Ucrania

La batalla europea por la energía

El estallido de la guerra entre Rusia y Ucrania y la paralización del proyecto ITER, la billonaria opción de la Unión Europea para obtener la ansiada energía de fusión, ha sacudido Europa. Mientras tanto, los últimos pasos de los Estados miembro parecen dirigirse hacia una independencia acelerada de Rusia y su gas, como muestra la suspensión del gasoducto Nord Stream 2. Pero ¿qué implicaciones esconden los problemas energéticos?

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15
Mar
2022
energía

El pasado 24 de febrero, el continente europeo volvió a conocer la guerra con el comienzo de la invasión rusa de Ucrania. Desde ese mismo instante, los distintos países del mundo han comenzado a posicionarse en torno a ambos combatientes. Mientras países como China, Brasil, Cuba o Venezuela han mostrado su neutralidad o su apoyo velado al régimen ruso, el bloque occidental ha reaccionado con fiereza mediante sanciones económicas de gran envergadura, como la incautación de fondos y fortunas de sus oligarcas, la suspensión de vuelos o la retirada del crédito y el comercio con Rusia. Ello ha provocado no solo que grandes firmas como Inditex cierren temporalmente sus más de 500 tiendas en el país: también una fuerte devaluación del rublo frente a divisas como el dólar o el euro. Los primeros efectos de estas sanciones ya han comenzado a notarse, con largas colas de ciudadanos rusos esperando para retirar crédito a las puertas de sucursales bancarias, aumentando el ya anunciado riesgo de «corralito». De toda la batería de sanciones anunciadas hasta el momento, sin embargo, son las medidas relativas a la energía las que más brillan.

Alemania tomó el timón a este respecto, cancelando la construcción del gasoducto Nord Stream 2, que pretendía acrecentar el suministro de gas natural ruso a través del mar Báltico. Desde el anuncio de esta decisión, las consecuencias han sido devastadoras: la constructora Nord Stream 2 AD se ha declarado en quiebra y el principal financiador de la operación, la compañía energética Gazprom, con fuertes vínculos con el Kremlin, está soportando las inmensas pérdidas de este revés: durante las últimas semanas ha sufrido una caída de hasta el 96% en el precio de las acciones en la bolsa de Londres; no hay forma de conocer su valoración en la bolsa rusa: no ha abierto desde el comienzo de la invasión. De este modo, además de las ventas masivas de acciones de empresas rusas para huir del lastre reputacional, la Unión Europea parece estar dando un giro copernicano en su política energética.

Viejas políticas, nuevas miradas

Menos difundida fue otra noticia que sacudió al sector financiero europeo. El 25 de febrero, Francia anunció la paralización del reactor de fusión nuclear –energía aún inédita– ITER debido al hallazgo de deformidades en varias de las piezas a utilizar. No había opción: según el informe de la Agencia de Seguridad Nuclear, continuar la construcción sin arreglar este problema suponía un alto riesgo; aún se desconoce la fecha para finalizar el proyecto.

Esta situación pone a Europa en una posición delicada a largo plazo: la fusión nuclear estable promete la obtención de energía barata y casi ilimitada. Algo que encaja de forma esencial con los intentos de dejar atrás el gas natural ruso. Según sugería la AEMA en 2018, la creciente demanda de energía en el viejo continente habría desactualizado las medidas ecológicas y de transición energética desarrolladas por la Unión Europea. Por tanto, hace al menos cuatro años que necesitamos una nueva revisión sobre el tipo de fuentes de energía por el que apostamos (y sobre cuál sería su impacto ecológico). La paralización repentina del proyecto ITER, por tanto, retrasa al continente en su competición por alcanzar la deseada energía de fusión, senda en la que sí continúan países como Estados Unidos, China o Corea del Sur.

Según las estadísticas oficiales de la Unión Europea, la energía renovable en 2016 un 13,2% del consumo total

El presidente francés Emmanuel Macron lleva años insistiendo en el concepto –más o menos abstracto– de «soberanía europea», lo que apunta tanto a la mejora del sincretismo político de la Unión, como a la creación un ejército europeo único o a la independencia absoluta en materia energética. Con las fuentes utilizadas hasta ahora, sin embargo, este último deseo se vuelve difícil. La decisión que el gobierno francés tomó a finales de 2021 sobre la construcción de nuevos reactores nucleares en el país ha abierto un debate sobre la idoneidad de seguir esta senda, y no solo a nivel nacional. De hecho, recientemente la Comisión Europea acabó por incluir esta fuente de energía en la clasificación «verde» junto al gas, una decisión que ha provocado la airada respuesta de expertos europeos en la materia, así como de grupos ecologistas como Greenpeace, quienes avisan de que esta clase de inclinaciones políticas van en contra de la apuesta por las energías renovables. El gran problema es que estas últimas, según apuntan las estadísticas oficiales reconocidas por la Unión Europea, representaron en 2016 un 13,2% del consumo total de energía entre los 27 socios. Además, las energías renovables son en buena medida dependientes de la arbitrariedad climática o de la geografía: mientras los países mediterráneos como España e Italia pueden instalar grandes parques solares y los del norte aprovechar el ímpetu de los grandes vientos que agitan sus países, apostar por el autoconsumo no permitiría una igualdad energética entre los países miembros.

Ante la insuficiencia productiva de las fuentes renovables, y frente a la alta demanda del continente, el consumo de gas y derivados del petróleo se hace imprescindible actualmente. Aún así, su uso tampoco carece de problemas: el pico de extracción de petróleo se alcanzó en 2005, mientras el de uranio lo hizo en 2017. Además, en el continente apenas hay reservas de uranio de fácil extracción (por ejemplo, España cuenta con 4.650 toneladas entorpecidas por las dificultades técnicas actuales), una situación que también ocurre con el petróleo o el gas. La dependencia del flujo de uranio y combustibles fósiles extranjeros es evidente. El gasoducto que abastece Europa central es uno de los principales: proviene de Rusia y pasa, entre otros lugares, por Ucrania.

Aunque esta última toma de acceso aún no ha sido cortada por el país eslavo, hace tiempo que naciones como Alemania o Polonia llevan abogando por una paulatina independencia del gas ruso, entre otros motivos por los constantes cortes, a modo de chantaje diplomático, que han puesto en vilo la continuidad del modo de vida europeo. Ahora que las cartas se están poniendo sobre la mesa, la decisión de Alemania de suspender la construcción del nuevo gasoducto Nord Stream 2 implica, en firme, algo más que una ruptura «irreversible» de las relaciones entre ambas naciones: si no cambian mucho las cosas a favor de Rusia, las relaciones comerciales y energéticas futuras con la Unión Europea van a volverse muy oscuras y limitadas. De hecho, el bloque europeo aboga por reducir su dependencia del gas procedente del norte en un 30% en un año. La principal baza de negociación del gobierno ruso con Europa parece desvanecerse, así, a pasos acelerados.

La principal baza de negociación del gobierno ruso con Europa parece desvanecerse a pasos acelerados

En esta línea también se ha pronunciado Portugal, que en estos momentos negocia con España la posibilidad de iniciar un gran consorcio que bombee gas y petróleo como alternativa al suministro ruso. Una acción que, si bien se encuentra en estado de gestación, ya cuenta con el visto bueno de las instituciones comunitarias y con inversores de gran calado, como el empresario estadounidense George Glass, quien ya propuso esta idea desde su puesto de embajador de Estados Unidos ante Portugal durante el mandato de Donald Trump. España, por su parte, ofrece la construcción del gasoducto Midcat para auxiliar la demanda del continente.

Ante el ritmo de los acontecimientos, los expertos en política, geoestrategia, energía y diplomacia están divididos. Enrique San Martín, doctor en Economía e investigador de la UNED en crecimiento económico y desarrollo sostenible, tiene claro que la invasión de Ucrania va a suponer «un antes y un después en la consideración de Rusia como un suministrador fiable de energía». San Martín recuerda cómo en 2006, tras la Revolución Naranja, Rusia cortó el suministro de gas a Ucrania, algo por lo que Europa resultó fuertemente afectada. «Los análisis indican que Rusia es el país del mundo que más veces ha utilizado la energía como arma política, mucho más que los países árabes o la Organización de Países Exportadores de Petróleo (OPEP); a pesar de ello, nunca se adoptaron las decisiones lógicas de reducir la dependencia de Rusia», afirma. De hecho, según explica el profesor universitario respecto al Nord Stream 2, «no tenía ningún sentido incrementar la dependencia rusa», como parece que estaba realizando Alemania al apoyar la construcción de esa nueva vía de inyección de gas en su territorio. El desafío a corto plazo es evidente. Según San Martín, «a día de hoy, ningún país por sí solo puede sustituir los suministros rusos». De hecho, el profesor ve la crisis también como una oportunidad, ya que debería ser un aliciente para «acelerar la transición energética y superar los puntos débiles de la política energética europea».

No obstante, Diana Reinales, investigadora e ingeniera ambiental afincada en Francia, es pesimista: «Me gustaría poder decir que la UE va a apostar por la energía nuclear y la I+D en el sector energético, pero todo parece indicar que seguirán apostando por las renovables». La científica y experta en medio ambiente se declara «defensora de las fuentes de energía renovables», pero siempre teniendo en cuenta dos factores clave: que deben adaptarse al territorio y que nunca pueden constituir la totalidad del mix energético de un país. Preguntada sobre si el futuro energético de la Unión Europa pasará o no por las renovables, Reinales afirma que «la UE seguirá apostando ciegamente por las renovables, aumentando los porcentajes mínimos a alcanzar por país, como ya lo hicieron con la nueva directiva 2018/2001/UE, que sustituye a la 2009/28/CE». Subraya, además, la divergencia en el consumo de las fuentes fósiles por parte de los países miembros, representando para Italia un 35% de su total y, a su vez, un porcentaje nulo para el de Francia. Como solución, la reputada investigadora considera que «la inversión en I+D es imprescindible para encontrar métodos de generación y almacenamiento de energía alternativos». Y añade: «Junto con el desarrollo de un parque nuclear es esencial para acabar con la dependencia energética a medio plazo».

Opiniones al margen, lo cierto es que los ciudadanos europeos ya sienten el peso de la guerra: el precio del gas se ha disparado un 55% desde el inicio de la contienda, una tendencia que se repite con los derivados del petróleo y con la electricidad, que ha roto los máximos históricos, afectando gravemente las ya debilitadas economías de la clase media. Mientras tanto, sigue en vilo el 35% del gas demandado en el viejo continente, que se produce en Rusia. En los mercados, los combustibles fósiles han caído ya en un 17% de su valor, ante la incertidumbre de la dirección que escogerán los europeos. La incertidumbre, al contrario, puntúa al alza.

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