Opinión

‘Nomadland’ y la realización personal

Abandonar la rueda productiva y rebelarse contra la optimización es la propuesta del recién estrenado largometraje que trata la historia de los nómadas posmodernos que recorren Estados Unidos en autocaravanas al margen de la sociedad consumista.

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20
Abr
2021
Fotograma de la película ‘Nomadland’

«Un hombre, si no ama la soledad, no amará la libertad; porque sólo cuando se está solo se es realmente libre». -A. Schopenhauer.

«En el régimen neoliberal –escribe Byung-Chul Han en La expulsión de lo distinto– ya no existe el otro como explotador que me fuerza a trabajar y me aliena de mí mismo. Más bien, yo me exploto a mí mismo voluntariamente creyendo que me estoy realizando. Esta es la pérfida lógica del neoliberalismo…Me lanzo eufórico a trabajar, hasta que al final me derrumbo. Me mato a realizarme. Me mato a optimizarme». Frente a este régimen autoimpuesto de subirnos cada mañana a una «rueda giratoria», al modo de hámsters que disfrutan del juego –lo que el filósofo de origen surcoreano llama de «autoalienación destructiva»– hay quienes se rebelan. ¿Pará qué matarse a trabajar? ¿Qué sentido tiene hacer girar esa rueda cada día hasta que no me queden fuerzas?

Es el nudo gordiano de la historia que se cuenta en la película Nomadland que, recién estrenada en nuestro país, acabo de ver en una sala de cine donde, a medida que transcurría el metraje, se fue imponiendo un silencio reflexivo que se podía cortar. La película, dirigida por la joven directora asiático-estadounidense Chloé Zhao, está basada en Nomadland: Surviving America in the Twenty-First Century, de la periodista y escritora Jessica Bruder, que escribió este libro-reportaje tras recorrer Estados Unidos en caravana y apreciar de primera mano cómo viven los nómadas posmodernos que recorren Estados Unidos en autocaravanas y furgonetas de segunda –o tercera– mano, viviendo de lo obtenido con trabajos temporales precarios en la recogida de la remolacha en Dakota del Norte o limpiando los retretes y otras zonas comunes de los campamentos en el National Forest de California. O bien trabajando para Amazon en la campaña de Navidad, sólo durante el tiempo imprescindible para conseguir unos dólares con los que tirar luego unos meses, al margen de la rueda giratoria, escuchando una historia al calor de una hoguera improvisada o dejando que los últimos rayos del sol poniente calienten su tez, sentados tranquilamente, y en paz, en el silencio del desierto.

La película, que tiene factura de documental y ganó el Oso de Oro en el último festival de Venecia, narra la historia de Linda May –interpretada magistralmente por Frances McDormand– una mujer que, tras la muerte de su esposo, abandona su pueblo minero, asolado por la crisis, para explorar una nueva vida al margen de la sociedad consumista, optando por la precariedad del nómada que gana libertad y no le duelen prendas por trabajar, cuando es necesario, en los duros y no bien pagados trabajos a los que antes me refería.

La película, cómo escribió muy acertadamente el crítico de cine Luis Martínez, «vuelve a colocarse en un espacio virgen donde el viaje no es exactamente una salida hacia lo desconocido sino una entrada a lo que Schopenhauer, otro vaquero consumado, denominó ‘Noúmeno’», tomando el término prestado de Kant, quién diferenció como ‘Noúmeno’ aquello que es objeto del conocimiento racional puro, en oposición al «fenómeno», objeto del conocimiento sensible.

Sentir, en estos tiempos de pandemia, tras meses de encierro y restricciones forzadas, cómo según transcurría en la pantalla esta historia sobre la voluntaria apuesta por un modo de vivir distinto imantaba a quienes, con mascarilla y distancia de seguridad, estábamos en la sala, explica que la película, por la veracidad y la filosofía que transmite, haya sido aclamada por crítica y público y tenga seis nominaciones a los Oscar.

«La película nos hace pensar en la importancia de la libertad, hoy en decaimiento por el propio sistema económico y político que nos encorseta»

Las reflexiones a las que nos invita Nomadland me hicieron recordar otra película de planteamiento similar y desenlace más radical Into the Wild (2007), traducida en nuestro país como Hacia rutas salvajes; dirigida por Sean Penn y protagonizada por Emile Hirsch, que también fue alabada con carácter general en aquel ya lejano año de su estreno. Cuenta la historia real del joven Christopher Johnson McCandless quien, tras graduarse en la universidad Emory, decidió –sin ni siquiera despedirse de sus padres y hermana– rechazar el típico modo de vida americano (hoy tan imitado en todo Occidente) en el que tenía tantas probabilidades de prosperar y, tras donar todos sus ahorros a Intemon Oxfam y cambiar su nombre por el de Alexander Supertramp, convertirse en un vagabundo que, incapaz de asentarse en ningún lugar, atraviesa Dakota del Sur, Oregón, Arizona, California, llegando hasta México, donde entra de forma clandestina viajando en canoa por los rápidos del río Colorado hasta el Golfo de California.

Alexander Supertrump

Durante esos casi dos años, Supertramp, que trabaja esporádicamente en tareas agrícolas, restaurantes o librerías ambulantes –o aprendiendo a tallar el cuero– deja una profunda huella en las personas con las que hace lazos, siempre evitando comprometer su propósito de viaje iniciático en solitario, pero creando vínculos más fuertes y verdaderos que aquellos que son costumbre en la sociedad de la que huía, siempre determinados por las prisas, el interés o la superficialidad.

Precisamente ese propósito le llevó como a una última estación, Alaska, donde sobrevivió en condiciones durísimas durante unos meses hasta que, finalmente, atrapado por la naturaleza salvaje, murió de inanición tras ingerir unas bayas venenosas y descubriendo, según escribió en su diario, que «no hay felicidad que no sea compartida».

En fin, dos películas que nos hacen pensar en cuál es nuestro propósito en la vida, en la importancia que damos al valor supremo de la libertad, hoy en decaimiento por el propio sistema económico y político que nos encorseta, en el que nos vemos inmersos y para el que se nos educa, y al que se enfrentara Supertramp como hiciera Thoreau, según narra en su libro biográfico Sobre el deber de la desobediencia civil.

El ejemplo de Thoreau, que no aceptó tampoco privarse de las experiencias más auténticas de libertad viviendo en solitario en los bosques a orillas del lago Walden, nos invita, al menos de cuando en cuando, a dejar de girar constantemente como hámsters en la rueda y vivir una experiencia en contacto con esa naturaleza que nos llama a participar de ella, con su magnanimidad, su belleza y su dureza, y a reflexionar en soledad sobre nuestra existencia y destino, intentando escapar de las ilusorias expectativas que nos ofrece el mercado y su nueva forma de alienación que, como explica Byung-Chul Han, «ya no se trata de una alienación en relación con el mundo o con el trabajo, sino de una autoalienación destructiva, de una alienación de sí mismo que se produce justamente en el curso de los procesos de autooptimización y autorrealización. En el momento en que el sujeto que se siente forzado a aportar rendimientos y se percibe a sí mismo como un objeto funcional que hay que optimizar».

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