Energía

El futuro de la energía nuclear

Aunque estigmatizada tras el accidente ocurrido en la ciudad soviética de Chernóbil, este tipo de energía aún puede ser clave en la futura transición energética y, por tanto, en la lucha contra el cambio climático.

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12
Ene
2022
energía nuclear

La ciudad ha sucumbido al estrépito y, enloquecidos, sus habitantes saquean comercios, obstruyen la circulación en las calles y se sumergen en sus búnkeres junto con sus seres queridos, aislándose del mundo exterior bajo impenetrables barreras de plomo y cadmio. Pero en una alejada sala repleta de botones, entorpecido por la sonora alarma, un hombre debe tomar una decisión: no se trata de ninguna epopeya, sino de aquel capítulo de Los Simpsons en el que Homer –emulando cómicamente el recuerdo del accidente de Chernóbil– evita una fusión del núcleo del reactor de la central de energía nuclear de Springfield.

Durante los 67 años de empleo del poder del átomo  la mayoría de accidentes sucedidos en estas instalaciones son de bajo riesgo

Desde que se pusiera en funcionamiento la primera central nuclear del mundo en 1954 en Óbninsk, en la antigua Unión Soviética, aquella forma de obtener energía siempre resultó sospechosa de llevar a cabo una transgresión natural; como si el ser humano, ante su desarrollo y uso, acabase de comenzar una nueva etapa como especie. Y si bien el dominio controlado de las reacciones de fisión requiere desarrollados conocimientos científicos y el mantenimiento de costosas y complejas infraestructuras, lo cierto es que los 67 años de empleo del poder del átomo –para generar energía eléctrica en grandes cantidades– se han demostrado eficaces: la mayoría de accidentes sucedidos en torno a estas instalaciones son de bajo riesgo. No obstante, y a causa del riesgo de irradiación derivado del empleo de uranio enriquecido y plutonio, la energía nuclear ha sido objeto de continuo enfrentamiento por parte de ecologistas y científicos contrarios al uso masivo de este tipo de método de producción de corriente eléctrica. De hecho, numerosos países de Europa –como Alemania o España– cuentan procesos para desmantelar o no construir más centrales nucleares. Al menos, hasta el momento.

Ante la crisis energética que rodea el petróleo son multitud los expertos que avalan el retorno a la construcción de nuevas centrales nucleares que sustituyan las fuentes de energía renovables y, sobre todo, descarguen el empleo de energía fósil derivada del petróleo o el carbón; tal como sostienen, además de colaborar peligrosamente en la aceleración del cambio climático, la escasez de estos materiales haría imprescindible su reserva para los medios de transporte –e incluso el ejército– de aquí a unas pocas décadas, si no antes, como aseveran algunas previsiones. En Europa, por ejemplo, Francia ha cambiado de rumbo, declarando la voluntad nacional de construir nuevas plantas en el país. A pesar de los pocos detalles que se conocen hasta el momento, Électricité de France planea, al menos, la creación de seis nuevos reactores que entrarían en funcionamiento entre 2035 y 2040.

El viraje en la política energética de Francia, uno de los principales polos de influencia de la Unión Europea, se aleja del actual modelo planteado desde Bruselas, que parece fiar un creciente volumen del parque energético continental a las renovables –es decir, la energía solar, eólica, oceánica, geotérmica o hidroeléctrica–, regresando al modelo posterior a la Segunda Guerra Mundial. Este cambio de paradigma, así como la presión ante un modo de vida en el que se consume cada vez más energía, ha llevado a la Comisión Europea a iniciar un proyecto con el que incluir la energía nuclear entre las «energías verdes», una declaración cargada de polémica por la evidente contaminación que generan los residuos nucleares y la dificultad de su contención. Sin embargo, esta solución implica una mirada a medio plazo que no siempre es posible dentro de una democracia que, a veces, se encuentra carente de pactos de Estado entre los distintos partidos políticos. Al fin y al cabo, construir plantas nucleares no solo es caro, sino que cuesta tiempo y disponibilidad, ya que requiere de una mano de obra altamente cualificada.

Francia se aleja del actual modelo planteado desde Bruselas, que fía un creciente volumen de la energía continental a las renovables

Si bien en la Unión Europea la situación se caracteriza por el debate y la duda, en otros continentes la situación parece más clara: en América del Norte, Estados Unidos y Canadá se encuentran en el podio mundial, con 98 y 19 centrales respectivamente, situación que contrasta con la del resto del continente americano, donde sólo Argentina, Brasil y México disponen también de este tipo de fuente de energía. Situación análoga sucede en el extenso continente africano, donde apenas una docena de centrales están presentes en la miríada de naciones que se reparten el territorio. Y en Asia, a excepción de Japón (que si bien cuenta con 51 reactores, tras el accidente de Fukushima se está replanteando su estrategia nuclear), China (que está construyendo 26 reactores y posee otros 15) y Corea del Sur (21), el resto de países se reparten los 110 reactores que es posible contar, añadiendo aquí tanto a Oriente Medio como India. Mientras tanto, en los confines del mundo, la expansión de los reactores de fisión parece estar en declive. En Rusia, el país más extenso del planeta, tan solo es posible encontrar 12 plantas operativas, mientras en Oceanía solo Australia posee un reactor de investigación. Otras naciones pioneras en la legislación de derechos civiles y medioambientales, como Nueva Zelanda, se han declarado zonas no-nucleares, uniéndose a otros 160 Estados que por voluntad o imposibilidad carecen de este recurso. Sea como fuere, la energía nuclear, al menos la de fisión, es cosa de naciones ricas, extensas y con miras a una posible guerra nuclear, así como de países con viejas cicatrices bélicas, como el caso de Francia, la cual es hoy la segunda potencia en energía nuclear del mundo.

La energía nuclear, un evidente futuro energético

No obstante, al hablar de átomos y energía nuclear no podemos pensar únicamente en la fisión, que es el mecanismo que controlamos con suficiente rigor como para utilizarla en la producción en masa de electricidad. Si miramos por la ventana durante un día soleado observaremos que toda la vida de nuestro planeta existe gracias a la energía nuclear desprendida de las reacciones de fusión que se producen en nuestra estrella: los yacimientos de Oklo, en Gabón, demuestran que al menos hace 2.000 millones de años se produjeron en la Tierra reacciones nucleares naturales en masa.

Los esfuerzos científicos se dirigen –mirando a las estrellas– con renovada potencia hacia la consecución de la ansiada reacción estable de fusión. En estrellas como el Sol, es la propia gravedad la que confina el hidrógeno, el helio y los demás elementos residuales, produciendo las reacciones que bañan de luz y partículas de alta energía a nuestro mundo, permitiendo una temperatura media amigable con la vida y su desarrollo. Por el momento, tres proyectos lideran la carrera de la fusión nuclear «en caliente»: el ITER, un proyecto plurinacional ubicado en la Provenza francesa; el Proyecto SPARC del MIT en Estados Unidos; y el EAST, de China, que el 30 de diciembre de 2021 consiguió batir el récord de plasma estable a 120 millones de grados centígrados durante 1.056 segundos. Asimismo, proyectos como la sonda Parker de la NASA para el estudio del astro rey suponen un esfuerzo añadido en el intento de mejorar la comprensión del Sol y de sus dinámicas. El desarrollo de plantas nucleares de fusión promete, al fin y al cabo, una energía prácticamente limpia e ilimitada. Pero ¿nos dirigimos hacia un mundo nuclear? Y en todo caso, ¿quién sería capaz de ganar esta trascendental carrera?

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