Educación

La formación profesional quiere volar

La FP está experimentando un cambio de rumbo propiciado por la explosión digital: en 2020, las ofertas de trabajo que requerían un grado en esta modalidad educativa superaron por primera vez a las que exigían un título universitario. Entre las nuevas competencias destacan la fabricación inteligente, el ‘big data’ y la inteligencia artificial.

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02
Jun
2021

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Es un discurso que lleva varios años escuchándose: la Formación Profesional española proporciona una preparación tan buena –o mejor– como los estudios universitarios. Una formación práctica, flexible y con buenos ratios de inserción laboral. En definitiva, una opción académica excelente… siempre que la lleve a cabo el resto. El reconocimiento de esta modalidad educativa siempre viene acompañado de esa idea que muchos ven hipócrita, una tónica general a la hora de hablar de este tipo de formación que sigue considerándose, en gran medida, como un premio de consolación para aquellos estudiantes que no ‘dan el nivel’ para ingresar en la reverenciada universidad. En España, según el Ministerio de Educación, únicamente un 12% de los jóvenes se matriculan en Formación Profesional, frente al 25% que acredita como media la OCDE, o el 29% de la Unión Europea.

Detrás de esta aparente falta de caché se esconden multitud de prejuicios. Recientemente, la organización Campus FP recogía algunos de ellos en un documento llamado Nueve falsos mitos (y sus realidades) de la FP, una serie de falsas creencias que llevan a concebir la Formación Profesional como una solo apta para oficios de baja cualificación, con peores salarios, escaso margen de proyección laboral, y poco valorada por las empresas. «La FP es una gran desconocida del sistema educativo español. No solo entre los estudiantes, sino también entre sus padres, que siguen pensando en ella como un ‘plan B’ o una alternativa de segundo nivel», recalcaba el director de la entidad, Javier Calvo, en el documento.

La Formación Profesional ya incluye titulaciones en ‘big data’, inteligencia artificial, digitalización industrial o robótica

Los vientos más recientes, sin embargo, podrían estar empezando a soplar a favor de la FP y de aquellos estudiantes que deciden seguir un camino alternativo al de las aulas universitarias. Los datos lo corroboran: en 2020, las ofertas de trabajo que requerían un grado de FP superaron por primera vez, en cuatro puntos porcentuales, a las que exigían un título universitario como requisito (un 42% frente a un 38,5%, según datos de Adecco). Aún así, la oferta no es suficiente para cubrir las plazas demandadas: hasta 30.000 jóvenes se quedaron ese curso sin plaza en un sistema que forma a 860.000 alumnos, 23.000 más que en el curso 2018-2019.

Este cambio de rumbo viene propiciado por la explosión tecnológica que ha llevado a crear el nuevo plan para la Formación Profesional presentado en 2020 por el Ministerio de Educación, una estrategia para lanzar un sistema único que acredite las competencias de los trabajadores en España y sirva de chaleco salvavidas para todas aquellas personas que vieron desaparecer sus puestos de trabajo en la pandemia. En un contexto en el que la ‘industria 4.0’ tiene especial calado, el ministerio sitúa a la digitalización como la principal protagonista en los currículos, instaurando nuevas titulaciones relacionadas con fabricación inteligente, digitalización de mantenimiento industrial, big data, inteligencia artificial, ciberseguridad, robótica o videojuegos. Disciplinas, además, con fast pass hacia el empleo.

El nuevo plan del Gobierno podría revestir a esta modalidad de mayor estatus entre sus potenciales compradores (alumnos) y prescriptores (sus padres)

Dotado de un presupuesto de 1.500 millones de euros, el plan ve en la colaboración público-privada uno de sus grandes ejes de actuación. Ciclos formativos más cortos, modulares, experienciales e íntimamente conectados con el mundo empresarial, tanto en su diseño académico como en su impartición –la mayoría de los profesores compagina su actividad docente con la profesional en el ámbito de especialidad que enseña– son los factores que certifican ese mejor encaje de la Formación Profesional con la realidad del empleo. Pocas semejanzas existen con los planes de estudios universitarios, de mayor duración, en los que las materias programadas corren el riesgo de quedar obsoletas mucho antes de llegar a impartirse en el aula.

Así, este plan podría revestir a esta modalidad formativa de un mayor estatus entre sus potenciales compradores (los alumnos) y prescriptores (sus padres), puesto que no solo busca mejorar el currículo de estos jóvenes, sino equipar a la FP con nuevas herramientas que la equiparen con otros canales de desarrollo y acceso al empleo de calidad a través de la creación de hubs tecnológicos, clústeres de innovación, proyectos para pymes y micropymes o centros de excelencia.

En definitiva, esta es una respuesta a las exigencias que marca el guion del sistema de empleo: en los entornos laborales actuales, los cambios suceden a tal velocidad que las necesidades de incorporación de talento se mueven en unos márgenes muy reducidos en cuanto a sus exigencias de actualización profesional. Se precisa a personas formadas en ‘lo penúltimo’ para trabajar en ‘lo último’ y con la capacidad de adaptabilidad y aprendizaje suficientes para saltar a ‘lo próximo’ en un plazo de tiempo que oscila entre ‘inminente’ y ‘ya’. Ese nivel de inmediatez difícilmente llega desde la universidad, de donde los estudiantes suelen salir bien preparados pero con muy escasas horas de vuelo en el mundo laboral para iniciarse en las dinámicas de trabajo. Por esta razón, los empleadores empiezan a ampliar sus miras a la hora de buscar nuevos caladeros en los que reclutar a su talento.

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