Opinión

Los peligros de destapar la corrupción

Raphael Minder, corresponsal de The New York Times en nuestro país, ha sido la persona encargada de contar al mundo lo que ha sucedido en la última década, una de las más convulsas de la historia reciente. En ‘¿Esto es España?’ (Península), el periodista resume desde un punto de vista objetivo y crítico los avatares políticos y sociales que han marcado los últimos diez años.

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Carla Lucena
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08
Feb
2021
corrupción en españa

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Carla Lucena

Trabajar de corresponsal implica avanzar a tientas y cometer errores a partes iguales. Lo importante es reconocer un error pronto, antes de haber malgastado mucho tiempo recabando información y, por supuesto, antes de que se convierta en una desinformación al publicarse. Todo periodista se enfrenta a este reto. A ello se suma otra dificultad para el corresponsal, pues, en cuanto extranjero, puede tardar más tiempo en verificar la fiabilidad de una fuente o la relevancia de una cuestión.

De vez en cuando me encuentro con alguna traba mayor nada más empezar a recabar información para un artículo, una traba que, por supuesto, intento superar. Pero, en ocasiones, parece preferible abandonar el proyecto de escribir ese artículo, tragarte el chasco y el bochorno de contarle a tu jefe tu fracaso y pasar al siguiente artículo. Lo mismo que otros países donde he sido corresponsal, España me ha brindado ejemplos de que me equivocaba al cubrir una noticia o no acertaba a seguir la pista buena.

Los reportajes me han ido saliendo al camino con relativa facilidad y rapidez en parte porque, como he mencionado al inicio de este libro, llegué a España en la época de la crisis financiera. Sin embargo, también enseguida comprendí que tendría que sudar tinta para verificar la avalancha de informaciones que entrañaban la pérdida o falta de dinero, en especial en lo referido a empresas de los sectores inmobiliario y bancario.

Tuve la suerte de llegar a España con varios años de experiencia como periodista financiero, durante los que cubrí algunos destacados escándalos empresariales, como la bancarrota de Parmalat en Italia en 2003 o aquella sobrevaloración de Shell de sus reservas de crudo que le acarreó una multa histórica en 2004. Asimismo, estudié un semestre de contabilidad en la Columbia Business School de Nueva York. Pero eso no me proporciona ni la habilidad ni la confianza en mí mismo para auditar los libros de contabilidad de una compañía española con problemas.

Mientras España naufragaba en un mar de problemas financieros, comencé a recibir cada vez más llamadas y correos electrónicos de personas que querían que siguiera determinadas noticias sobre escándalos económicos que solían comportar fraudes de los que, según afirmaban ellas, los directivos hacían caso omiso o trataban de encubrir. (Con el tiempo, la crisis llegó a su fin, pero las llamadas continuaron incluso después de que España emergiera de la recesión en 2013).

«A pesar de las buenas palabras, a algunas personas que han sacado a la luz las corruptelas en España se las ha dejado en el paro»

Por lo general, he intentado declinar educadamente semejantes propuestas para escribir un artículo, animando a mis informantes a que, en lugar de a mí, se las hicieran a la prensa española. Les explicaba que lo que podría parecer una gran noticia en Madrid o en Valencia no tenía por qué atraer la atención de un lector en Nueva York, y mucho menos la de cualquiera de mis jefes, que deciden si el periódico publicará dicho artículo o no. Al fin y al cabo, si yo mismo no estoy del todo convencido de un artículo, ¿cómo puedo esperar convencer a un jefe de sección que ya tiene una montaña de propuestas llegadas de todos los rincones de Europa? (Siempre me he admirado de quienes trabajan en los departamentos de ventas de empresas y se las ingenian para vender productos que ellos nunca querrían poseer).

Pero, al mismo tiempo, con frecuencia han llegado a mis oídos afirmaciones de lo difícil que es tirar de la manta en asuntos de corruptelas y malas prácticas en España. Varias personas me han explicado que querían contarme un problema después de que en sus oficinas hicieran oídos sordos a su caso. No todo el mundo sabe expresar bien sus preocupaciones. He recibido correos electrónicos que, no sé si bien o mal, he descartado sin pensármelo dos veces porque el tono con el que estaban escritos se me antojaba tan vehemente, vengativo o personal que no veía justificación en prestarles demasiada atención. Recelo especialmente de aquellos correos que contienen palabras escritas en rojo, negrita o mayúsculas, que están llenos de signos de exclamación o que evocan tal grado de desesperación que parecen exagerados: «Tienes que escribir sobre esto URGENTEMENTE».

También me dan la alarma correos que contienen errores palmarios en los datos o graves faltas de ortografía. Si el denunciante no se ha tomado la molestia de explicar bien un problema o si ni siquiera está al corriente de que ya no trabajo para The Financial Times, ¿cómo puede esa persona esperar que un corresponsal le dedique tiempo y energía a lo que suele ser un asunto meramente local?

Pese a todo, hay un buen motivo para no desoír todas esas quejas, aunque estén mal redactadas, y es que con el tiempo me he dado cuenta de lo dura y solitaria que puede ser la vida del denunciante.
En efecto, a pesar de las buenas palabras de los políticos sobre la lucha contra la corrupción, a algunas personas que, de manera activa, han sacado a la luz las corruptelas en España, se les ha hecho el vacío, se las ha enjuiciado y se las ha dejado en el paro.


Este es un fragmento de ‘¿Esto es España? Una década de corresponsalía’ (Península), de Raphael Minder.

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