Cultura

Franco Battiato: Sentimientos siempre nuevos

Las canciones del compositor siciliano, fallecido este 18 de mayo, siempre propiciaron una reflexión profunda sobre nuestra existencia, invitándonos durante décadas a elevar la cuantía de nuestras apuestas vitales, a dirigir la mirada un poco más alto. Su obra, altamente intelectual, se recordará por su impresionante calado popular en la España de los años 80.

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18
May
2021

Recibimos la noticia del fallecimiento de Franco Battiato como una sacudida que atiza nuestra latente melancolía. No por imprevista, ya que el músico siciliano tenía 76 años y vivió en retiro por cuestiones de salud durante el último bienio. Lo que nos altera es la reiterada constatación de nuestra finitud, ese continuo de horizontes perdidos que no regresan jamás, el inexorable adiós de ciertos amigos que nadie nos presentó. Toca asirse, con más fuerza incluso, a un legado que se despliega a lo largo de seis décadas, avanzando por territorios creativos de muy diversa orografía. Porque la extensa obra de Battiato escapa a taxonomías, cercados y reduccionismos. E invita a buscar en nuestro interior, a elevar la cuantía de nuestras apuestas vitales, a dirigir la mirada un poco más alto cada vez.

Protagonista de un viaje musical impar que arrancó a mediados de los 60 en clave de canción ligera y sentimental, Battiato se aventuró durante los 70 por sendas de vanguardia, minimalismo, experimentación electrónica y rock poco convencional. Era consciente de que estos códigos estéticos podían interferir en su camino hacia el gran público, quizá por eso fue asumiendo de forma paulatina los estilemas de la nueva ola. Álbumes como Patriots (1980), La Voce del Padrone (1981) o L’Arca Di Noè (1982) lo convirtieron en el artista más exitoso de aquella Italia todavía herida por los Años de Plomo, por la impía desigualdad Norte-Sur y por el interminable sangrado de una corrupción sistémica. Su pobre patria, a la que representó en el festival de Eurovisión de 1984 con I Treni di Tozeur, quedando en quinta posición.

Algunas de las canciones de Franco Battiato –muchas, en realidad– han quedado fijadas en nuestra memoria gracias a las certeras adaptaciones al castellano que precipitaron en discos inolvidables como Ecos de danzas sufí (1985) y Nómadas (1986). Todavía impresiona comprobar el calado popular de unas composiciones de alta graduación intelectual que empaparon nuestro inconsciente colectivo y siguen apelándonos con la misma fuerza poética de las primeras veces. Canciones que propician una reflexión profunda y sincera sobre nuestra existencia y nuestras metas. Canciones de indescifrable alquimia, capaces de aislar las partículas elementales de cualquier emoción. Canciones en las que caben mundos enteros. Canciones para el baile y para la clausura, para la nostalgia y para el optimismo.

Comprometido en exclusiva con su obra, Battiato prefirió adecuarla a ese acerado instinto artístico que lo caracterizaba antes que dejarse llevar por las demandas del mercado. Durante el presente siglo, escribió piezas de música clásica contemporánea, se aproximó a la ópera y colaboró con jóvenes disconformes como Uzeda, Pinaxa o Ahnoni. También recuperó el contacto con España y grabó en castellano el excelso Apriti Sesamo (2012), recurriendo a la asesoría de J –cantante y compositor de Los Planetas– y de Manu Ferrón –de Grupo de Expertos Solynieve– para adaptar las letras. Acababa de cesar como asesor cultural de gobierno regional siciliano –aceptó el cargo pero rehusó el sueldo– tras un polémico discurso en el Parlamento Europeo en el que equiparó el hemiciclo con una casa de citas. En aquel disco –quizá emulando a los monjes tibetanos que voltean la taza antes de irse a dormir por si aquella fuera la última noche– ya incluía su testamento: «Lego al amigo los años felices / de las más audaces reflexiones / la libertad recíproca / de no tener ataduras».

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