Cultura

«Si no se tolerasen los errores, no podríamos innovar»

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24
Ene
2022
Teresa Sanjurjo

Teresa Sanjurjo, directora de la Fundación Princesa de Asturias desde 2009, ha desarrollado toda su carrera en el campo de las entidades no lucrativas, particularmente las fundaciones. Hasta su incorporación a la Fundación, y desde 2003, fue directora general de la Asociación Española de Fundaciones. Previamente, desde 2001, había ejercido de directora técnica de la Confederación Española de Fundaciones. Licenciada en Derecho por la Universidad Pontifica de Comillas (ICADE), miembro y ex presidenta del Club de la Haya, Sanjurjo lleva a sus espaldas años de dedicación al sector fundacional español y ha participado en numerosos foros, congresos y seminarios. También forma parte del International Women’s Forum y, entre otros nombramientos, es vocal de la Junta Directiva de la Asociación Española de Direc tivos. En este primer mes del año, Teresa Sanjurjo nos recibe en su despacho y conversa con una mirada decidida, reflexiva y acogedora; un fiel reflejo de los valores de la organización.


¿Qué espera que le traiga este año a la Fundación Princesa de Asturias?

Mi principal preocupación, tras casi dos años de pandemia, es que termine, y con ella la situación de incertidumbre y de inestabilidad. Que todas las personas de la Fundación y los círculos concéntricos con los que nos relacionamos podamos trabajar con continuidad en un entorno saludable donde poder desempeñar nuestras tareas. También espero que así sea para el conjunto de la sociedad.

Entre los objetivos de la fundación encontramos uno muy ambicioso: procurar la promoción de los valores culturales y morales que contribuyan al progreso de la humanidad. ¿De qué manera están presentes esos valores en el proceso de elección para los premios que otorgan anualmente?  

La cultura y los valores son esenciales en la historia de la fundación que, desde su constitución en 1980, ha estado firmemente comprometida con ellos; es algo esencial para nosotros, forma parte de nuestro ADN: cuando  un grupo de personas con un carácter totalmente innovador y emprendedor, a finales de los años 70 –recién aprobada la Constitución y en un contexto de crisis– piensan de qué manera pueden ayudar a fortalecer los valores constitucionales en España, deciden que la mejor manera de hacerlo es creando unos premios que pongan el foco en personas que encarnen dichos valores, convencidos de que la sociedad necesita paradigmas, espejos en los que mirarse, modelos a los que seguir. Eso hacemos cada año, subir a ese escenario a personas que merecen ser miradas, aplaudidas, reconocidas, imitadas. Su expreso reconocimiento es lo que impulsa nuestro trabajo diario.

En buena medida, el progreso de la humanidad implica en unos casos reformular esos valores, profundizar en ellos. Por ejemplo, el valor de la dignidad de la persona y la igualdad hoy exigen el reconocimiento de la diversidad sexual o, en otros casos, a otras esferas de la actividad humana (como el  tratamiento que debemos dar  a los animales o lo que se nos exige con el cuidado del medio ambiente). Son aspectos que están en un primer plano de la opinión pública cuando hace 40 años se concebían, hasta cierto punto, como ‘estrafalarios’.

En este sentido, los premios son un gran indicador de hacia dónde avanza la sociedad. Las candidaturas presentadas nos dan cada año la tendencia de cuáles son las preocupaciones sociales, ejerciendo de un detector fenomenal de las inquietudes éticas de la sociedad. Las candidaturas no solo ponen el foco en el reconocimiento de los valores democráticos imperantes en las sociedades abiertas sino que enfocan los temas que están sometidos al debate público. Estos últimos años estamos viendo, por ejemplo, cómo las cuestiones como la sostenibilidad o la igualdad son temas transversales presentes en las candidaturas de muchas de las categorías. Por otra parte, entre los prescriptores están, además de instituciones internacionales, universidades, centros de investigación muy prestigiosos o incluso los propios premiados de ediciones anteriores, otro grupo de proponentes muy abierto. Esto permite conocer propuestas muy valiosas, iniciativas fantásticas de muchas partes del mundo que se salen de los circuitos más conocidos y nos permiten tener una visión muy completa de hacia dónde evolucionamos. El listón de los premios se mantiene muy alto e incluso aumenta por la concurrencia de muchos factores: los proponentes, el examen minucioso de cada una de las candidaturas para contrastar muy bien sus méritos, el estudio y deliberación de los jurados para fallar el premio… y todo ello en el marco de nuestro Código de Conducta.

«Los premios son un gran indicador de hacia dónde avanza la sociedad, ejercen de un detector fenomenal de las inquietudes éticas»

Una gestión ética exige que las personas que integran la organización se identifiquen y comprometan con los valores éticos que la organización promueve. ¿Cómo consigue  la Fundación, de sus empleados, jurados y colaboradores ese elevado compromiso con la ética? 

La coherencia entre principios y práctica cotidiana es esencial porque construye confianza de todos los implicados. Tratamos de inspirar con el ejemplo de un modelo de conducta, una manera de hacer bien las cosas, de tratar con mucho respeto y considerar a todas las personas. Somos un equipo de 23 personas muy identificadas con nuestra tarea. Todos estamos comprometidos en hacer bien las cosas con un entusiasmo encomiable; nadie escatima esfuerzos para tratar que nuestra actividad, sí cabe, pueda salir aún mejor. Tratamos de ser muy coherentes, contar lo que hacemos con mucha transparencia y hacer lo que decimos que hacemos. Eso, por supuesto, no significa que no cometamos errores, pero identificarlos y trabajar por mejorar forma parte también de nuestra cultura institucional. Si no se tolerasen los errores, no podríamos innovar. Como dice Javier Gomá, «las fundaciones son depósitos de confianza y la confianza no se puede comprar, solo se merece». Lo que importa es el prestigio, no la notoriedad. El prestigio se gana con el tiempo, y con el tiempo se construye una cultura y el orgullo de pertenecer a una institución.

En una ocasión, aseguraste que el sentido de pertenencia a una organización produce no solo el orgullo y sentido de pertenencia, sino también emoción.

Sí, esa emoción se palpa sobre todo durante la semana de los premios. Es algo que irradia a la sociedad asturiana. Desde los vecinos del ‘pueblo ejemplar de Asturias’ a nuestros proveedores, un taxista que recoge a un miembro de los jurados, las personas que acuden a los actos que organizamos o incluso los ciudadanos que se encuentran con un premiado por Oviedo. Con esto me viene a la cabeza una imagen muy ilustrativa: en una de las últimas ediciones, una premiada, tras la ceremonia, entró en una sidrería de Oviedo y toda la gente que estaba allí se levantó y la ovacionó. Es una emoción que también se palpa cuando llevas a un premiado a un instituto que ha estado trabajando sobre los contenidos didácticos que proponemos o los miembros de un club de lectura que han estado leyendo la obra del premiado de letras participan en un coloquio con él. Es decir, la Fundación organiza sus actos volcada en el público, tratando de ofrecer una experiencia de calidad con el máximo respeto para que se pueda conocer de cerca la figura de nuestros galardonados. No se trata de actos para que ellos vayan a aplaudir al premiado (que eso también) sino de conseguir que tengan una experiencia que siempre van a recordar. Que salgan con una experiencia para reflexionar.

Desde luego, la transmisión de los premios por televisión, los discursos, la banda de gaitas por Oviedo, la clausura del acto… Será que  los asturianos somos un poco sentimentales, pero, sí que es emocionante.

Es que ese sentimiento trasciende a personas de muy diferente origen cultural. Por poner otro ejemplo: ese mismo sentimiento lo vivieron los miembros del equipo Arqueológico de los Guerreros y Caballos de Terracota del Mausoleo de Qinshihuang en Xian, Premio Príncipe de Asturias de Ciencias Sociales 2010, y provenían de un origen y contexto cultural totalmente diferentes.

«El amor por Asturias y su cultura, muy potente y orgullosa, es compatible con una visión universal e integradora de otras identidades»

Otro de vuestros objetivos es consolidar los vínculos existentes entre el Principado de Asturias y el título que tradicionalmente ostentan los herederos de la Corona. ¿Traslada de algún modo el monarca como representante su compromiso con esos valores, desde la protección de los derechos de las personas hasta el cumplimiento normativo entendido en un sentido aglutinador?

Indudablemente. La Familia Real se traslada a Oviedo todos los años y participa activamente en los actos. Y no solo Su Majestad el Rey expresa en el discurso principal de entrega de los premios su compromiso con esos valores, sino que en todos sus actos da evidencias de su compromiso con los valores éticos que pretende difundir la Fundación a través de los premios.

Teniendo esto en cuenta, ¿en qué medida han podido afectar a la Fundación las noticias que han rodeado al rey emérito en estos últimos años? 

Desde luego que el vínculo entre  la Casa Real y la Fundación es tan esencial que el prestigio de una y otra actúan como vasos comunicantes. Es evidente, en este contexto, el compromiso más radical con los valores éticos por parte de Su Majestad El Rey. Ese compromiso y el convencimiento de que el prestigio de la monarquía debe fundarse en la ejemplaridad de la institución lo transmite con su conducta intachable, y así lo percibimos.

¿Cómo compatibiliza la Fundación su trabajo en beneficio de fines universalistas como el de contribuir al progreso de la humanidad y apoyar el bienestar cultural y social de Asturias, sus tradiciones y sus gentes, sin caer en el regionalismo?

Igual que un árbol, aunque sea una metáfora muy manida: es la raíz que hace que el árbol crezca y las ramas se expandan. La visión universal y la promoción de los valores éticos deben expandirse al mundo, y eso no contradice la defensa y promoción del territorio más próximo. Todo está conectado: la defensa del espacio natural, los modos de vida del mundo rural y los debates sobre la crisis demográfica tienen hoy una particular acogida y reconocimiento. El amor por Asturias y su cultura es compatible con una visión no excluyente, sino universal e integradora, acogedora de otras culturas. En este sentido, la asturianía es una identidad muy potente, muy orgullosa, pero nunca es excluyente.

¿Tenían los fundadores una visión de lo que ha llegado a ser hoy vuestra institución, o bien lo que hoy representa ha desbordado su visión más optimista?

Graciano García, patrono emérito a quien sucedí en el cargo, es una persona muy creativa y a la vez corajuda que suele decir «mira lejos y piensa en grande». Creo que él, por su manera de ser, sí veía la Fundación tal y como es hoy; pero también el primer Presidente de la Fundación, don Pedro Masaveu, quien comprometió su experiencia y su acción filantrópica en el nivel que debían tener los premios y los actos de la Fundación.

Además, la Fundación se compromete con los Objetivos de Desarrollo Sostenible (ODS). ¿De qué manera los integra?

Hablando de la sostenibilidad, Victor Viñuales decía: «¿has visto la luz o te han deslumbrado con una linterna?». Con esto quiero decir que todo está conectado en un círculo –la sostenibilidad, el compliance y la cultura ética– y el eje sobre el que gira es la convicción, una que te ha de llevar a la entrega, al trabajo tenaz por conseguir los objetivos que te propongas en esos ámbitos. «Por mí que no quede», como decía Julián Marías. Lo contrario es desistir.

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