Siglo XXI

Manual de instrucciones para 2022

El Consejo Editorial de la revista Ethic analiza algunas de las tendencias e ideas clave que marcarán la agenda del nuevo año.

Ilustraciones

Carla Lucena
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11
Ene
2022
2022

Ilustraciones

Carla Lucena

El año que dejamos atrás hace unas semanas quedó marcado por la incertidumbre. A 2022 llegamos acompañados por el auge de la polarización y el agravamiento de la crisis ambiental, así como de la covid-19 y sus múltiples variantes. ¿Por dónde seguimos ahora? ¿Qué tendencias (e ideas) marcarán la agenda del nuevo año? En abril de 2020, durante la fase más cruenta de la pandemia, los miembros del Consejo Editorial de Ethic, voces relevantes en la filosofía, el análisis político, la economía y la transparencia conversaron confinados en sus hogares con el objetivo de evaluar el terremoto que había dejado por entonces el coronavirus y apuntar hacia la reconstrucción de la sociedad utilizando como brújula lo marcado por la Agenda 2030. Ahora, en un ejercicio de reflexión que busca ejercer de faro ante el horizonte de este 2022, vuelven a las páginas de esta revista para intentar arrojar luz sobre desafíos tan complejos (y tan presentes) como la transición ecológica, los nacionalismos, el papel de la tecnología o la salud de la democracia.


2022«Los retos a los que nos enfrentamos no pueden resolverse al margen de los grandes Pactos de Estado»

Eduardo Madina – Director de Estrategia de Harmon

La clave del desarrollo de las distintas realidades europeas después de 1945 son sus Estados de bienestar, que a lo largo de la historia han ido convirtiéndose en grandes productores de igualdad. Hablamos de una igualdad en el ámbito de la sanidad y de la educación que, en contra de la corriente generalizada por la izquierda en este país, no es solo un ejercicio redistributivo, sino una manera de concebir el propio modelo de desarrollo económico y, en última instancia, social y civilizatorio.

Es ahí donde nos encontramos con el intervalo de dos crisis: la financiera de 2008 y la sanitaria actual. En esos desgastes hay deterioros relevantes en nuestra capacidad de generar entornos cívicos y sociales más caracterizados por la igualdad que por la desigualdad. Y si esto ocurre es porque hay una mala lectura del principio de competitividad de la economía por parte la izquierda y del principio de cohesión social por parte de la derecha.

La incapacidad para tener una mirada en términos de pacto de Estado para la protección de nuestro sistema de bienestar en el campo de la educación y de la sanidad es recurrente. Se trata de un fenómeno que ha ido deteriorando un gran corrector de desigualdades atávicas que venían acompañándonos durante mucho tiempo en el recorrido histórico de nuestro país y que la democracia, a partir del 82, comenzó a corregir. Ninguno de los grandes retos a los que nos enfrentamos hoy en este país puede resolverse al margen de grandes concepciones de pactos de Estado.


2022

«El cuidado debería ser reconocido como un derecho universal que nos da deberes a todos»

Victoria Camps – Filósofa

El cuidado debería ser reconocido como un derecho universal, un derecho social que tiene como consecuencia deberes para todos, porque todos tenemos que responsabilizarnos del cuidado, sobre todo en determinadas épocas de nuestra vida.

Hay dos sectores de la población especialmente frágiles y vulnerables: el de la infancia y el de la vejez. La crisis sanitaria que hemos vivido pone de manifiesto que no estábamos preparados para atender a estos grupos sociales y que la forma que tenemos de tratar la vejez no es la más adecuada. Además, nuestra fragilidad y nuestra dependencia han quedado expuestas. Es cierto que gozamos de cierta autonomía, pero somos dependientes. La interdependencia debería contrarrestar esa lógica individualista que no ha permitido que se desarrolle un valor tan fundamental como la fraternidad.

Los cuidados no pueden recaer solo en la buena voluntad de las familias y de los individuos. Tampoco es equitativo –ni justo– que las obligaciones recaigan solo sobre las mujeres, como bien ha denunciado el feminismo. Los cuidados hay que repartirlos entre hombres y mujeres, pero también entre familias e instituciones. En el terreno de la teoría, esto significa que deberíamos trabajar más para lograr acciones concretas. ¿Y acaso no es ese el objetivo de la ética?


2022«Tenemos dos obligaciones éticas: formarnos constantemente e intentar aportar lo mejor de nosotros mismos»

Elena Pisonero – Presidenta y fundadora de Taldig

Los mercados, los consumidores y las autoridades van a demandar a las empresas una respuesta a los retos globales mucho más exigente que hace unos años. En un futuro muy próximo, las empresas van a jugar un papel esencial y tendrán que ser auténticas. Por eso se está hablando tanto de propósito: es lo que les da esa licencia social para operar y obtener una legitimación.

En este sentido, España tiene una posición privilegiada y ofrece un modelo de vida envidiable, siempre y cuando sea capaz de seguir manteniéndolo en unos niveles realmente atractivos. Hay desarrollos muy interesantes, como es el caso de Madrid o Málaga, que están siendo capaces de atraer a una élite global. Sin embargo, el verdadero desafío es cómo lograr que esa élite contribuya al mantenimiento del sistema actual.

Yo siempre digo que, afortunadamente, pago muchos impuestos. Estoy convencida de que tengo que financiar y cuidar el entorno en el que vivo, del que he aprendido y donde he podido desarrollar mi proyecto vital. Soy consciente de que aquello que me rodea no es gratis. La clave es que exista una responsabilidad individual que nos lleve a querer contribuir a la comunidad desde nuestra propia excelencia.

Cada uno de nosotros tiene dos obligaciones éticas: formarse constantemente e intentar aportar lo mejor de nosotros mismos a la comunidad, pagando impuestos para beneficiarnos de un entorno más cuidado y que cuida a aquellos que lo tienen difícil.


«Debemos ser conscientes de que la crisis climática puede socavar nuestras democracias»

Cristina Monge – Politóloga

La Cumbre de Glasgow (COP-26) ha supuesto avances importantes, aunque no suficientes. Este no es el acuerdo que necesitábamos para el planeta y para frenar la crisis climática, pero probablemente tampoco fuera posible otro. No obstante, hay que poner en valor los avances que se han producido, especialmente el límite de no sobrepasar los 1,5 grados en el aumento de la temperatura global. Se incorpora así el sentido de urgencia, ya que los compromisos que se iban a cumplir en cinco años, de repente, pasan a intentar alcanzarse en tan solo uno. También existe en el acuerdo una mención, por primera vez, a los combustibles fósiles y al carbón –más tibia de lo que nos hubiera gustado, pero ahí está–. Han quedado cosas por el camino, como las ayudas a los países en vías de desarrollo para que puedan articular un modelo de desarrollo más sostenible.

Los próximos años son claves para la transición ecológica, que tiene que vertebrarse fundamentalmente a través de políticas públicas que faciliten esos cambios de comportamiento que le pedimos a la ciudadanía. Solo de esta manera los ciudadanos se implicarán más en cuestiones de transición ecológica.Mi preocupación funda-mental en estos momentos es cómo la crisis climática puede socavar nuestras democracias en la medida en que exacerba, amplifica y visibiliza problemas socia- les y cómo puede llegar a tensionar la convivencia a través de la desigualdad o de las tentaciones ecoautoritarias, que plantean que la dimensión de la crisis es de tal magnitud que exige tomar decisiones sin contar con métodos de garantías democráticas.


«Me preocupa que la postura centrista no tenga herederos; ya no solo como políticos, sino como votantes»

Fernando Savater – Filósofo y escritor

Me preocupa que España tenga unos movimientos separatistas que amenacen su propia estructura como Estado, lo que impide que pueda haber libertad o igualdad. Se está creando una necesidad de imitar en todas las regiones de España a los nacionalistas. La revitalización de la España invertebrada de Ortega y Gasset es lo más grave. Eso y un Gobierno que no tiene ningún escrúpulo en pactar con movimientos separatistas y populistas.

Resulta inquietante que partidos como UPyD y Ciudadanos, que son un espacio centrista, ilustrado y moderado que defiende las libertades individuales y los principios de la socialdemocracia, nunca prosperen en España. Todos los países modernos son una combinación de esto. Puede que sea por errores políticos, pero también por una incomprensión de los ciudadanos. Parece que no existe un apoyo ciudadano. Me preocupa que la postura centrista no tenga unos herederos ya no solo como políticos, sino como votantes. No sé si esa falta de apoyo ciudadano es una maldición.


«Para potenciar la democracia hay que entender las causas de su desconsolidación»

Adela Cortina – Filósofa y catedrática de Ética

Se está produciendo un declive de la democracia en el mundo y, a la vez, estamos asistiendo a un aumento de las autocracias. Sin embargo, la democracia es el mejor régimen político que hemos podido construir los humanos, y es nuestro deber protegerla. La gran cuestión ahora es cómo potenciarla, lo que pasa por entender cuáles son las causas de su desconsolidación.

En el orden geoestratégico mundial, uno de los mayores problemas a los que nos enfrentamos es el silencio de los intelectuales, que se manifiesta de manera diferente en Oriente y Occidente. En China, por ejemplo, se habla mucho de los valores de su civilización, donde el colectivismo es fundamental. Así, la gran virtud sería la obediencia y el sacrificio por la colectividad, con lo que se lograría la prosperidad. Sin embargo, la gran virtud de este sistema es la opacidad: los intelectuales chinos callan porque están silenciados. En este sentido, Xu Zhangrun, disidente chino, reitera el afán por la libertad que, sostiene, «los chinos compartimos con todos los demás».

Cuando vamos a Occidente, en cambio, hay una deserción de los intelectuales. Con la imperante necesidad de salir en las redes o en los medios de comunicación tenemos la tentación de hacer declaraciones que son llamativas, utilizando términos como «la democracia cansada», «la democracia agotada» o «la democracia desaparecida». Esto me parece, sin embargo, una deserción e incluso una traición. Hay que hacer un esfuerzo por defender esta tradición, que no solo es nuestra, sino que vale para todos los seres humanos. Tal como sugiere Zhangrun, hay un afán de libertad, igualdad y solidaridad en el corazón de cada individuo.


«La emoción en la política plantea una confrontación entre amigo y enemigo en la que hay que destruir a este último»

José Antonio Marina – Filósofo y pedagogo

Ha entrado en quiebra el proyecto ilustrado, ese que se apoyaba en la confianza y en la racionalidad. Es curioso cómo la filosofía posmoderna de Foucault, que en Europa ya había pasado de moda, tiene éxito en Estados Unidos, donde el autor se convierte en el ideólogo de las corrientes imperantes, caracterizadas por la identidad, la sentimentalización de las víctimas y el descrédito de toda forma de política objetiva.

Empezamos a encontrarnos en una sociedad que es al mismo tiempo emocional y crédula, porque la emocionalidad hace que desaparezca el espíritu crítico y acepta cualquier cosa que tenga un engarce emocional profundo. Decía el filósofo Karl Popper que es conveniente que combatan nuestros argumentos para que no tengan que combatir las personas. Lo que hacen las emociones es fomentar la retórica y devaluar los argumentos, de manera que se produce una inestabilidad política porque unas emociones se enfrentan a otras.

La emocionalidad en la política nunca ha sido buena porque da lugar a la perversión de los sentimientos. Se plantea una confrontación entre amigo y enemigo donde hay que destruir al enemigo. Esta categorización de amigo y enemigo no puede ser la base de la filosofía política, ya que la enemistad es una pasión contra otra pasión, no un argumento contra otro argumento. De esta forma, las posturas de izquierda y de derecha están muy enquistadas, lo que está produciendo un rechazo de la política frontal. El sentimiento político más extendido actualmente es la desconfianza. Por tanto, uno de los desafíos políticos más acuciantes es recuperar la confianza de la gente.


«La revolución tecnológica es una nueva revolución industrial con sus propios ganadores y perdedores»

José Ignacio Torreblanca – Politólogo y director de ECFR

Estamos viviendo los «nuevos pesimismos» en torno a la tecnología. Y no soy apocalíptico, pero veo claros elementos distópicos que hay que mirar en paralelo a los utópicos. La revolución tecnológica es una nueva revolución industrial que tiene sus propios ganadores y perdedores.

Todo el optimismo que vivimos en la Primavera Árabe, donde creíamos que la ciudadanía se iba a organizar contra el poder, se desvanece ahora al ver que lo que está ocurriendo es que el poder se está organizando rápidamente contra la ciudadanía. Tanto el poder estatal en los regímenes autoritarios como el poder de mercado, que también se ha instaurado muy rápidamente sobre la ciudadanía. En el triángulo Estado, mercado y ciudadanía, la ciudadanía es el ángulo débil.

Freedom House nos dice que llevamos 15 años de declive democrático, tanto en la cantidad como en la calidad de las democracias. Estamos muy lejos de ser esa comunidad global que nos imaginábamos. Los americanos tienen el Leviatán, un Estado todopoderoso cuyos tentáculos se extienden por todo el mundo, pero están divididos internamente con respecto a qué hacer con la tecnología. En Europa corremos el riesgo de ser una colonia digital si no somos capaces de convencer a los americanos que somos complementarios y que tenemos cosas relevantes que decir. En China, el nacionalismo de Xi Jinping va a generar un sistema mucho menos innovador, temeroso y dependiente del poder de lo que ha sido hasta ahora. Estados Unidos sigue teniendo un potencial tremendo si no se tira piedras contra su propio tejado.


«Tenemos que repensar un nuevo estatuto de los trabajadores del mundo global y digital»

Jordi Sevilla – Economista

Estamos terminando la reforma laboral del siglo XX y quiero que empecemos ya a pensar en el mercado laboral del siglo XXI. No me preocupa tanto la ultraactividad de los convenios colectivos como la «uberización» del mercado laboral a la que estábamos asistiendo en medio de cierta pasividad de los diferentes interlocutores.

El propio concepto de jornada laboral está quedando obsoleto: nuestra separación de horario laboral y horario no laboral se diluye, y la remuneración no se hace por hora trabajada, sino por la calidad del trabajo. Tenemos que repensar un nuevo estatuto de los trabajadores del mundo global y del mundo digital.

El tema de cómo organizar la digitalización no está estudiado, pero el de las pensiones sí, y hay mucho consenso entre los expertos. En el año 1995, en el Pacto de Toledo, ya se dice todo, pero han pasado 30 años y seguimos igual debido a nuestra incapacidad de llegar a grandes acuerdos y consensos en el Parlamento. En Naciones Unidas tienen un sistema de pensiones basado en tres pilares: que tengas para todos los ciudadanos una pensión mínima financiada con los Presupuestos Generales del Estado (PGE); sobre esta base se introduce el pilar contributivo, que es el que tenemos ahora, pero mucho más reducido; y luego está el tercer pilar, que es el de la pensión individual. Yo creo que el Gobierno está en este proceso porque si no, no se entienden las transferencias que se están incorporando a la seguridad social desde los PGE. Si esta es la línea, el Gobierno debería aclararlo.


«Los fondos de recuperación podrían dar lugar a un sistema más inclusivo y acorde con las necesidades ciudadanas»

Emilio Ontiveros – Economista y presidente de AFI

El elemento más importante de modernización de las economías europeas es la disposición por parte de los Estados de los fondos europeos para la recuperación tras la pandemia. Sin embargo, existen otros elementos que la crisis sanitaria ha puesto sobre la mesa, como el papel de las instituciones públicas. Estamos saliendo de esta crisis gracias al protagonismo de los sistemas sanitarios, pero también gracias a la agresividad que han tenido los gobiernos y las instituciones europeas, que han reaccionado de manera adecuada. El segundo elemento es el uso intensivo de las TIC en la interacción de las personas, pero también en la organización del trabajo y de las empresas. Otro elemento es esa sensibilidad de todos los agentes económicos con las condiciones de hábitat y la emergencia climática. Y un último elemento es un mayor escrutinio de lo que hacen las empresas.

El resultado de todo ello yo diría que puede ser, si no hay episodios geopolíticos o catástrofes políticas internas que lo impidan, un sistema económico más acorde con las preferencias de los ciudadanos, más compatible con un crecimiento inclusivo y también más generador de bienestar y reductor de la desigualdad, que es otra de las consecuencias adversas que dejó la crisis anterior. Me preocupan elementos del entorno global que pueden hacer que la mejora se retrase o incluso encuentre dificultades serias. Por ejemplo, me preocupa que la geopolítica o la inflación den al traste con el crecimiento.


«Cuanto mayores sean las desigualdades, más se atascarán las sociedades más avanzadas»

Alberto Andreu – Economista y profesor asociado en la Universidad de Navarra

Uno de los debates éticos al que nos enfrentamos en la actualidad es al de la renuncia. En primer lugar, una renuncia a un desarrollo tecnológico exponencial. En segundo lugar, una renuncia al consumo desmesurado. Previsiblemente tendremos que cambiar nuestro modo de vida, y la renuncia a los consumos nos debería llevar a un sistema de métricas de éxito corporativo diferente. Es decir, pasar de hablar de crecimiento a impactos. Encontramos también una tercera renuncia, que es la renuncia de los ingresos, beneficios o rentas, en aras a reducir las desigualdades –cuanto mayores sean las desigualdades, más se atascarán las sociedades más avanzadas–. A lo que nos lleva todo este abanico de renuncias es un desarrollo más sostenible.

Existen varios elementos de cómo renunciar. El primero pasa por marcar una serie de límites, por ejemplo, en los debates de la bioética, donde se ha renunciado a la clonación de humanos. Saquemos conclusiones de las líneas rojas que hemos puesto y cómo nos han funcionado. Como segundo elemento, hay un movimiento social vinculado al planeta que tiene que reflejarse en la legislación y que habrá de acotar el crecimiento. El tercero, por otro lado, es el mundo de la inversión: en el mundo de la sostenibilidad muchos inversores han hecho mucho más que muchas ONGs. Por último, existe un cuarto punto que tiene que ver con el individuo. Aquí siempre nos enfrentamos al debate de libertad y el intervencionismo. Los individuos tienen que ser conscientes de que se tiene que renunciar más allá de lo que imponga la ley. Pero desde la libertad.


«Tenemos que rescatar la verdad como una obligación moral, una necesidad política y un requisito de la democracia liberal»

Elena Herrero-Beaumont – Directora de Ethosfera

A lo largo de las diferentes reflexiones de este especial se ha repetido la idea de que necesitamos llegar a consensos como sociedad para afrontar los grandes dilemas de nuestro siglo. Y aquí poco nos están ayudando las plataformas tecnológicas a las que hacía alusión José Ignacio Torreblanca a la hora de articular la nueva esfera pública digital global.

El problema no es solo el enfrentamiento emocional al que se refería José Antonio Marina, sino la contraposición de realidades alternativas en el proceso de comunicación pública digital. Recordemos cómo Cambridge Analytica difundió un conjunto de datos que culminaron en lo que algunos consideran varios fraudes electorales en 2016 y 2017.

Lo más sorprendente es que la tendencia no solo continúa, sino que se intensifica. Esto se ha puesto de manifiesto en los llamados Facebook Files, una investigación publicada en 2021 por The Wall Street Journal, y que confirma que en 2018 los ingenieros de Facebook (ahora Meta) introdujeron un cambio en el algoritmo que provocó una mayor radicalización del proceso de comunicación pública y amplificó la desinformación y la propaganda. En este contexto digital tenemos que rescatar la verdad como una obligación moral, una necesidad política y un requisito de la democracia liberal.

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