Sociedad

«Solo queremos a los otros para que validen nuestra identidad»

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01
Mar
2021

José Carlos Ruiz, profesor en la Universidad de Córdoba, terminó sus estudios de filosofía becado en la Universidad Sorbona de París y se doctoró en Filosofía Contemporánea con una tesis sobre la hipermodernidad. Ha publicado ‘El arte de pensar’, ‘De Platón a Batman: manual para educar con sabiduría y valores’ y ‘El arte de pensar para niños’, entre otros, y colabora como asesor filosófico en la Cadena SER, donde conduce la sección semanal ‘Más Platón y menos WhatsApp’. Con la pandemia llega su último ensayo: ‘Filosofía frente al desánimo’, un libro nacido antes de los confinamientos que nos habla de una sociedad en constante exposición pública, diseñada para el desánimo, que exige ser productivo incluso en el tiempo libre.


¿Se ha convertido la felicidad en un producto de consumo? 

Hay tantas ideas de felicidad como personas. Creo que no es tan importante analizar cuál es la idea de felicidad como tal sino el modo en el que la hemos interiorizado. Al fin y al cabo, esa idea de felicidad es el resultado de un proceso. Ahí es donde debemos poner el foco. Gran parte de mi trabajo ha estado encaminado a fortalecer los elementos que nos ayuden a potenciar nuestro pensamiento crítico porque la toma de conciencia de ese proceso es primordial en la construcción de la identidad del sujeto.

Existen muchos factores que están provocando una mutación de la idea de felicidad. Uno de los más importantes es el cambio que experimentamos en la jerarquía ‘placer-deseo’. Hasta no hace mucho existía una pedagogía del placer que le daba sus propias señas de identidad porque se contextualizaba en un determinado momento, en un lugar, en unos rituales –los domingos de campo, las comidas familiares, fiestas del pueblo, tardes de piscina…–. Era algo propio que se circunscribía a nuestro entorno, un peso de la tradición. El placer que nos orientaba no precisaba de rendimiento, sino de deleite, ya fuese un placer sensorial, sexual o intelectual. El deseo solía subordinarse a los placeres y se activaba en su búsqueda. En este proceso, la repetición se percibía como un aliado.

El problema llega cuando el sistema se percata de que el placer es subjetivo e incontrolable, y que la repetición del mismo apenas es productiva. De repente, se invierte la jerarquía y se potencia al deseo por encima del placer. De cara a eliminar el estigma negativo del deseo, éste se presenta como como un hecho antropológico sinónimo de progreso que implica una voluntad de avanzar, de iniciativa, de emprendimiento. Y, por otro lado, el placer se califica desde el ángulo de lo pasivo. De este modo, el sistema, por medio de la seducción y con la ayuda del algoritmo, tiene más fácil persuadir a un sujeto que focaliza el entusiasmo y la motivación en el deseo, postergando el placer a un segundo plano. Es más sencillo y rentable marcar los focos de deseo que controlar la subjetividad del placer. Y una de las consecuencias de este proceso es que la repetición se percibe como un estigma que oprime el devenir.

«Las redes sociales no nos llevan a ningún sitio porque su misión es mantenernos clavados a la pantalla»

¿Por qué ‘Filosofía ante el desánimo’?

El desánimo es un elemento consustancial a nosotros desde el momento en el que se desconfigura nuestra disposición del mundo y no encontramos motivos ni energía para volver a conformarlo. Lo que me interesa analizar es cómo actúan los elementos que componen nuestro mundo y cuál es nuestra respuesta, en muchos casos inconsciente, ante los cambios que estamos experimentado. Busco advertir sobre cómo el desánimo se filtra por las costuras de la identidad sin darnos cuenta.

Las exigencias a las que nos adherimos son cada vez más altas porque las enfocamos desde el rendimiento. Nos presionamos para extraer lo mejor de nosotros en el trabajo, en la maternidad o la paternidad, en nuestro tiempo libre, al que tratamos de sacar el máximo provecho -incluso profesionalizando el ocio-. Si reducimos la vida al paradigma del perfeccionamiento terminamos eliminando las barreras que separan los espacios del placer de aquellos de exigencia, y cuando esto ocurre, el desánimo encuentra un terreno abonado donde crecer.

Consumimos desaforadamente experiencias y emociones para vomitarlas ipso facto en redes sociales sin dar tiempo al organismo a extraer los nutrientes necesarios. En todo este proceso, la filosofía nos puede proporcionar claves interpretativas con las que activar el pensamiento crítico de cara a comprender mejor los mecanismos del desánimo.

Recuperas a los filósofos que han invitado a apropiarse de la identidad para decir que, en nuestra lectura actual, se convierte en presión.

Es que apropiarse de la propia identidad implica limitarse, encerrarse. Heidegger decía que la libertad pasa por apropiarse de uno mismo, pero yo prefiero la perspectiva de Lévinas, que pensaba que la verdadera libertad es escaparse de uno mismo. Hay que forjar el carácter desde el plano la consciencia. De lo contrario, corremos el riesgo de desfallecer en el intento de encajar nuestra personalidad en modelos de identidades estandarizados que se alejan mucho de nuestras circunstancias reales.

Al sistema le interesa que olvidemos nuestras señas de identidad para impulsarnos hacia esas identidades rentables proactivas y extrovertidas que se publicitan como modelo de éxito. Usa estrategias de seducción que apenas percibimos como, por ejemplo, la subordinación de la moda a las tendencias. La moda siempre ha tenido unos objetivos definidos, se dirigía a un sector concreto de la población, y el resto de personas que no se sentían aludidas pero, con la llegada de las tendencias, el sistema ha logrado unificar a todos los consumidores en uno solo.

No importa la edad, el sexo, la clase social… importa estar dentro del foco de atención de la tendencia. Así, mi padre de 75 años calza las mismas deportivas y usa el mismo smartwatch que mi amigo, 30 años más joven, o mi vecino, ejecutivo de 52 años, que va a trabajar con el mismo patinete que mi sobrino. Ya nadie se siente fuera de lugar porque la tendencia logra que dejemos a un lado las señas de identidad reales. Es el triunfo de la sociedad de consumo que, poco a poco, nos uniforma al tiempo que nos obliga a mostrarnos distintos, una presión que no es sino otra forma más de violencia en forma de la condena moral de la impersonalidad.

«Como no parece suficiente con conocerse a uno mismo, se hace necesario manifestarlo a través de logros, opiniones o fotografías»

¿Las redes sociales nos llevan al desánimo?

Las redes sociales no nos llevan a ningún sitio porque su misión es mantenernos clavados en pantalla el mayor tiempo posible. El desánimo aparece cuando nos acercamos a ellas sin criterio y dejamos que se filtren elementos dañinos del mundo digital hacia nuestra identidad real. Mientras los planos de lo virtual y lo real se mantengan separados y tengamos presente que los avatares con los que interaccionamos son meras idealizaciones, las probabilidades de desánimo disminuirán.

Pero teníamos suficiente con las dificultades que entraña construir una personalidad sólida en el mundo real como para echarnos encima el sobrepeso de la identidad digital, que nos obliga a duplicar tiempo y esfuerzos hasta el agotamiento: desde que nos levantamos nos acompaña nuestro alter ego digital que se encarga de abstraernos de lo real, interpelándonos para hacernos la foto pertinente, grabar el video adecuado, publicar un post brillante… Cargamos con el peso de una identidad duplicada.

Los problemas crecen cuando la virtualidad de las redes sociales empieza a colonizar la vida real al mismo tiempo que intentamos acercarnos a esa virtualización que ideamos. No podemos competir contra la idealización de lo digital, de ahí la importancia de poner el valor la belleza de lo real.

¿Necesitamos educarnos a nosotros mismos o, por el contrario, reformar la sociedad actual?

Cada estoy más convenido de que el espectro de problemas que puede sufrir un individuo es directamente proporcional a su desconexión con la vivencia de lo social. Si no activamos el pensamiento crítico podemos caer en la tentación de pensar que nos pasamos el día socializando con otros, que las pantallas, los mensajes de voz o las redes sociales son sustitutivos dignos de lo real. Pero no es así. Para construir una personalidad sólida se precisa la vivencia, el directo, y, si mediatizamos las relaciones por medio de tecnología, perdemos la posibilidad de edificarlo, limitándonos a la conexión y debilitando la relación.

Es un asunto que afecta a lo individual y a lo social y, para que ambos lo solucionen, debemos recuperar elementos como el rito. El filósofo Byung-Chul Han ya advirtió de la desaparición de los rituales, a los que estamos sustituyendo por ceremonias donde la preocupación del sujeto pasa por atender su papel en las mismas, perdiendo cualquier nexo de unión con sus convivientes en busca de la notoriedad pública.

Por el contrario, los ritos implican la existencia de una comunidad, de una transmisión y de un legado. Son señas de identidad colectivas que enraízan y facilitan la activación del pensamiento crítico desde la intimidad y la privacidad. El contraste y la singularidad de esos rituales son nutrientes.

«Vivimos en una sociedad que se mueve bajo la sobreestimulación y emplea las mejores estrategias de seducción de la tecnología»

Afirmas que el desánimo llega hasta las relaciones sociales y el ocio. ¿Hemos perdido la capacidad de entender al otro?

Estamos perdiendo el interés por el otro. Lévinas ya lo advertía: la mayor violencia contemporánea pasa por el olvido del otro. Puestos a ser maniqueos, podemos afirmar que el otro solo nos interesa como elemento que confirme nuestra identidad.

Vivimos en lo que el filósofo Lipovetsky ha denominado descrito como ‘reino de la personalidad’, donde sentimos un deseo irreprimible de hacer alarde de nuestro ‘yo verdadero’. Y como no parece suficiente con conocerse a uno mismo, se hace necesario manifestarlo a través de logros, publicando sentimientos, dando nuestras opiniones o subiendo nuestras fotografías. Sennett ya apuntó hacia el declive del hombre público como consecuencia. Si nos sometemos a esta tiranía de la personalidad, la mirada hacia el otro se desvanece y el único esfuerzo que realizamos para comprenderlo pasa por subordinarlo a nuestros intereses, activando solo nuestra capacidad de entenderle con el propósito de quedarnos con su atención.

¿Qué es la ‘idealización del yo’ y cómo la puede combatir la filosofía?

Se puede extender al intento contemporáneo de encajar la personalidad dentro de una identidad exitosa. Para combatirlo hace falta reconocer la riqueza de lo real frente a la seducción de lo virtual. No es fácil: vivimos en una sociedad que se mueve bajo el paradigma de sobreestimulación y emplea las mejores estrategias de seducción apoyadas en la tecnología.

Los algoritmos se han apoderado un elemento crucial en la edificación de nuestra identidad: la atención. Si perdemos el control de nuestra atención, nuestra identidad se irá realizando desde el plano virtual y, cuando salgamos de la esfera digital y nos miremos al espejo, es probable que el desánimo haga acto de presencia porque ese ‘yo’ ideal que navegaba por la red se haya hibridado con nuestro ‘yo’ real. En última instancia, la desidia en torno a los mecanismos de control de nuestra propia atención trae como consecuencia la entrega dócil al diseño exterior de la vida y, por extensión, del mundo.

Una de las consecuencias de este síndrome de Estocolmo atencional es la construcción de una vida sin biografía. Todas las exigencias de las que hemos hablado, toda esa presión por abarcar la máxima realidad posible, por experimentar con intensidad todo, unido a la turbo temporalidad que impregna la cotidianeidad, nos mantiene hiperactivos, sin tiempo para edificar el relato de nuestra vida. La filosofía conlleva una amistad con el saber. Y ese saber se comprende mejor cuando implica unos hechos que componen una historia, cuando se edifica una biografía por medio del relato comunitario.

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