Opinión

De cómo el capitalismo genera desigualdad

El Premio Nobel de Economía Muhammad Yunus constata las fracturas del capitalismo y vislumbra un nuevo sistema económico emergente en su libro ‘Un mundo de tres ceros’ (Paidós): pobreza cero, desempleo cero y cero emisiones netas de carbono.

Artículo

Muhammad Yunus

Premio Nobel de Economía

Ilustración

Carla Lucena
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18
Feb
2019
capitalismo

Muchos rasgos específicos del paisaje financiero y político de nuestros días han contribuido a la concentración de la riqueza. Pero lo cierto es que la concentración de la riqueza constituye, básicamente, un proceso incesante y prácticamente inevitable en el sistema económico actual. Contrariamente a la creencia popular, los más ricos no son necesariamente unos malvados manipuladores que han amañado el sistema mediante el soborno o la corrupción. En realidad, el sistema capitalista actual opera en su favor. La riqueza actúa como un imán; y el imán más grande atrae de forma natural a los más pequeños. Así es como está construido el sistema económico imperante en nuestro mundo. Y la mayoría de la gente otorga su apoyo tácito a este sistema. La gente envidia a las personas muy ricas, pero normalmente no las ataca.

En cambio, a los pobres, carentes de imán, les resulta difícil atraer algo hacia ellos. Las fuerzas unidireccionales de la concentración de riqueza continúan modificando el gráfico de la riqueza, convirtiéndolo en un muro que se eleva hacia el cielo en el porcentaje más alto de la escala de la riqueza, en tanto que las columnas que representan al resto de la población apenas se elevan sobre el suelo. Una estructura como esta resulta insostenible. Tanto social como políticamente es una bomba de relojería, que en su momento destruirá todo cuanto hemos creado a lo largo de los años. Sin embargo, se trata de una realidad aterradora que ha cobrado forma en nuestro entorno, mientras estábamos atareados con nuestras vidas cotidianas, ignorando las señales de advertencia.

«La visión neoclásica del capitalismo no ofrece solución alguna a los problemas actuales»

[…] Desde que apareció el capitalismo moderno hace unos doscientos cincuenta años, la concepción del libre mercado como un regulador natural de la riqueza se ha aceptado de forma generalizada. A muchos de nosotros nos han enseñado que una «mano invisible» garantiza la competencia en la economía, contribuyendo al equilibrio de los mercados y generando beneficios sociales que son compartidos automáticamente por todo el mundo. Supuestamente, los mercados libres dedicados en exclusiva a la búsqueda de beneficio mejoran la calidad de vida de todos los ciudadanos.

En un mundo en el que se dispara la desigualdad, cada vez son más los que se preguntan si la mano invisible genera beneficios para la sociedad en su conjunto. La respuesta parece evidente. En cierto modo, la mano invisible ha de preferir a los más ricos, pues, de lo contrario, ¿cómo podría continuar aumentando la enorme concentración actual de riqueza?

Muchos de nosotros fuimos educados en la creencia de que «el crecimiento económico es una marea creciente que levanta todos los barcos». Este dicho ignora la terrible situación de los millones de personas que se aferran a balsas con fugas o que no tienen barco alguno.
Es hora de admitir que la visión neoclásica del capitalismo no ofrece solución alguna a los problemas económicos a los que nos enfrentamos. Sin duda, ha producido avances tecnológicos asombrosos y acumulaciones colosales de riqueza, pero a costa de crear una desigualdad enorme y los terribles problemas humanos fomentados por esta. Por eso tenemos que abandonar nuestra fe incondicional en el poder de los mercados centrados en el beneficio personal para solucionar cualquier desajuste, y admitir que los problemas de desigualdad no se van a resolver mediante el funcionamiento natural de la economía tal y como está estructurada en la actualidad. Al contrario, los problemas se agudizarán a gran velocidad.

No se trata de un asunto que afecte únicamente a los «perdedores» en el juego de la competencia capitalista, que de hecho constituyen la inmensa mayoría de la población mundial. Ejerce asimismo su impacto en el entorno social y político, sea nacional o mundial, en el progreso económico y en la calidad de vida de todos nosotros, incluida la minoría adinerada. El crecimiento de la desigualdad ha traído como consecuencia la agitación social, la polarización política y las tensiones crecientes entre distintos grupos de la sociedad. […] Nuestro mundo ha quedado drásticamente dividido entre ricos y pobres, dos grupos que comparten bien poco excepto un sentimiento mutuo de desconfianza, de temor y de hostilidad.

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