Cambio Climático

El Atlántico se está parando, pero ¿qué pasa si colapsa?

La comunidad científica ha identificado una importante ralentización en numerosas corrientes océanicas, especialmente la atlántica. De alterarse los ritmos de estas autopistas marítimas, las múltiples funciones meteorológicas que desarrollan se verán afectadas hasta tal punto que la vida en Europa (y en el resto del mundo) cambiará radicalmente para siempre.

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05
Oct
2021
Atlántico

Cuando observamos el mar, lo poético embelesa nuestros sentidos. Colmamos de infinitud las grandes masas acuosas. Dotamos al oleaje de humanidad: agitado por el viento, se nos antoja bravo y, carente de él, apenas es capaz de lamer a quien se sumerge en sus aguas. Pero más allá de nuestra romántica mirada sobre el océano, lo cierto es que casi nunca llegamos a vislumbrar su faceta de gran autopista para las formas de vida que lo habitan, un complejo mapa de carriles formados por aguas de distinta temperatura y densidad.

Hablamos de las corrientes marinas, uno de los principales mecanismos naturales que sostienen el clima tal y como lo conocemos. Entre Europa y América, existe una que discurre por el océano Atlántico como un río: es la Corriente Meridional de Retorno del Atlántico (AMOC) y transporta ingentes cantidades de agua cálida desde los trópicos al norte por la superficie y agua más fría y densa hacia el norte por el fondo. En resumen, facilita la evaporación del agua y contribuye a ese efecto invernadero natural que genera el clima lluvioso y templado propio de esta zona del planeta.

El conocimiento que disponemos sobre la circulación termohalina –así es como se describe al conjunto de grandes corrientes de agua que recorren los océanos– es relativamente reciente. Así, si bien las corrientes marinas se conocen desde el mismo momento en que los seres humanos empezaron a navegar, la oceanografía moderna comenzó a estudiar este otro tipo de flujos hace alrededor de sesenta años. Poco a poco se fue descubriendo su clave principal: el impacto que genera en la meteorología global. Gracias a la AMOC, por ejemplo, en Gran Bretaña e Irlanda llueve en abundancia, mientras que en España existe un clima mucho más templado que en latitudes idénticas de la costa este de Estados Unidos. 

De seguir alterándose las corrientes, fenómenos como Filomena se harán mucho más comunes y extremos

Esto es lo que más preocupa a la comunidad científica hoy en día ya que, en los últimos años, se han ido observando cambios preocupantes en su ritmo. Los oceanógrafos advierten que la corriente atlántica está perdiendo consistencia y corre el riesgo de colapsar en apenas unas décadas. Concretamente, se ha ralentizado un 15% desde mediados del siglo pasado, cuando comenzaron a registrarse datos fiables. Un deterioro que resulta significativo si se compara con el llamado ‘Evento 8.2’ cuando, hace 8.200, esta corriente se vio alterada por una fusión de hielo del Ártico, provocando un brusco salto hacia un clima más frío, con las consecuencias que eso significa tanto para la vida vegetal como la animal. ¿Estamos, ahora, ante una acentuación más de la crisis ambiental?

De seguir atenúandose la AMOC, se agravarán los efectos climáticos que ya empezamos percibimos, haciendo que fenómenos meteorológicos extremos como la tormenta Filomena sean cada vez más frecuentes. La vida marina tampoco lo pasará bien, aunque se desconoce cómo afectará esto a los grandes caladeros de pesca, donde gran parte de las especies que consumimos asocian sus ritmos biológicos a la temperatura y a la salinidad del agua. Además, solo por esta transformación, el aumento del nivel del mar podría alcanzar hasta 50 centímetros más de lo previsto en los modelos climáticos estándares, mientras que los fenómenos monzónicos sufrirían importantes alteraciones en los trópicos. Por último, más allá de una disminución drástica de las precipitaciones en Europa (y, a largo plazo, la pérdida del clima templado), lo que provocaría la desaparición de la corriente antártica y su función de absorción de calor antropogénico –actualmente, acumula el 60% de la energía producida por la actividad humana– y hasta el 50% de dióxido de carbono vertido a la atmósfera. En conclusión: de producirse el colapso de ambas corrientes, la meteorología, la biosfera y el modo de vida de la Europa que conocemos desparecerían por completo.

Un futuro incierto

La pregunta ahora es: ¿contamos con medidas eficaces para paliar la alteración de la corriente atlántica?

Los expertos coinciden en que, con la tecnología actual, la principal forma de conservar esta y otras corrientes oceánicas pasa por disminuir el volumen de agua dulce que se vierte en los océanos, lo que equivale a frenar la fusión de los casquetes polares. Para ello, reducir la emisión de gases de efecto invernadero y la contaminación química de los mares resulta crucial. No obstante, lo más probable es que no sea posible revertir el proceso de alteración de esta clase de corrientes, por lo que debemos aspirar a ralentizar al máximo su proceso de deterioro para asegurar estados climáticos menos extremos y, al mismo tiempo, adaptar nuestro modo de vida (y también la economía) a las nuevas circunstancias que cada año se irán haciendo más habituales, sin olvidar las consecuencias que esto provocará sobre los hábitats marinos que representan el 70% de la vida en la Tierra. Preservar la naturaleza tal y como la conocemos es el único camino viable para conseguir que vivir no acabe tratándose de sobrevivir.

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