Siglo XXI

Viaje al centro del pensamiento libre

El poder, el tabú y las nuevas formas de censura dejan poco margen para la libertad de pensamiento en una era acelerada por el ritmo, tantas veces bronco, que marcan las redes sociales. Recuperar esa capacidad crítica, tan necesaria para el progreso y la convivencia democrática, pasa por rebelarse contra la arbitrariedad de esos límites.

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Carla Lucena
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10
Feb
2022
juan soto ivars

Ilustración

Carla Lucena

Para alcanzar el centro del pensamiento libre hay que hacer el mismo movimiento que Lidenbrock en Viaje al centro de la Tierra: profundizar. Pensar es emprender un camino tortuoso hacia lo profundo a través de la espesura, un movimiento que podemos imaginar como una excavación o una indagación. La raíz latina de excavar habla de sacar algo que está escondido debajo de la tierra; la de indagar, de la persecución del rastro de las pisadas de los animales con el fin de sorprenderlos y darles caza. Son dos metáforas de la cavilación, y ambas remiten a la aventura. Creo que no hace falta subrayar que, en demasiados momentos, la aventura particular de pensar libremente ha estado sembrada de peligros.

Los enemigos del pensamiento libre son muchos y tan antiguos como el pensamiento expresado: no se puede hablar de una cosa sin referir la otra. Y no cuesta imaginar al primer hombre asesinado por expresar una idea, tirado en el umbral de una cueva, muerto de una pedrada o varazo por decir lo que otro más fuerte consideraba ofensivo. No podemos saber cuáles fueron esas palabras ni en qué idioma se expresaron; tampoco podemos imaginar el contenido del mensaje, pero antes o después, entre la niebla del tiempo, alguien tuvo que ser el primero en caer por haber expresado lo que tenía en la cabeza. Por haber excavado. Por haber indagado. Por regurgitar, en una lengua muerta, lo que venía rumiando.

Donde existe el poder siempre hay personas que desean imponer límites al pensamiento de las otras

Aquí, en la elucubración, aparece ya con claridad el primer enemigo del pensamiento libre. Quizá sea el más famoso, aunque no necesariamente el más temible. Me refiero a la fuerza, es decir, al poder. Donde existe el poder siempre hay personas que desean imponer límites al pensamiento de las otras, porque la presencia de cuestionamiento es el primer síntoma de la debilidad del poder. El poder, que adopta muchas formas, suele fingir que detesta que se hable, pero lo que en realidad detesta es que se piense. Si reacciona a la palabra expresada es porque esta delata un cauce de pensamiento que corre sin permiso del jefe.

Este miedo del poder al pensamiento libre explica el origen de la censura, y así nos lo cuenta J. M. Coetzee en Contra la censura, donde añade que la represión es más fuerte cuando el poder se siente más débil. En El cero y el infinito, Arthur Koestler escribe la mejor novela –superior incluso a 1984 de George Orwell– sobre el ataque del poder al pensamiento, en la que nos muestra meticulosamente el proceso de sometimiento intelectual sin recurrir a la fábula. Cuenta la historia de Nikolái Rubashov, comisario del pueblo y bolchevique de 1917, quien cae en una de las purgas estalinistas de los años treinta. Rubashov, comunista íntegro y articulado, es sometido a un interrogatorio que logra convencerlo de aquello en lo que no cree.

La jerarquía es una convención social que se debilita cuando aparece la libertad de cuestionar

La novela muestra que un pensamiento puede ser acosado y aplastado más allá, incluso, de la simple censura. Muestra que se puede convencer a un hombre de que piensa lo que no piensa, y que un criterio puede resistir, tratar de escabullirse de la tenaza y fracasar sin necesidad de que nadie haya usado la fuerza o la tortura. Rubashov, que al comienzo se planta ante su interrogador con orgullo y entereza, lleno de libertad interior y argumentos para contraatacar todas las trampas, termina confesando con absoluta sinceridad que sí, que quería matar al Número 1 (Stalin), aunque nunca se planteó hacerlo, y que sí, que deseaba el sabotaje de su amada Unión Soviética, aunque fuese mentira.

os interrogatorios de El cero y el infinito están escritos para que el lector acompañe a un pensamiento de camino a la esclavitud y la desaparición. Y no es casual que Koestler utilice un interrogatorio para narrarlo, porque interrogar es lo mismo que inquirir, e inquirir es el verbo que da nombre a la Santa Inquisición. En el Directorium inquisitorum, manual práctico para los inquisidores del siglo XIV, el fraile catalán e inquisidor general de Gerona Nicolau Eimeric explica el método para anular en el reo la capacidad de pensar. Eimeric no quiere que el hereje calle ni que finja que está convencido. Quiere que el razonamiento, la cavilación y el análisis sean absolutamente imposibles para él. Quiere llevarlo a un extremo de sometimiento en el que la creencia herética sea vencida porque no tiene mente en la que apoyarse.

Nicolau Eimeric crea para los inquisidores la antítesis del diálogo platónico. La discusión con el sospechoso de herejía solo es loable, nos dice, si la autenticidad de la fe permanece intacta durante toda la charla. Pero llega a un extremo curioso en sus consejos que conviene señalar. No solo escribe que argumentar para poner a prueba el rigor de los argumentos de quien tiene fe es un pecado mortal. No escribe únicamente que sugerir que la fe observa alguna clase de error es también pecado mortal. No: él va mucho más allá, y escribe que también es pecado mortal insistir con sutilezas racionales para demostrar la Trinidad o la Encarnación; es decir, para justificar que se comparte la fe del inquisidor. Por tanto, incluso estar de acuerdo con el dogma es pecado si se llega a esta conclusión habiendo pensado libremente.

Se desprende de esto que no es el pavor a la palabra escrita o pronunciada ni tampoco a la blasfemia o la herejía, sino el mero pensamiento libre lo que merece para el temperamento temeroso del inquisidor el acoso y el castigo. Así lo demuestra, por otra parte, el trabajo del Santo Oficio contra los herejes protestantes cuando estos se convierten en una amenaza para la ortodoxia, la paranoia de Stalin dirigida contra las sombras de un abrigo trotskista proyectadas en una pared, o la de los calvinistas de Ginebra. Y esto es así porque el poder, que ocupa palacios y castillos, habita en realidad en la mente de los súbditos. La jerarquía es una convención social, como el valor de las cosas, y por tanto se debilita cuando aparece la libertad de cuestionar.

Pero decíamos que el poder no es el enemigo más temible del pensamiento libre, y es preciso seguir profundizando. Si nos alejamos por esta gruta, siempre hacia abajo, llegaremos a las salas subterráneas del dogma, a la unanimidad y al miedo a la exclusión social. Aquí el poder ya no necesita ejercer una presión explícita porque son los súbditos quienes ponen en marcha los mecanismos de sometimiento contra el que fue demasiado original, el disidente o el respondón. Porque no solo es el poder establecido, sino también las masas, quienes defienden el dogma y la ortodoxia. Lo hacen por fanatismo, por complacencia o por los misteriosos y retorcidos mecanismos culturales del tabú. Y aquí también es, por cierto, donde encontramos la represión del pensamiento típico de las democracias, el cepo propio de nuestro tiempo: una poscensura que no castiga con la ley en la mano, con el exilio o la cárcel, sino con el vituperio, el desprestigio y la cancelación. Una censura que no es vertical, como la de otros tiempos, sino horizontal: la policía vive en todos nosotros y nos vigila desde todas partes.

Elisabeth Noelle-Neumann escribe en La espiral del silencio que todos tenemos una antena invisible instalada en el cerebro, y que esta nos permite detectar cuáles son las opiniones mayoritarias –y por tanto dominantes– sobre cualquier asunto controvertido. Dado que todos queremos formar parte de un grupo, ser aceptados y evitar el desprestigio, tenemos intuitivamente mucho cuidado con expresar aquello que suponemos que nos traerá problemas. Como animales sociales que somos, sabemos que la colaboración y la aceptación social son requisitos imprescindibles para nuestra supervivencia. Esta idea, posiblemente instalada en nuestro software darwiniano, es lo que nos permitió imponernos a especies más fuertes, fieras y rudas. Pero en el saldo negativo, no solo constriñe los límites de la libertad de expresión, sino que también afecta a nuestra capacidad de pensar en libertad. En todo pensamiento, por más individual que se presuma, hay una conexión profunda con el grupo y la cultura.

Los individuos somos seres limitados para pensar y sin el diálogo y la controversia, el pensamiento se convierte en una criatura salvaje

La llegada de las redes sociales ha intensificado lo que Noelle-Neumann detectó hasta límites grotescos, porque hoy no hace falta intuir, ya que continuamente se nos dice dónde está el límite. La presión de las redes sociales sobre el pensamiento no solo es atroz por los castigos que allí se brindan a diario contra los que traspasan un límite arbitrario y prohibido, sino porque nos induce a opinar sobre lo que los demás opinan en una constante interrupción. ¿Significa esto que estamos de nuevo en tiempos de pensamiento único? Mi opinión es que no, por más que algunos analistas lo anuncien con trompetas apocalípticas.

Estamos en los tiempos, mucho más complejos, de la polarización de muchos polos; es decir, en los de la fractura social y la tribalización. Dicho de otra forma, en esta época hay muchos pensamientos únicos en islas separadas por la confrontación, y dentro de cada isla hay una ortodoxia. En la tensión cultural entre estas visiones del mundo antagónicas, cada tribu trata de preservar sus límites y su pureza mediante la purga de quienes se desvían: los traidores. En estas circunstancias, ejercer el pensamiento libre es quizá más difícil que en una dictadura. Aquellas, al menos, tienen un enemigo claro. Pero en el esquema de la polarización sucede a menudo que, huyendo de una ortodoxia, el reprimido termina acogido en otra y allí, por agradecimiento, voluntariamente se somete a sus límites, con lo que sus posibilidades de crítica quedan lastradas. En mi último libro, La casa del ahorcado, ejemplifico este fenómeno con la historia de los seguidores de Juan Calvino que huyeron de la Inquisición y se refugiaron en Ginebra con el líder luterano para descubrir allí una nueva inquisición.

Pero sigamos, porque todavía existe una última esfera y un último enemigo del pensamiento libre: nosotros mismos. A veces, la idea a la que suponemos consecuencias nefastas en caso de que llegue a oídos de los otros no solo será reprimida en la voz, sino también en la cabeza. Y no únicamente por el miedo a que nos llamen malos, sino porque, como decía Molière, por encima de esto está el miedo a que nos llamen ridículos. Esto ocurre con las ideas que verdaderamente desafían a las convenciones, llamadas correcciones políticas: suenan a tonterías, a ridiculeces, y de ahí bebe el miedo a expresarlas. Confinada, castiga- da sin el aire fresco que supone someter la idea al diálogo, castrada, la opinión inconfesada se atrofia, como un ficus en un ataúd, y en el peor de los casos se enquista y nos enferma. Así que, en el fondo, en el centro del pensamiento libre, vemos que su principal enemigo será, en determinadas circunstancias, uno mismo.

Los individuos somos seres limitados para pensar. Sin el diálogo y la controversia, sin la escucha, la cultura, la confianza en los referentes compartidos y la humildad para reconocer la autoridad intelectual fuera de nosotros mismos, el pensamiento se convierte en una criatura salvaje, inarticulada y paranoica. Aquel que sabe que será apartado del grupo por una intuición puede terminar poseído por ella, receloso de todo y de todos, fanatizado. Los teóricos de la conspiración, los negacionistas y los locos son, en este sentido, seres humanos esclavos de su propia opinión, de sus propios pensamientos. Rebeldes contra cualquier autoridad intelectual, son súbditos de ideas que, por no haber encontrado la libertad fuera de ellos, han terminado arrebatándosela con la construcción de un delirio. Recelosos de toda idea preconcebida, de toda convención, de todo consenso, de toda autoridad, encontramos en el centro mismo del pensamiento libre al más desgraciado de sus enemigos: el solitario esclavo de su propia idea.

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