Sociedad

Cuando la libertad nos aterra

¿Qué aspectos nos han llevado a la crisis contemporánea de la libertad? Para el psicoanalista Erich Fromm, este conflicto tiene una expresión política y una expresión cultural que lleva al ser humano a rehuir esa libertad que tanto anhela.

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28
Dic
2021
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«Había personas tan ansiosas de entregar su libertad como sus padres lo estuvieron de combatir por ella; que en lugar de desear la libertad buscaban caminos para rehuirla». Son palabras del filósofo Erich Fromm (Alemania, 1900-Suiza, 1980), miembro de ese cenáculo de intelectuales que, reunidos en la conocida como Escuela de Frankfurt –a la que pertenecieron, entre otros, Habermas, Marcuse o Adorno– analizaron de un modo crítico la sociedad que emergía de la modernidad, los problemas que planteaba el capitalismo y las consecuencias de la degradación del socialismo.

El ensayo al que pertenece el fragmento, El miedo a la libertad, se publicó en 1941, uno de los momentos más duros de la II Guerra Mundial, y se erigía sobre la máxima de que el individuo había renunciado a uno de los bienes supremos de la persona: su libertad. Fromm aseguraba que la sociedad moderna planteó el dilema entre seguir construyendo de manera conjunta una sociedad que trabajase por el bien común o retomar la antigua esclavitud, en una versión enmascarada, donde el hombre estaba condenado a cumplir el papel que la sociedad había designado para él. Decía que, cuando el hombre es capaz de emanciparse de las instituciones, gana en libertad, en soberanía de sí, pero se siente inseguro y desea establecer vínculos que le garanticen estabilidad. Es decir, lo social puede estimular la creatividad del individuo o bien imponerse sobre él, inoculándole «nuevos impulsos coercitivos y nuevas angustias».

Pero vayamos por partes.

El filósofo alemán recuerda que las luchas por la libertad, desde los albores de la civilización, las realizaron los oprimidos que a su vez, al alcanzar el poder (total o parcial), se convirtieron en opresores. Pensemos, por ejemplo, en la revolución rusa: cuando irrumpe el despertar de la conciencia, las personas se sienten con el derecho y la energía de conquistar la libertad que anhelan, pero al tiempo se separan de quienes siguen sometidos, y eso los provoca cierta sensación de desamparo, de fragilidad. Sienten la soledad. Los animales siguen su instinto, el hombre ha de escoger, decidir, renunciar. Fromm distingue entonces entre libertad «de» y libertad «para».

En la actualidad, se asume que, si uno no es feliz, es porque simplemente es incapaz de conseguirlo

Conforme el capitalismo comenzaba a cimentarse, «el individuo fue dejado solo; todo dependía de su propio esfuerzo y no de la seguridad de su posición tradicional». Esto, hoy, se ve de manera nítida: se asume que, si uno no es feliz es porque es incapaz, y se desatienden la posibilidad de que un modelo económico enferme y lastre, obligando a cada uno «a elegir entre su propia destrucción o la ajena». 

Ahí arranca, en el pensar de Fromm, la disposición para «aceptar la función de sirviente de la máquina económica y con el tiempo la de sirviente de algún Führer». No hay reciprocidad entre trabajadores y empresarios: los primeros trabajan para alcanzar crédito personal y los segundos para su éxito. Ambos colaboran en el interés de sí mismos. No hay un interés mutuo.

Esta estructura económica, defiende Fromm, se trasvasa a la política. La democracia nació como un sistema cercano al ciudadano, que conocía a sus políticos y participaba de manera activa en la toma de decisiones, pero se convirtió en algo reducido a un voto cada cierto tiempo, una apuesta a una organización ideológica que no conoce de primera mano.

Lo que le resta al individuo es adaptarse a las nuevas condiciones y acatar el rol que la sociedad ha dispuesto para él. De otro modo se convierte en un neurótico no dispuesto a someterse, ya que la «persona normal» opta por ser lo que «socialmente le es dicho» en vez de ser dentro de su libertad individual. Fromm solo contempla dos alternativas: enfrentarse a la libertad por la vía del amor y del trabajo regido por el interés común, o abandonar su libertad y entregarse a vínculos secundarios como el autoritarismo. Así, el ejercicio del poder (Fromm se centra en el fascismo como epítome) es la expresión de la incapacidad del sujeto para subsistir solo. Otra cosa es la autoridad que, según el filósofo, no es una cualidad sino que se sustenta en relaciones asimétricas. Puede ser racional o inhibitoria. En el primer caso, trata de reducir ese desequilibrio, mientras que en el segundo, lo que produce es un aumento de la explotación.

Para Fromm, lo social puede estimular la creatividad del individuo o bien, simplemente, imponerse sobre él

Como analiza el filósofo, así como el nazismo es un problema de orden económico y político, su aceptación por parte de los ciudadanos es de tipo psicológico. Necesitan pertenecer a una estructura que los acoja, que les haga sentir parte de una comunidad, en vez de estar a la intemperie con su libertad: «La masa desea ser dominada».

Para que esto no ocurra, Fromm propone impulsar un sistema económico que reduzca el tiempo en el trabajo y que nos permita una seguridad económica estable, de manera que podamos dedicarnos a lo intelectual, pues «el derecho a expresar nuestros pensamientos tiene algún significado solo si somos capaces de tener pensamientos propios». En este punto, repara en la importancia de la información, no como amasijo de datos al peso (véase internet) sino como la facultad de conectar unos hechos con otros para tener un conocimiento más aproximado y certero de lo real. A día de hoy sucede lo contrario, carecemos de una imagen estructurada del mundo, nos enfrentamos a un rompecabezas de sucesos fragmentados ante el que somos incapaces de hilvanar un tapiz con sentido.

El miembro de la Escuela de Frankfurt anima a cada cual a preguntarse si sus deseos realmente le son propios o impuestos, así como a entregarse a la capacidad creadora del ser humano, a estar unidos con el mundo a través del afecto, la solidaridad, el reconocimiento del otro y a la cooperación activa. Es decir, conjugar el ‘yo’ con el ‘nosotros’: «Si yo no soy para mí mismo, ¿quién será para mí? Si yo soy para mí solamente, ¿quién soy yo?».

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