Opinión

Los hijos universitarios del gulag

La concentrada presencia de intelectuales y científicos en los gulag siberianos todavía sigue influyendo a la región 80 años después: las huellas económicas y sociales así lo atestiguan.

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17
Dic
2021
gulag
Islas Solovkí, Rusia.

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En El meteorólogo, Olivier Rolin cuenta la vida en el gulag del jefe del Servicio Meteorológico de la URSS, Alekséi Feodósievich Vangengheim. Acusado falsamente de «sabotear la lucha contra la sequía desorganizando la red de los observatorios y falsificando sus previsiones», Vangengheim es enviado a un campo en las islas Solovkí. Allí la vida es un infierno y, al mismo tiempo, un santuario intelectual. Está rodeado de catedráticos, músicos, poetas y científicos. Hay un teatro, una biblioteca bien surtida, conferencias, conciertos. «Durante su estancia en las Solovkí lee tanto la Geografía universal de Elisée Reclus como La cartuja de Parma o la Historia de Tom Jones de Fielding, e incluso en julio de 1937, los dos primeros tomos de En busca del tiempo perdido, «muy de moda en la época», según dice», relata Rolin. Evidentemente, esta oferta cultural no era un premio: bajo la lógica paranoica del estalinismo, estos intelectuales se habían desviado de su rumbo y debían ser educados de nuevo.

Toews y Vézina: «Un aumento del 10% en la proporción de enemigos del pueblo se correspondía con ganancias del 8% en salarios»

Casi 90 años después, la presencia de esos «enemigos del pueblo» todavía se deja notar en la región. Un artículo académico publicado recientemente por Gerhard Toews, de la New Economic School de Moscú, y Pierre-Louis Vézina, de la Universidad King’s College de Londres, demuestra que las regiones donde estuvieron encarcelados estos «enemigos del pueblo» todavía se aprovechan de esa migración forzada. Siguiendo los estudios sobre la influencia del esclavismo en la economía y el desarrollo de América Latina o Estados Unidos, los autores descubrieron que las zonas donde hubo campos con mayor número de «enemigos del pueblo» son hoy más ricas y tienen mejor educación que otras zonas cercanas. Como explican en The Economist, «un aumento de diez puntos porcentuales en la proporción de reclusos que eran enemigos del pueblo se correspondía con ganancias del 8% en salarios; del 23% en ingresos por trabajador; de un 23% en la proporción de empresas en las que el trabajador medio iba a la universidad; y del 21% en la fuerza de la luz emitida por la noche por persona, una manera de medir la producción económica».

Muchos reclusos fueron ejecutados, como es el caso de Vangengheim, pero otros muchos no solo sobrevivieron, sino que se quedaron en la región y formaron familias. A veces eran liberados, pero no se les permitía volver a sus ciudades de origen. Según una encuesta de 2016, la población que vivía cerca de estos campos de prisioneros solía tener familiares que habían sido «enemigos del pueblo». Un 42% de ellos había acudido a la universidad, frente al 31% de los individuos que no tenían familiares del gulag.

En los últimos años, economistas como Branko Milanovic o Thomas Piketty han estudiado los efectos de la educación y de la herencia intelectual en la concentración de la riqueza y la desigualdad. El estudio de Toews y Vézina es un experimento natural fascinante sobre esos efectos, y también sobre las consecuencias positivas inesperadas de las políticas represivas de Stalin, que no buscaba precisamente la desconcentración de la riqueza cuando mandó a tantos intelectuales a Siberia.

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