Siglo XXI

Mucho ruido, pero ¿cuántas nueces?

Ocho de cada diez jóvenes creen que el futuro del planeta es «aterrador», un miedo que, sumado a otras reivindicaciones, no deja de engrosar el número de activistas digitales en las nuevas generaciones. La cuestión es si la intangibilidad de las redes puede llegar a generar un cambio real en el día a día de las sociedades o si, de lo contrario, el mensaje cae en saco roto.

¿QUIERES COLABORAR CON ETHIC?

Si quieres apoyar el periodismo de calidad y comprometido puedes hacerte socio de Ethic y recibir en tu casa los 5 números en papel que editamos al año a partir de una cuota mínima de 30 euros, (IVA y gastos de envío a ESPAÑA incluidos).

COLABORA
28
Sep
2021

Con un folio doblado por la mitad, como si de una discreta receta médica se tratara, leía hace dos años la joven activista Greta Thunberg una de sus intervenciones más vehementes. Por aquel entonces no existía todavía la pandemia que hoy nos golpea, si bien el cambio climático seguía tan presente en el tablero internacional como lo ha estado en los últimos años. «Los jóvenes están comenzando a entender su traición», aseguraba la adolescente de 16 años frente a las autoridades convocadas por las Naciones Unidas en Nueva York. Aunque más mediático, el perfil de Thunberg encaja con el habitual del activismo juvenil reciente: rabia e ira por el estado de un mundo para el que sienten no haber contribuido, pero sí sufrido.

La activista sueca ha recibido más atención que muchos otros jóvenes comprometidos con distintas causas, pero no es la única atrapada en la efervescencia política que produce su juventud. A través de las nuevas tecnologías, no dejan de surgir nuevos activistas en el entorno digital que alzan su voz contra los problemas que les ocupan: el deterioro del medio ambiente, las violaciones de derechos humanos o la opresión política de un gobierno autoritario. A pesar del aparente compromiso, no obstante, una larga sombra se estira sobre el activismo digital: ¿es efectivo o, en realidad, se constriñe a los límites del medio en el que se produce?

Tras la incursión de la congresista demócrata Alexandria Ocasio-Cortez en Twitch, nadie parece sospechar del potencial impacto que puede alcanzar la plataforma audiovisual en un segmento de la población al que hoy es difícilmente seducible por la política. Sin embargo, este aparente rechazo no responde tanto a cuestiones políticas o la pura apatía como al lenguaje: aquel que, en este caso, permite adaptar en forma y contenido las reivindicaciones. 

El mensaje reivindicador en las redes siempre es quirúrgico y preciso, golpeando al espectador en cuestión de segundos

Un ejemplo evidente es el que ocupa TikTok, esa red social conocida principalmente por el uso de pequeños vídeos –en ocasiones, fragmentos de no más de 10 segundos– que triunfan con el protagonismo de la trivialidad: personas bailando, playbacks y situaciones de una comicidad completamente generacional. Sin embargo, en la app también surgen vídeos cortos que fomentan la divulgación y la lucha política en determinados ámbitos.

Es el caso de EcoTok, un canal dedicado a la divulgación medioambiental que cuenta con más de 100.000 seguidores y casi dos millones de likes, lo que le convierte en una poderosa herramienta reivindicativa para los más jóvenes. No incluye grandes reflexiones políticas ni análisis sesudos, pero precisamente por ello, su mensaje se vuelve quirúrgico y preciso, golpeando al espectador en cuestión de segundos. Su éxito, en realidad, no resulta sorpresivo: ocho de cada diez jóvenes en el mundo –según los estudios realizados por tres universidades inglesas– piensa que el futuro del planeta es aterrador.

Más allá del cambio climático, el activismo se diversifica en TikTok según las necesidades presentes en cada rincón del planeta. En Estados Unidos, por ejemplo, abundan los vídeos relacionados con el movimiento Black Lives Matter, mientras en lugares como Indonesia lo hacen aquellos que denuncian las reformas laborales emprendidas por el Gobierno. En otras palabras, aunque la comunicación sea de alcance global, los mensajes se adaptan a las inquietudes políticas del público doméstico.

Aunque parece difícil establecer un nexo estrecho, la participación joven en las últimas elecciones norteamericanas destierra el mito acerca de la indiferencia política mostrada por parte de la generación Z. Tal y como señaló tras los comicios de noviembre Simon Rosenberg, presidente del New Policy Institute, el porcentaje de votantes entre los 18 y los 29 años –alrededor de un 55%– «es uno de los más altos registrados en la era de la política moderna». Casi siete de cada diez miembros de dicha generación, además, se decantaron por la candidatura encabezada por Joe Biden, algo que no parece casual: era el aspirante con una mayor cercanía al problema causado por las divisiones raciales y los impactos climáticos; es decir, el que más respuestas podía ofrecer a las inquietudes juveniles.

En 2018, se convocó una protesta masiva contra las armas de fuego en Estados Unidos a través de la ‘app’ Snapchat

No obstante, esto parece formar parte del cauce natural en que se desarrollan las redes sociales. Así lo apuntan al menos varios autores, ya que «todas las redes sociales maduran y, en algún punto de ese trayecto, se convierten en herramientas de ciberactivismo». Algo que, de hecho, ya ocurrió con otras redes sociales como Snapchat, en la que en 2018 tuvo lugar una masiva convocatoria interestatal de protesta contra la violencia provocada por las armas de fuego en Estados Unidos.

España encuentra también los ecos de algunos de sus problemas en el ciberactivismo. Un caso evidente lo demuestra el perfil creado por Thimbo Samb, que actualmente cuenta con casi 700.000 seguidores y ocho millones y medio de likes: en sus vídeos se palpa el desprecio diario al que se enfrentan algunas personas en relación a su color de piel. «No eres español», le espeta un usuario en un comentario; Samb, entonces, le expone y responde de forma pública y contundente a un agravio que, hoy, es más habitual de lo que uno puede llegar a pensar. Algo similar ocurre con Jiaxin Lin, en cuyo perfil se parodian cada uno de los estereotipos a los que hoy se pueden enfrentar las personas asiáticas.

Así, el activismo juvenil (mayoritariamente digital) se convierte en el único espacio donde la narrativa no se encuentra social o políticamente controlada; ofrece, así, un altavoz para desarrollar –y defender– infinitas reivindicaciones. Su presencia –y potencial impacto posterior– demuestra algo que no se puede dividir nuestra vida cotidiana en dos burbujas separadas, sino que lo intangible de lo digital puede fundirse en la realidad como el resto de nuestra pequeña existencia. Y los jóvenes lo están consiguiendo.

ARTÍCULOS RELACIONADOS

El hombre y la máquina

Laura Zamarriego

Ethic y Telefónica reúnen a un grupo de expertos para reflexionar sobre los desafíos éticos que presenta la era digital.

COMENTARIOS

SUSCRÍBETE A NUESTRA NEWSLETTER

Suscríbete a nuestro boletín semanal y recibe en tu email nuestras novedades, noticias y entrevistas

SUSCRIBIRME

Aviso de cookies

Utilizamos cookies propias y de terceros para mejorar nuestros servicios y mostrar a los usuarios publicidad relacionada con sus preferencias mediante el análisis de sus hábitos de navegación. Si se continúa navegando, consideramos que se acepta su uso. Es posible obtener más información aquí.