Cultura

Stefan Zweig, un autor para navegar por las turbulentas aguas europeas

La obra del escritor austriaco, renacida con el cambio de paradigma cultural ocurrido tras la Guerra Fría, permite rastrear los fantasmas de la intolerancia o el nacionalismo que recorren hoy Europa.

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27
Nov
2020
Stefan Zweig

Stefan Zweig tenía 60 años cuando lo encontraron envenenado junto a Lotte, su esposa. Él, camisa de manga corta y corbata bien anudada; ella, ligeramente ladeada, como si estuviera por despertar. Era 1942, estaban en Brasil y habían huido del nazismo, como hicieran tantos otros. Zweig era un blanco ideal para los criminales por judío pero, sin ser abrahámico, uno también podía serlo por ser homosexual, o gitano, o discapacitado, o por tener problemas mentales. También los que creían que estaban a salvo –de estos hubo muchos–, o simplemente algunos que pasaban por allí. Sin aparente advertencia, el mundo conocido se venía abajo y los hubo que no lo soportaron. El suicidio de Zweig se ha interpretado como la trágica constatación de esa realidad y, por esa vinculación a la historia europea, no es extraño que, cuando el continente se pregunta por su más profunda identidad, resurja su figura, la de un europeísta como pocos. No habría sido posible en el paradigma bifronte de la Guerra Fría, donde un burgués liberal próximo a la socialdemocracia como él, que además era algo reminiscente del Imperio austrohúngaro, parecía una cosa tan anquilosada como los ropajes que vestía.

De no haber sido por las guerras mundiales que siguieron, de Zweig podría decirse que fue un afortunado por crecer en la Viena de principios del siglo XX, el lugar donde mejor se podían cultivar las aspiraciones artísticas. Sus amistades –Rilke, Mann, Rolland…– sorprenden menos si se tiene en cuenta el ambiente: allí tenía Freud su diván y visitaban sus salones grandes compositores de la talla de Mahler o Brahms, como cuenta Alexander Waugh en La familia Wittgenstein (Lumen), una crónica centrada en la familia del filósofo sobre el refinamiento y la neurosis de aquel período. A su vida en la capital austríaca debe Zweig las primeras páginas de una obra ingente, próxima al centenar de volúmenes, pero pronto la ciudad se le queda pequeña. No en vano, fue también uno de los grandes escritores viajeros del pasado siglo, una faceta paralela a las de biógrafo –de María Estuardo, María Antonieta, Erasmo, Dostoievski, Dickens o Stendhal–, novelista –firmando obras como Novela de ajedrez o Veinticuatro horas en la vida de una mujer–, dramaturgo, periodista, ensayista o libretista de ópera.

Su nombre, sin embargo, estará siempre ligado a El mundo de ayer, su autobiografía póstuma y un panegírico a la cultura europea desaparecida en el fragor de la guerra, un esplendor que amargamente consideró que nunca regresaría. Zweig convierte en ella el relato de su persecución en una crónica de la «desaparición de todas las certidumbres», como explica Carlos Fortea, doctor en Filología Alemana y profesor de la Universidad Complutense. «El siglo XIX había hecho creer a los europeos que su mundo estaba construido sobre cimientos sólidos y no podía más que progresar. La llegada de los fascismos y del estalinismo rompió ese equilibrio de manera brutal», afirma, y cree necesario tener presente este eurocentrismo al leer a Zweig, más allá de que el «quiebre de las certezas» sea una de las experiencias humanas de primer orden en cualquier época o situación. «En el sustrato desde el que escribe están las experiencias de los muchos judíos alemanes que salieron a la puerta de sus casas pretendiendo parar a la Gestapo con la cruz de hierro que habían ganado luchando por Alemania en la Primera Guerra Mundial», añade Fortea, traductor de varias obras del austriaco.

El suicidio de Zweig se ha interpretado como la trágica constatación de la realidad de Europa en la Segunda Guerra Mundial

Zweig era en su tiempo un intelectual de primer orden y contaba con centenares de miles de lectores. Se posicionó públicamente contra el nazismo, pero lo hizo a su manera timorata y una parte del antifascismo lo señaló por considerarlo demasiado tibio. «Ayudó a mucha gente, pero siempre tratando de que no se supiera, siempre intentando esquivar el posicionamiento público, lo que pudo convertirlo en una figura un poco trágica a sus propios ojos y contribuir a su suicidio», constata Fortea, que cree que la angustia que sufrió el novelista le impidió un posicionamiento más claro. «La necesidad de estar a la altura del personaje público que uno mismo ha creado puede ser conflictiva. Todos pensamos en qué habríamos hecho, pero raras veces nos planteamos qué nos habría exigido la circunstancia, pues no nos consideramos relevantes. Zweig lo era, y sabía que sus palabras tenían trascendencia. No es imposible que viviera el conflicto entre la necesidad de tomar un partido contundente y la incapacidad, por carácter, por hábito, para hacerlo así. Él tenía miedo de que lo acusaran de traicionar a su país, como le había ocurrido a Thomas Mann, que sí tuvo el valor de arrostrar ese riesgo», explica.

Es su caso el de un intelectual que, pese a la comentada tibieza en cuanto a sus posicionamientos públicos, acaba sacando la cabeza en un mundo que se cae a pedazos. Es posible que no pudiera hacerlo de otro modo, pero ello no ha evitado que, entre las loas, en los últimos años se intente también impugnar parte de su figura. Se apela a menudo a su trabajo en el Archivo de Guerra, un órgano creado para que varios escritores realizaran una tarea propagandística de incitación a los jóvenes alemanes a ir a la guerra. Zweig habría sucumbido –según esta discutida interpretación, que cuenta con el respaldo de varias anotaciones en sus diarios– al entusiasmo bélico sobrevenido en Europa tras el asesinato en Sarajevo del pretendiente al trono austrohúngaro y el desencadenamiento de la Primera Guerra Mundial. Le habría ocurrido como a casi todos y eso no le quitaría mérito, en cualquier caso, a la escritura antibelicista que practicó más adelante.

No obstante, donde seguro no puede contarse a Zweig es entre esos pocos tahúres que anticiparon a ver la realidad que se acercaba. Más que vislumbrar, la suya es una escritura que atestigua. El escritor Antonio Muñoz Molina, cuyo libro de relatos Sefarad es casi una tipología de los múltiples exilios posibles, dijo a propósito del renacimiento del escritor vienés en un artículo en 2017 en El País: «Cada año que pasa está más presente Stefan Zweig, con una fuerza simbólica muy anclada en la calidad de su literatura, pero que irradia más allá de ella, porque tiene que ver con la ruina de sus ideales y su destino de exilio: unos ideales que ahora se nos han vuelto mucho más cercanos; un destino al que cada vez más gente se va volviendo vulnerable». La pandemia no parece haber cambiado eso.

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