Opinión

Biopolítica contra la desconexión democrática

La felicidad como objetivo político es menos atractiva que la justicia, pero no menos necesaria: despreciarla o atribuirle un carácter hedonista es no comprender que tras algunos anhelos cotidianos hay más política trasformadora y progresista que tras muchos planes superestructurales.

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Carla Lucena
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17
Dic
2020
biopolítica democracia

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Carla Lucena

La encuesta Global Happiness 2020 –realizada por Ipsos el pasado mes de agosto a más de 20.000 personas en 27 países– muestra datos muy reveladores: la primera fuente de felicidad para el 55% de las personas encuestadas es la salud física y mental, como lo demuestran la alta consideración que tienen los sistemas de salud pública y su defensa en todo el mundo. Le siguen las relaciones con la pareja y con los hijos, y viene a continuación pensar que la vida tiene sentido. El primer indicador material, como las condiciones de vida o la seguridad personal, no aparece en las prioridades personales hasta la quinta y sexta posición. De nuevo, saber que se tiene el control de la vida propia o la satisfacción en la dirección de esta son más relevantes que tener, por ejemplo, más dinero.

¿Qué está pasando? ¿Las personas, en tiempos de pandemia, buscan la felicidad en lo inmaterial, en lo intangible, en los valores? Y, por ejemplo, esta búsqueda de felicidad en el bienestar físico y emocional, ¿no está indicándonos una renovada escala de valores a la que la política democrática debería atender especialmente?

El historiador Timothy Snyder, en su libro más reciente, Nuestra enfermedad. Lecciones de libertad en un diario de hospitalario, y tras estar gravemente enfermo, señala que un virus no es humano, pero cómo se reacciona ante él es una forma de medir la humanidad. Pone también el foco en la atención médica de calidad como pilar de las libertades. Salud y democracia. Salud democrática.

Desde hace tiempo hablamos de la desconexión entre la política y la ciudadanía. De la distancia entre el relato político y el discurso institucional, de un lado, y la realidad cotidiana que se vive en el día a día y que reclama respuestas concretas, del otro. Además, el coronavirus nos muestra, con toda su crudeza, nuestra vulnerabilidad y, a la vez, que la cotidianeidad adquiere una dimensión vital que hay que interpretar adecuadamente. El miedo al futuro –o, al menos, la incertidumbre– sitúa el presente, lo próximo, lo personal como espacio de gran centralidad en la construcción de un sentido de pertenencia colectivo que no desprecie el metro cuadrado de las personas. Lo cotidiano es el futuro hoy, porque el futuro no ofrece cambios mañana para millones de personas.

La biopolítica, aquella que se centra en atender –y comprender– desde las emociones hasta las necesidades inmateriales e intangibles de las personas, puede ser una aproximación sugerente y necesaria para reconectar lo político con lo personal, la política con la vida, la democracia con en el día a día de las personas. Dar sentido a la vida es una tarea para la política progresista. Cuando se pierde, cuando no hay o no se encuentra sentido a lo que nos sucede, cuando la ausencia de dirección y de horizonte hunde las expectativas y las confianzas, se abre paso el abismo social y el atajo autoritario.

«Necesitamos menos relato y más emoción sincera y auténtica»

Necesitamos liderazgos que entiendan y abracen estas nuevas necesidades. Que hablen con el corazón, de verdad. Menos relato y más emoción sincera y auténtica. La biopolítica, la política de la vida, de los cuidados, de las vidas, es un desafío. No es fácil, para nuestros políticos y partidos políticos, hablar –y saber qué decir– de la soledad, de los trastornos alimentarios, de la depresión, de la ansiedad o de la angustia. El desconocimiento de la dignidad inmaterial o de las necesidades espirituales o asociadas al bienestar personal y físico son un impedimento actitudinal para reconectar la política con el presente y la vida.

El reciente libro de Michael J. Sandel, La tiranía del mérito: ¿Qué ha sido del bien común?, es una despiadada crítica moral de la pérdida de la dignidad del trabajo causada, en parte, por algunos efectos negativos de la globalización y la arrogancia displicente de las élites meritocráticas que sobrevaloran la instrucción académica superior como el gran indicador de ascensor social. Estas élites subliman el mérito como valor supremo y creen que promoverlo, por sí solo, es suficiente para superar estigmas, condiciones, prejuicios o barreras. Pero no es así.

La tiranía del mérito convive con otras tiranías, como las del relato socialmente aceptado o la reducción de la política al framing, al encuadre. Reivindico más foco y menos encuadre. Más zoom in y menos zoom out. La arrogancia tecnocrática nos aleja de comprensiones fundamentales que tienen que ver con aspiraciones básicas y simples que son portadoras de más dignidad que la mera satisfacción de su expresión en forma de necesidades. La felicidad como objetivo político es menos atractiva que la justicia, pero no por ello menos necesaria. Despreciar la felicidad como objetivo para las políticas públicas, o atribuirle un carácter hedonista e individualista, es no comprender que tras algunos anhelos cotidianos hay más política trasformadora y progresista que tras muchos planes superestructurales.

Necesitamos dar sentido y esperanza a la cotidianeidad. La política debe ser la emoción de esta esperanza necesaria e inaplazable. Solo la biopolítica es capaz de generar una ilusión personal y colectiva, porque comprende lo vital como la primera realidad. Intuyo que la política del pálpito es, quizás, más urgente que la del púlpito. Más biopolítica, por favor.

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