Sociedad

«La actualidad ya no se mide en días, sino en minutos»

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Andrew Testa / NYT
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03
Dic
2020
Raphael Minder

Fotografía

Andrew Testa / NYT

«Enseguida tuve la impresión de que algunos dirigentes españoles rayaban en el delirio al creer que, de algún modo, podrían prolongar aquella década española de esplendor económico, aun cuando ya asomaran los nubarrones de la crisis financiera». Eso lo escribe Raphael Minder (Ginebra, 1971) en su último libro ‘¿Esto es España? Una década de corresponsalía’ (Península). En sus páginas, cuenta cómo fue su aterrizaje en Madrid en abril de 2010, cuando empezaba a dibujarse una década clave para la historia reciente de nuestro país. Como corresponsal del New York Times, Minder ha sido un espectador privilegiado y un narrador de excepción de momentos como el 15-M, el fin del bipartidismo, el independentismo catalán o la exhumación de Franco. El prestigioso diario, de hecho, acaba de anunciar que ampliará su presencia en España.


Llegaste a España cuando vivíamos las consecuencias de la crisis económica y publicas tu libro cuando empezamos a notar ya una nueva, esta vez derivada de una pandemia. ¿Hemos cambiado en estos diez años?

Llegué a una España de dos partidos y ahora está mucho más fragmentada. Han surgido nuevas complicaciones, como puede ser el tema catalán o el debate sobre la monarquía, que no estaban realmente sobre la mesa en el 2010. Pero hay un cierto paralelismo –y no creo que sea por el color del Gobierno de entonces y de ahora– entre estas dos crisis. Cuando llegué había un Gobierno, un Banco de España y unas instituciones que, en general, estaban viendo un desastre bastante cercano –en aquel momento, lo que ocurría en Grecia–, pero pensaban que por motivos varios y discutibles la ola no iba a impactar casi en España. En 2010 se hablaba todavía de brotes verdes, de que las provisiones de los bancos serían suficientes… En cierto modo, aunque los temas sean totalmente distintos, creo que España y el resto de Europa vieron la llegada del virus al norte de Italia como un tema que se iba a quedar allí, y que tocaba a los italianos ordenar su respuesta y hacerlo bien. Es verdad que al poco tuvieron que admitir que el coronavirus iba a superar las fronteras. En ese sentido veo una cierta voluntad de mantener el optimismo a toda costa a pesar de las advertencias muy claras y de la película que se estaba desarrollando en otra parte del Mediterráneo. Pero la España de 2020 es muy distinta a la de 2010: el Gobierno que afronta la pandemia es uno de coalición por primera vez, y en minoría, mientras que el del 2010 era un Gobierno bastante cómodo, y que estaba en un segundo mandato.

«Veremos si la salida de los ERTE y la subida del paro hace cuajar el discurso racista en España»

Tus años aquí han coincidido con una época un tanto convulsa: la crisis de 2008, el 15-M, el auge del independentismo catalán, la exhumación de Franco, ahora la pandemia… ¿Cómo explicarle la realidad social y política española a un público que, la mayoría de las veces, desconoce la compleja realidad de nuestro país?

Cuento con la ventaja de poder mirarlo con más calma, más tiempo. Todo lo que ha pasado en esta década es parte de una cascada no del todo imprevisible. A partir de un malestar económico surge una brecha social –algunos se ahogan y otros se aprovechan de la crisis– que abre la puerta a que la gente se haga preguntas sobre cómo se gestiona el país y se ponga en duda la conexión o el interés que tienen las élites –especialmente los políticos– con los de la ciudadanía. Así empieza la reacción en cadena. El tema catalán se beneficia de la crisis, porque esta ofrece al movimiento independentista la posibilidad de dar el mensaje positivo de «nosotros podemos construir un país mejor» en un momento de alto negativismo cuando, en 2012, lo único que se escuchaba en España era «tienes que apretarte el cinturón». Algunos de estos elementos son bastante fáciles de explicar porque tienen réplicas muy parecidas en otros países: el movimiento del 15M llega a ser el Occupy Wall Street en Estados Unidos, por ejemplo. Sin embargo, algunas realidades son más complicadas. Si el propio tema catalán ya no queda muy claro aquí, imagínate hasta qué punto no se entiende bien al otro lado del Atlántico.

Sobre el procés has escrito bastante. ¿Cuál crees que es la solución?

Lo primero es que la solución tiene que ser política, no puede ser solamente lega; lo segundo es que tiene que venir de políticos dispuestos a dialogar y buscar, por lo menos, nuevos denominadores comunes. Durante varias décadas, los políticos supieron –con bastante éxito– mantener un equilibrio bastante pragmático sin coincidir en todo, pero encontrando ventajas comunes. Y eso es lo que tiene que concurrir. Tenemos que volver a un diálogo que no se ha hecho. No nos olvidamos que, en 2010, a mi llegada, el tema no parecía tan hirviente. Se había votado un estatuto tanto en Cataluña como en el Congreso y ninguno teníamos razones para pensar que Cataluña iba a ser tan conflictiva.

Ser corresponsal ya no es lo que era allá en los años 90, cuando empezaste . ¿Cómo ha sido la transformación de la profesión?

Ha cambiado en todo. El periodismo ya no es una profesión que solamente se ejerce dentro de un gremio establecido: el mundo digital ha abierto totalmente las puertas a muchos actores, y hoy en día se puede definir como periodista a un influencer en Instagram o a una persona que antes ni existía ni hubiera tenido voz. La actualidad ya no se mide en días, sino en minutos. El contexto de mantener una exclusiva y decidir los tiempos resulta casi imposible, porque se filtra y salen noticias por todos lados. La idea de que un periodista puede ser el testigo privilegiado único de un evento ha desaparecido. Y luego está el tema económico… La capacidad que tenían los periódicos de financiar grandes investigaciones o de mantener redes de corresponsalía se ha, si no evaporado, por lo menos reducido drásticamente. La competencia también es más abierta. En el periodismo de ahora es verdad que se mantienen algunos conceptos elementales de lo que era trabajar para un periódico, pero la mayoría son ya muy distintos.

«El contexto de mantener una exclusiva y decidir los tiempos resulta hoy casi imposible»

En tu libro cuentas que, cuando llegaste a Madrid en 2010, te daba la impresión de que muchos periodistas tenían la moral por los suelos a causa de la incertidumbre laboral, los sueldos bajos, la excesiva carga de trabajo y, lo más preocupante para ti, la falta de independencia editorial de las redacciones. ¿Sigues teniendo la misma sensación una década después?

La verdad… No lo sé. En un momento de la crisis anterior daba la sensación de que estábamos en medio de la tormenta perfecta. De hecho, saltaron por los aires varios de los directores de medios importantes en muy poco tiempo. El conflicto parecía estar más abierto de lo que está ahora, pero no lo he seguido lo suficiente como para asegurarlo.  Eso sí, a lo mejor las expectativas son un poco distintas: muchos compañeros parecen haberlas rebajado mucho. El ser humano, en general, cuando tiene las expectativas altas, se lleva una decepción terrible si no se cumplen. Pero si empezamos ya con cierto realismo más negativo, no lo vivimos con el mismo grado de frustración.

Dices también que lo bueno de ser un periodista extranjero es que gozas de cierto privilegio a la hora de cubrir determinadas «cuestiones delicadas que enardecen los ánimos». ¿Hay alguna noticia que se te haya quedado grabada por, precisamente, suscitar críticas?

Cuento en el libro las críticas que me llegaron este año a raíz de un artículo sobre el confinamiento de los niños. Fue un debate muy virulento que duró un fin de semana. De hecho, recuerdo que el artículo salió el viernes y ese mismo día tuve un par de comentarios positivos. De repente, el sábado me despierto con una chispa encendida en las redes: se estaba debatiendo sobre la foto principal en la que vemos a una familia de origen de Bangladesh y sobre cómo eso puede representar a la familia española. En ningún momento el artículo pretendía tratar sobre qué es la familia española, pero una avalancha de mensajes –algunos absolutamente racistas y xenófobos– cambiaron el debate. Lo único que pensaba en ese momento era: «realmente en 2020, ¿quién es la familia española?, ¿quién la representa?». Acabé entrando en debates –incluso con amigos– en los que devolvía la pregunta. Las otras fotos tenían una madre soltera, varias personas con niños en confinamiento, pero yo no entendía –ni entiendo– qué imágenes hubiésemos tenido que escoger. ¿A caso una familia compuesta por madre, padre y cuatro hijos? Este es un ejemplo perfecto de esos momentos en los que no entiendes nada y te encuentras fuera de lugar.

En el libro hablas también sobre cómo, sorprendentemente y a diferencia de lo que ha venido pasando en otros países europeos, España no es un foco de tensiones raciales a pesar de ser uno de los principales receptores de migrantes y refugiados del continente. ¿Sigues manteniendo la misma tesis? ¿A qué se debe?

No tengo una bola de cristal, pero ya hemos pasado de decir que España era un país donde la extrema derecha no tenía ningún lugar a tener a Vox como tercer partido en el Congreso… Las cosas cambian, pero, dicho esto, de momento –y tengo que vivir en el presente– no veo los mismos actos o la misma violencia racista que hemos visto en otros países, y espero que siga siendo así. Pero ya hay un discurso que ahora está más aceptado que antes. Y una gran prueba de fuego va a ser la salida de esta crisis. Una cosa llamativa de la anterior crisis en España –muy positivo– es que no llevó a que los políticos hiciesen comentarios del tipo de que el trabajo tiene que ser para los españoles. Y eso sí se ha escuchado en otros países. Veremos esta vez si la salida de los ERTE y la subida del paro llega a hacer cuajar este tipo de discurso. Solo el 2021 no los va a decir.

Cada vez que abordas temas relacionados con la Guerra Civil o el franquismo, dices, tienes «la corazonada de que algo sucederá», de que es «un campo informativo lleno de minas». ¿Qué es lo que más te sorprende de la relación que tenemos en España con nuestra historia reciente?

Que nadie haya intentado realmente llegar a un consenso acordado –fuera del aspecto político y partidario de cualquier debate relacionado con el franquismo– para que realmente sea posible no llegar a un ideal para todos, pero sí a un punto aceptable para casi todos. Por ejemplo, crear comisiones de trabajo mixto donde no haya que estar pendientes del Gobierno de turno para saber si la Ley de Memoria Histórica se va a aplicar o no. Me parece una pena. Porque todo lo que hace un Gobierno de turno sin tener un acuerdo previo para sentar las bases de la acción política es muy débil. Dura lo que dura el Gobierno. Y eso lo vemos de manera muy clara con la memoria histórica, pero también en otros ámbitos, como la educación. Cómo puede ser que un tema que tendría que ser generacional lleve ocho reformas y que lo único que hace cada Gobierno es, primero, quitar la reforma previa para, luego, pasarse dos años pensando una nueva ley y ponerla en marcha por las matemáticas del Congreso sin haber llegado a un acuerdo. Eso es un fallo. La alternancia en el poder forma parte de los elementos esenciales de la democracia, pero encontrar maneras de decidir que algunos temas superan la legislatura me parece importantísimo.

¿A qué crees que se debe esa dinámica?

Es un reflejo de la polarización y la fragmentación. Vivimos en una época en la que los Gobiernos en España son muy débiles: todos los partidos y los políticos actúan como si ya estuvieran en campaña electoral. Casi ningún Gobierno actual –más allá de alguna que otra comunidad autónoma– tiene la certeza de poder, por lo menos, acabar su mandato de cuatro años. Por tanto, toda la actuación es siempre con la mirada puesta en convencer a los votantes y con la posible amenaza –como hemos visto ahora de manera clara con la covid– de una moción de censura por la gestión de la pandemia. ¿Y qué nos dice eso? Nos dice que sí, que los políticos llevan tiempo comportándose como si estuvieran a punto de volver a las urnas. Una de las cosas curiosas de España es que a los votantes se les ha pedido votar muchas veces y, aunque muchas ellas lo hayan hecho tapándose la nariz, lo ha hecho. España es una democracia muy viva si lo medimos en términos de participación. En Estados Unidos se ha celebrado que la participación haya sido la más alta desde principios del siglo XX, cuando en España en varias elecciones se ha superado el 70% de participación tanto a nivel autonómico como nacional.

«Todos los partidos y los políticos actúan como si ya estuvieran en campaña electoral»

Mientras en el resto de Europa ganaban votos partidos como Amanecer Dorado o el Frente Nacional de LePen, en España teníamos el 15-M y la consiguiente entrada de Podemos al Parlamento. Años más tarde, la irrupción fue de Vox. ¿Se veía venir un auge de la extrema derecha en nuestro país?

Sí, en el sentido de que ya había ocurrido en gran parte de Europa. Al fin y al cabo, los fenómenos de este tipo no suelen estar limitados solo a otros países, son transversales y siempre se imitan.  A partir del final del bipartidismo se abre una brecha por la que podían entrar no solamente uno sino varios nuevos actores. En el caso español, de momento, hemos acabado con cinco, pero podría ser otro número. Me parece bastante lógico, porque no es tan inesperado que haya contrapesos: a partir del momento en que la extrema izquierda tiene representación como tercera fuerza política –a través de Podemos– se moviliza el otro lado, que considera que los partidos tradicionales son demasiado blandos y no responden a lo que ellos ven como un riesgo o una amenaza. Además, el nacionalismo catalán ha despertado al nacionalismo español y le ha dado una nueva legitimidad. Todo forma parte de esa reacción en cadena: a partir del momento en que el nacionalismo español está mucho más despierto, ofrece un apoyo y un punto de partida para una extrema derecha que, en general, en todos los países, es muy de bandera. Si nos paramos a verlo, la cascada en España no ha sido muy distinta de la que se podría esperar. A partir de un debate nace otro y así surge un nuevo pensamiento que, poco a poco, se organiza, llega a tener más fuerza y se estructura y abre la posibilidad a tener no solamente un movimiento, sino un partido.

La polarización de España se ve muy bien en el debate en torno a la renovación del poder judicial, pero cuando llegaste a nuestro país te topaste con toda una polémica jurídica de otra índole, la que había en torno al por aquel entonces juez Baltasar Garzón. ¿Crees que la justicia española está politizada? ¿Hay independencia en el poder judicial?

Me quedo siempre en el gris, más que en el blanco o negro. Veo razonable decir que hay partes el poder judicial español que están más abiertas a la politización que otras, pero también que, por lo general, el sistema judicial funciona. Eso sí, cuando falla, lo hace estrepitosamente. Creo importante recordar que, a pesar de la autocrítica que se hace en España, este mismo sistema judicial ha tenido unos logros que pocos otros países han conseguido a la hora de romper la impunidad de la monarquía, de un partido político tan importante como el PP o de una de las figuras emblemáticas del mundo bancario. Por muchas crisis financieras que hubo en otros países, en ninguno se hizo lo mismo, a excepción de Islandia. España es uno de los países donde más banqueros acabaron en el banquillo. Es una paradoja. A veces se subestima bastante el funcionamiento de la justicia, que puede ser lenta o tener problemas, pero el ejemplo que siempre me viene a la mente es el de Urdangarín. Al principio del juicio, la gente era absolutamente cínica a la hora de pronosticar que un miembro de la familia real podía acabar en la cárcel, especialmente saliendo de una investigación provincial, de un juzgado de Palma. No sé si esta misma gente le habrá hecho un mea culpa al juez Castro y al poder judicial cuando se sentenció contra él y se multó a la infanta.

Acabas con un epílogo en el que reflexionas sobre la crisis sanitaria actual. ¿Cómo va a transformar a la sociedad –y a la política– española esta pandemia?

De la misma manera que va a hacerlo con cualquier otra. Algunos aspectos de nuestra vida diaria van a cambiar. Gran parte de la gente que se ha encontrado teletrabajando, por ejemplo, se va a quedar haciéndolo mucho tiempo después de la pandemia, ya sea por motivos personales, porque se dé cuenta de que en lugar de viajar en cercanías o en el metro todos los días puede trabajar desde casa; o por motivos económicos, porque sus propias empresas van a hacer todo lo posible para no tener que pagar alquiler de oficina. Esto en sí es un cambio que puede llegar a ser tan importante como la aparición de un nuevo modo de transporte. Algunas cosas van a durar poco, pero otras han llegado para quedarse. Por ejemplo, hay gente mucho más preocupada con cómo está su hogar y cosas rutinarias que antes no parecían tan importantes, pero que ahora son esenciales. No veo razones para pensar que esas preocupaciones no vayan a mantenerse en el tiempo. Más allá de eso, lo que veo claro es que el coste financiero y económico de la pandemia –se vaya pronto o tarde– va a abrir un nuevo capítulo muy complicado para España y el resto de países.

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