Sociedad

Nunca tendremos más tiempo

Los economistas del comportamiento aseguran que somos demasiado optimistas a la hora de calcular los minutos que vamos a necesitar para llevar a cabo una labor. Pensar que en el futuro tendremos más tiempo que en el presente es un sesgo cognitivo que nos lleva a responsabilizarnos de cientos de tareas que se quedarán sin tachar de la agenda.

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28
Abr
2021

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Me he reservado en mi agenda 45 minutos para escribir este post. De hecho, a la hora de planificar mi día, he estado bastante convencido de que este texto no debería llevarme más de media hora. En mi mente me imagino tecleando a la velocidad de la luz un texto que fluye sin esfuerzo desde mi fecunda imaginación hasta el documento de Word, que avanza desbocado hasta las 600 palabras que me han pedido. Aunque, muy en el fondo de mi ser, sé que esa feliz expectativa no se cumplirá. Que llamará el repartidor de Amazon, que se cruzará un e-mail al que urge responder, que me tomaré un café o, más probablemente, que me atascaré y no se me ocurrirá cómo continuar. El caso es que, al final, por unas cosas o por otras, los 45 minutos se convertirán en una hora, en hora y media, en dos o puede que en todo este largo día.

Este fatal error de cálculo no es un fenómeno tan raro como pudiera pensarse. De hecho, es bastante habitual. Los economistas del comportamiento lo llaman la «falacia de la planificación». Y es que, invariablemente, las cosas nos toman más tiempo de lo que inicialmente pensamos pero, a la hora de planificar, en nuestra cabeza todo discurre como la seda y somos incapaces de ver las mil circunstancias que pueden hacer que ese plan ideal se tuerza.

La falacia de la planificación es un mal generalizado para el que no se conoce un remedio efectivo. Ya seas un profesional con muchos años de experiencia, un directivo de una gran multinacional o un gobernante político (estos últimos especialmente proclives a sufrirlo), tendemos a un excesivo optimismo cuando se trata del manejo del propio calendario. Hacemos más promesas (a los demás y a nosotros mismos) de las que luego somos capaces de cumplir.

Harford invita a analizar la experiencia: si una tarea nos llevó cierto tiempo en el pasado, ¿qué nos hace pensar que irá mejor esta vez?

El fenómeno lo explicaba recientemente el economista británico Tim Harford, ejemplificándolo con la vacuna de la covid-19. Las empresas farmacéuticas se comprometieron a poner en manos de los países cientos de miles de dosis a finales de 2020. Sin embargo, cuando llegó la fecha de entrega, apenas fueron capaces de reunir veinte o treinta mil. ¿Tomadura de pelo o error mayúsculo de planificación?  La Unión Europea tiene sus propias ideas al respecto.

Lo mismo podría decirse de las previsiones del Gobierno con respecto a los ritmos de vacunación. En cada comparecencia pública, el presidente Pedro Sánchez se enmienda a sí mismo, desplazando unos meses más lejos los mismos porcentajes de personas inmunizadas que en intervenciones anteriores había estimado inminentes. Al fin y al cabo, las previsiones son entes abstractos que habitan en el futuro, y nadie está allí para advertirnos de su inexactitud.

La falacia de la planificación hace que las agendas de media humanidad estén llenas de tareas que quedan sin tachar al final de la jornada. Un gasto de papel innecesario que, algún día, alguien se molestará en medir en términos de deforestación. Mientras tanto, ¿qué soluciones plantean los expertos? Harford apela al sentido común y, sobre todo, a hacer un análisis muy riguroso de la propia experiencia: si una tarea nos llevó un determinado tiempo en el pasado, ¿qué nos hace pensar que las cosas saldrán mejor esta vez? También recuerda que, cuanto más complejo es un proyecto (unos Juegos Olímpicos, la SuperLiga, una vacunación mundial…), más probabilidades existen de que algo salga mal y convierta nuestra planificación en papel mojado.

Pan comido… Si no fuera porque los expertos olvidan mencionar un detalle importante: no solo nosotros tendemos a hacer desaparecer los problemas de nuestra planificación, también lo hacen nuestros interlocutores. Y a ningún jefe, cliente o ciudadano/votante pendiente de ser vacunado le gusta oír hablar de posibles retrasos o imponderables. Lo que también tiene un efecto inflador en los compromisos que se adquieren.

En mi caso, prometí 600 palabras en 45 minutos. Allá van estas 717 en setenta largos.

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