Ciudades

¿Por qué no quieren que te sientes?

Los asientos públicos están desapareciendo paulatinamente del entorno urbano. Fruto de una transformación comercial o mera caída en desuso, perder bancos alimenta uno de los retos más complicados del urbanismo sostenible: convertir la calle en un espacio ‘confortable’, una extensión del propio hogar.

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20
Dic
2021

Los bancos –no aquellos en los que uno saca dinero, sino aquellos en los que uno se sienta– son un elemento clave en nuestras calles. Su presencia o ausencia, el diseño o la distribución, son un mensaje para la ciudadanía que indica en qué espacios es bienvenida a detenerse y convertirlos en propios. En la actualidad, sin embargo, existe una sensación generalizada de los habitantes de las grandes ciudades (al menos, en nuestro país) de que, al igual que los árboles, estas zonas que solían formar parte indispensable del entorno están desapareciendo paulatinamente.

Pero todo apunta a que no es un fenómeno nuevo. Ya en 2010, un informe de la Federación de Asociaciones de Vecinos de Madrid (FRAVM) constataba cómo en la capital española, sobre todo en el centro, estaban desapareciendo los asientos públicos. O bien se convertían en bancos de diseño moderno, o bien en plazas renovadas como la céntrica de Santo Domingo, pasando a ser sustituidos por modelos de hormigón. De hecho, en 2016 se llevó a cabo un experimento dentro de los presupuestos participativos del consistorio madrileño, en el que la ciudadanía pudo votar el número y el modelo de los nuevos asientos, pero con escaso éxito. Por el camino se alegaba que algunas asociaciones de vecinos se habían quejado de cómo este elemento del mobiliario público se convertía en vivienda improvisada de personas sin hogar.

Medios especializados analizan las reformas urbanísticas que eliminan este mobiliario para hacer de la calle un centro comercial al aire libre

Esto no hace si no añadir un elemento curioso al del uso del espacio público: el del urbanismo ‘poco confortable’, la arquitectura agresiva hacia los sin techo o que busca prevenir el vandalismo. En Valencia se instalaron los conocidos ‘bancos individuales’ –a efectos prácticos, sillas– que finalmente se retiraron en 2017 tras varios años de prueba: eran tan efectivos en su labor de expulsar posibles usuarios indeseados… que no los usaba nadie. Y un banco en el que nadie quiere sentarse es poco más que un accidente geográfico, un mobiliario urbano cuya única función es molestar.

Sin embargo, hay otra razón que define la forma en la que todavía se está entendiendo la ciudad: los bancos desaparecen para que sigamos comprando. Cuando las calles céntricas de muchas ciudades se reforman, eliminan los elementos que puedan desincentivar el paseo mediante los escaparates. Medios especializados como la revista Vilssa analizan reformas como la de Fuencarral en Madrid, que potencian el uso comercial y hacen de la vía pública una especie de pasillo de un centro comercial al aire libre. El banco es competencia para las terrazas de los bares.

En Sevilla, José Elías Bonells, Jardinero Mayor de la capital andaluza y buen conocedor de cómo el urbanismo construye relaciones entre las personas que forman parte de él, ha defendido desde su blog el banco como un elemento vertebrador, considerando que parte de sus funciones son «generar una conversación entre el vecindario que no se conoce, disfrutar una lectura bajo la sombra de un árbol en verano, reposar el cansancio propio o de las personas que acompañamos y cuidamos, acoger la hora de comer en medio de la faena, recibir encuentros entre amistades, escuchar y guardar nuestras conversaciones…». El urbanista considera los mejores lugares para poner bancos son aquellos «donde hay personas», aunque principalmente «lugares donde la gente pasea, junto a paradas de taxis o autobuses».

Convertir la calle en una extensión del propio hogar es uno de los grandes retos del urbanismo sostenible

En el otro extremo de los ejemplos anteriores queda Barcelona y sus experiencias con las superislas. Aquí, el gobierno local también ha optado por soluciones de reocupación de la vía pública. La famosa ciudad de los 15 minutos, en la que todo lo básico se encuentra a un cuarto de hora de desplazamiento a pie, entronca con los proyectos futuros de grandes ciudades más sostenibles y tiene otra pata en la recuperación de los viejos parques en los que se hace vida comunitaria y se apoya en los bancos como estrategia de hacerlos confortables.

Poder sentarse en la ciudad, convertir la calle en una extensión del propio hogar, es quizás uno de los mayores retos del urbanismo sostenible. Algo que, irónicamente, nos invita a volver a los viejos usos del pueblo, a hacer grande lo pequeño, de manera que la comunidad sea gestora de su propio espacio. En este debate en el que las necesidades comerciales o de mantenimiento de las urbes también se pondrán en juego, estará que volvamos a tener de vuelta ese viejo mobiliario que lo mismo servía de merendero que de portería de fútbol o centro de reuniones del vecindario.

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