominio cuasitotalitario de Putin. No obstante, la disidencia rusa aún es sólida. Así lo demuestran las constantes protestas contra la guerra en diferentes ciudades del país, con miles de detenidos cada semana, o el propio gesto de Ovsyannikova.

De Iván «el Terrible» a Putin: Rusia Unida

«Canta, oh, musa, la cólera del pélida Aquiles, cólera funesta que causó infinitos males a los aqueos y precipitó al Hades muchas almas de valerosos héroes»: es probable que el pintor decimonónico Iliá Repin pensase en estos primeros versos de la Ilíada cuando plasmó en su lienzo a Iván «el Terrible» y su hijo. En su obra aparece el primero de los zares de Rusia, implacable en la conquista de territorios y de mujeres, completamente enajenado con su hijo adulto en brazos, muerto o en profunda agonía, tras haber sido golpeado por su padre en un arrebato de ira. Los cimientos de la grandeza de Rusia fueron sembrados con la dolorosa espina de aquello en que se iba a constituir el país eslavo: tierra de poder absoluto y de aristocracia impermeable.

El discurso de Putin se sostiene en el recuerdo de la educación soviética y en la sempiterna memoria de la grandeza imperial

El tiempo ha pasado desde el lejano siglo XVI, y la sucesión de zares y emperadores no ha hecho más que acrecentar la funesta relación de la nación con la tolerancia hacia la pluralidad ideológica y las libertades políticas. Conocido es el último monarca de la dinastía Romanov, Nicolás II, y su etapa a medio camino entre la persecución de disidentes –entre los que se incluyen tanto republicanos, demócratas y antimonárquicos como marxistas y anarquistas– y una torpe y acelerada adaptación reformista a los nuevos tiempos del continente europeo, cuyas principales naciones contaban ya entonces con democracias burguesas más o menos desarrolladas. También es bien conocida la posterior purga de Iósif Stalin y el asesinato de León Trotski, exiliado en México. Sin embargo, el desconocimiento de la oposición rusa, a pesar de todas las formas que ha adquirido, es manifiesto: unas veces desde los más estrechos círculos intelectuales, otras movilizando también a campesinos y obreros. Así, en su historia se cuentan episodios tan dispares como la rebelión polaca durante la pertenencia de la nación al Estado ruso, el movimiento Decembrista en época del implacable Nicolás I, el intento de asesinato de Fiódor Dostoievski por parte de un grupo de liberales, el activismo de León Tolstói o la posición del naturalista Piotr Kropotkin, siempre en contra del poder de la época y de su propaganda.

Es difícil comprender el peso de la actual disidencia rusa sin atender a su propia historia. La oposición al régimen del presidente Putin, líder del partido Rusia Unida, emana de una extensa historia colmada por el mismo principio de acción-reacción brutal: censura, encarcelamiento y –dependiendo de las circunstancias– deportación o muerte. El liderazgo de Vladímir Putin, por tanto, no es esencialmente diferente a otras épocas, ya que ha estado –y sigue estando– caracterizado por la persecución de cualquier disidente que pueda agitar y hacer sombra a su gobierno. Larga es la lista que ya ha escandalizado al mundo: periodistas como Anna Politkóvskaya, sobre cuya muerte aún vuela la sospecha; abogados como Anna Babúrova y Serguéi Markélov; políticos de la talla de Boris Nemtsov; o agentes de inteligencia como Alexander Litvinenko y Serguéi Skripal, ambos asesinados mediante el uso de veneno. Por supuesto, también hay opositores originarios de la sociedad civil como Alekséi Navalni, envenenado sin éxito y, posteriormente, procesado judicialmente. La oposición al Kremlin, por tanto, es variopinta, abarcando transversalmente distintos estratos de la sociedad.

La clave de Vladímir Putin para mantenerse en el poder es mostrar una imagen de firmeza y una identificación absoluta con la nación

A pesar de la dura represión, a raíz del conflicto en Ucrania la desobediencia al orden ruso parece abarcar dos ángulos clave de la sociedad del país: una, la preferencia política, que incluye a sectores del Estado y la intelectualidad, además de la población en general; y otra, el carácter popular, que se agita en mayor o en menor medida en función de las circunstancias y de las distintas generaciones. Los expertos apuntan a que el discurso de Putin se sostiene en el recuerdo de la educación soviética y, al mismo tiempo, en la sempiterna memoria de la grandeza del país en su idea imperial, una visión heredada y arrastrada de la época zarista. Es relevante comprobar cómo la guerra en Ucrania parece estar ensanchando la fractura social entre las nuevas generaciones, nacidas a partir de los años noventa del siglo pasado, con el inicio de la época federal, y las anteriores, que proceden de la educación marxista-leninista. Según algunas entrevistas y trabajos de campo que se han ido realizando sobre la marcha durante estos días, la población menor de 30 años y de aire más cosmopolita parece ser por lo general más escéptica a la propaganda del Kremlin; la población rural o nacida antes de los años noventa, sin embargo, se mantiene más fiel al presidente electo.

Una disidencia muy viva (y sin injerencia alguna)

La caída de la Unión Soviética en 1991 resultó, en parte, trágica: la ciudadanía de las ex repúblicas soviéticas habían votado un referéndum en época de Mijaíl Gorbachov que otorgó una amplia mayoría al mantenimiento del Estado comunista. Sin embargo, las erráticas reformas del presidente y el fallido golpe de agosto de 1991 propiciarían una rápida ruptura del país. Como ha sucedido en tantas otras naciones, los enaltecidos políticos comunistas se reconvirtieron de un día para otro en férreos capitalistas. Esta situación dejó un país fragmentado: el que añoraba la Unión Soviética y el que deseaba una reforma democrática y pluralista al estilo del bloque occidental. También se mantuvo un costumbrismo particular: el del partido –de facto– único y el liderazgo perenne (y fuerte). Esta es la gran clave de Vladímir Putin para mantenerse en el poder desde que en 1999 ganase las elecciones como sucesor de Boris Yeltsin: imagen de firmeza e identificación absoluta con la nación; Rusia es él y su partido.

En un momento histórico en que la paranoia política y el deseo de control absolutos llevan incluso a la persecución de menores de edad, la disidencia se encuentra en uno de sus momentos más agitados. Entre los líderes de la oposición política se encuentra Alekséi Nalvani, de espectro progresista y abierto a promulgar avances como legalización del matrimonio homosexual. No es el único: también existen partidos aún minoritarios en comparación con Rusia Unida o el Partido Comunista de la Federación de Rusia, como es el caso de Rusia Justa, liderado por Serguéi Mirónov, que a pesar de apoyar a Putin parece posicionarse como un candidato a un futurible régimen bipartidista en el país. Mientras tanto, el futuro del país permanece siendo una incógnita.

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