Siglo XXI

La tiranía del correo electrónico

Alrededor de la mitad de la población reconoce sentirse incapaz de limpiar por completo su bandeja de entrada. ¿Es el ‘e-mail’ el último (y más ubicuo) enemigo de nuestra salud mental?

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14
Mar
2022
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Seguramente sea cíclico: cada cierto tiempo, alguno de nuestros conocidos despotrica con vehemencia inusitada acerca de los problemas causados por la omnipresencia cuasidivina del correo electrónico. Cuando el e-mail apareció hace ahora 50 años, lo hizo –como irían haciendo luego el resto de herramientas de la red– con esa frescura optimista de quien halla la solución para mejorar un problema. En este caso, su novedad residía en la sencillez de la comunicación: el contacto con otros era sorprendentemente rápido; poco a poco, su presencia se fue extendiendo desde los entornos académicos a los corporativos y, posteriormente, al entorno general de la población. Los adolescentes del cambio de siglo, que ahora sienten haber inaugurado la red, se abrían cuentas en servicios ya obsoletos con nombres divertidos que acabaron abandonando cuando se dieron cuenta de algo esencial: no podían usar esas direcciones tan coloquiales en el mundo real.

Poco a poco, el e-mail fue cubriendo más y más parcelas de la comunicación, asentándose como una pieza básica de la identidad online. De hecho, todo está conectado hoy a nuestra dirección de correo electrónico, que es el pasaporte que se emplea para recibir avisos, acceder a las ofertas de las distintas tiendas digitales o abrirse perfiles en muchos de los servicios que operan en la red y que son ya parte de la cotidianidad: si quieres ver una película en Netflix o instalar el sistema operativo de tu smartphone, primero debes dar tu dirección de correo.

Puede que se lleve anunciando la muerte del e-mail unos cuantos años –cuando aparecieron las redes sociales se decía que ya no tenía tanto sentido como antes– pero se continúa usando y, sobre todo, sigue siendo el punto al que van a parar mensajes y más mensajes, llenando la bandeja de entrada de información. Ese correo electrónico optimista que iba a facilitar la comunicación hace medio siglo es ahora una de tantas cosas que tiraniza nuestro tiempo.

¿Cuánto tiempo perdemos en nuestra bandeja de entrada?

Los estudios sobre cuánto tiempo perdemos con el correo electrónico, especialmente en el universo laboral, donde lo que más preocupa es la productividad, son habituales. Los trucos de eficiencia, cuyas promesas encierran la liberación contra la tiranía del e-mail, se apilan cada pocas semanas con el mismo ritmo con que lo hace nuestra bandeja de entrada.

El correo electrónico, que iba a facilitar la comunicación hace medio siglo, es ahora una de tantas cosas que tiraniza nuestro tiempo

Un estudio norteamericano de Adobe estimaba hace pocos años que cada día, de media, una persona pasa 209 minutos comprobando su e-mail del trabajo y 143 minutos comprobando su correo personal. En total, por tanto, cada persona estaba perdiendo 5 horas y 52 minutos de su jornada laboral gestionando el flujo de mensajes recibidos. Lo más sorprendente, sin embargo, es que el número ni siquiera era tan malo como puede parecer: suponía una mejora frente a los años precedentes, por mucho que el 46% de los encuestados reconociese que era incapaz de limpiar por completo su bandeja de entrada.

Lograr encontrar lo que de verdad quieres en medio de la avalancha de envíos digitales a veces resulta imposible. De hecho, el e-mail es una más de las fuentes de tensión del día a día. Según algunos estudios, limitar el acceso al correo electrónico puede bajar los niveles de estrés, ya que el correo electrónico no impacta tan solo de forma directa, sino que obliga a estar pendiente constantemente de los nuevos correos en el trabajo, lo que hace que sea más difícil desconectar y recuperarse de la carga de trabajo y lo que, a su vez, aumenta el síndrome del trabajador quemado (o burnout), como apunta otro informe. En definitiva, el e-mail frustra y agota, y no lo hace precisamente a poca gente: según Statista, más de 4.000 millones de personas en todo el mundo contarán con correo electrónico a finales de este año.

Pero ¿se ha convertido el e-mail en un enemigo más de la paz mental (y en uno que, dado su ubicuidad, es imposible abandonar)? Se pueden tomar medidas un tanto radicales, como la que siguen algunos usuarios que borran de vez en cuando todo lo que tienen sin leer, pero también es posible incorporar patrones de uso más saludables, como limitar la cantidad de veces que se va a comprobar si hay correos nuevos o desconectar el e-mail fuera de ciertas horas.

Lo cierto, sin embargo, es que el e-mail es ya solo uno de tantos en la lista de problemas que amenazan el tiempo y el ritmo natural de las personas. Con la popularidad de WhatsApp, muchas de las conversaciones que antes se mantenían en el correo han migrado a esa app, donde la presión para responder de forma inmediata es mayor. La frontera entre vida privada y profesional, así, es cada vez más difusa.

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