Cultura

Chaves Nogales, soldado de la decencia en una España de barbarie

El periodista sevillano conservó durante la Guerra Civil una piedad hacia su país que nacía de sólidas convicciones éticas. Fue una atalaya moral cuando lo más habitual entre los intelectuales era caldear el ambiente.

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20
Nov
2020
Manuel Chaves Nogales

Manuel Chaves Nogales tuvo la mala suerte de vivir una época que no era la suya. El periodista sevillano (1897-1944), uno de los más finos escritores de su generación, fue un incomprendido en su tiempo. En ello influyeron creer en la democracia en un país que, al poco de descubrirla, sufrió un golpe de Estado y una guerra civil; ser un intelectual cuando la gran mayoría de ellos o no supo o no quiso acertar con el papel que debían jugar; y desplegar una idea de su oficio, combinación de rigor y búsqueda de emociones en el lector, que aún no había madurado lo suficiente: faltaban décadas para el «nuevo periodismo» literario del Capote de A sangre fría. Su vida, pese a su brevedad, fue apasionante. Había nacido en una familia de periodistas y quiso vivir del oficio de andar y contar, el más afín a una curiosidad abundante, un carácter inquieto y una capacidad de trabajo desmesurada. Publicó primero en diarios de Sevilla y Córdoba y, más tarde, tras mudarse a Madrid, en varios de la capital, hasta desembarcar y asumir cargos en el azañista Ahora. «Vivía entregado a su oficio, pero mantuvo con él un cierto conflicto, porque esa dedicación absoluta le alejaba de los suyos», cuenta Antony Jones Chaves, uno de sus diez nietos. En Madrid trabó amistad con intelectuales y participó en tertulias, entre ellas la que se celebraba en la casa del tenor Miguel Fleta en la Ciudad Lineal y que aún rememora Pilar, madre de Jones Chaves y, a sus cien años, única hija viva del escritor.

«Como redactor jefe y director de facto del periódico de mayor tirada, era alguien muy conocido en su época», explica María Isabel Cintas, quien primero recuperó, a primeros de los noventa y ayudada por Jones Chaves, el legado del periodista, olvidado durante casi medio siglo por no servir Chaves a los escuetos fines de ningún grupo político presto a encontrar en él una justificación sin ambages a su comportamiento durante la contienda. «Su medio social era el de los intelectuales comprometidos, como Unamuno, Baroja, Valle, Marañón, Madariaga, Gómez de la Serna, Zamacois, Ortega…», sostiene Cintas, y ubica al periodista en el espectro político de su época: «En su periódico defendió siempre a Azaña, pero también admiraba y tenía el afecto de Alcalá Zamora [republicano conservador y primer presidente de la II República] y de varios ministros, muchos de ellos compañeros suyos en la Masonería, que en aquellos años acogía a la intelectualidad y a los políticos más destacados».

Se definió como un «pequeñoburgués liberal» en un prólogo, el de A sangre y fuego, al que se recurre con razón para recetar sosiego contra enfermedades políticas de toda condición. Son apenas una decena de páginas serenas, tan hondas como convincentes, en las que el periodista echa mano de una ironía menos amarga que combativa. «De mi pequeña experiencia personal, puedo decir que un hombre como yo, por insignificante que fuese –escribe Chaves en 1937, ya exiliado en Francia– había contraído méritos bastantes para haber sido fusilado por los unos y por los otros». El estupor que generan esas líneas se repite en los relatos sobre la Guerra Civil que siguen y que Chaves, cuya popularidad había crecido desde la publicación, en 1935, de su célebre biografía del torero Juan Belmonte, escribió sobre la base de historias reales del conflicto, pero ya desde el país galo.

Escribió sobre la base de historias reales del conflicto, pero ya desde el exilio en Francia

Se debate si la Tercera España tiene entidad propia o nombra, simplemente, a un grupo de moderados que se opusieron a cualquier exceso, pero de lo que no cabe duda es de que Chaves se cuenta entre esos pocos insobornables que respaldaron la legalidad al estallar el conflicto sin renunciar a criticar todo crimen. Cuando un consejo obrero tomó las riendas de su diario, el entonces investido «camarada director», expresa: «Hice constar mi falta de convicción revolucionaria (…) y me comprometí únicamente a defender la causa del pueblo contra el fascismo y los militares sublevados». «Únicamente», precisa Chaves, porque el terror no lo extendían solo los sublevados: había, entre los defensores de la legalidad, pistoleros que disparaban por libre –y él informó, cuando pudo, sobre ellos–. Ese fue, probablemente, su mayor mérito: haber reconocido, desde el principio, quiénes tenían razón y que su adscripción no le llevara, sin embargo, a girar la vista ante los crímenes que los milicianos republicanos también cometían. La publicación en 1994 de Las armas y las letras, la monumental obra de Andrés Trapiello sobre el papel de los intelectuales en aquel período –y responsable del término Tercera España–, dota de mayor significado a ese acierto, porque no era fácil elegir bien en un escenario en el que el miedo a la muerte decantaba muchas decisiones. Ortega, Pérez de Ayala o Marañón, liberales todos ellos que apoyaron el advenimiento de la República y próximos a Chaves, barruntaban cómo sobrevivir en el nuevo régimen sin perder el pudor. En el Madrid en guerra, Alberti y otros destacados miembros de la Alianza de Intelectuales Antifascistas, casi todos ellos comunistas, combinaban la promoción exterior de la causa republicana con peroratas incendiarias en la revista El Mono Azul –una de cuyas secciones se llamaba, poco crípticamente, A paseo– y veladas festivas para las que se disfrazaban con armaduras «como las de Don Quijote», halladas en el palacio incautado de Heredia Spínola, donde tenía su sede el grupo.

Demócrata en los trances más difíciles, muchos ven en él a un soldado de la decencia en una España en la que «se enseñoreaban la estupidez y la crueldad», como el propio Chaves describió con lucidez. Conservó una piedad hacia sus compatriotas resultado de sólidas convicciones éticas y, quizá sin esperarlo –él siempre creyó que su función era la del periodista–, se erigió para el futuro en una atalaya moral cuando lo habitual era congraciarse con el régimen o caldear el ambiente. Al exiliarse, vivió primero en París, acompañado de su familia, y después en Londres, ya solo y en una creciente angustia, como el propio Jones Chaves colige de las pocas cartas que superaron la censura y llegaron al rincón sevillano de El Ronquillo, donde se había refugiado la familia. Juncal, última hija del periodista, nació en Irún poco tiempo después de que Chaves, que no llegó a conocerla, huyera a Londres ante la inminente entrada de los nazis en la capital francesa –cuyas causas analizó en La agonía de Francia (1941)–. Su hija Pilar destruyó los documentos antes de la llegada de la Gestapo, cuenta Chaves Jones, que cree que es a esta época gala a la que pertenece gran parte de la obra aún perdida de su abuelo.

Esa es otra de las razones del creciente interés por la obra de Chaves. Con el descubrimiento de su figura, los escritos aún extraviados han levantado algo parecido a un mito y han abundado las disputas entre recopiladores de su obra por quién fue el primero o quién hizo más. Abelardo Linares, editor de Renacimiento, afirmó en 2017 haber encontrado dos mil páginas de contenidos procedentes de colaboraciones de Chaves en varias revistas del período que vivió exiliado en Francia. «Eran artículos que se publicaban en el semanario Match, pero que seguramente procedían de hojas periódicas que desde París editaba el propio Chaves para distribuir entre embajadas», explica. La cuestión se enrevesa aún más porque Linares descubrió esas colaboraciones de Match a partir de otras de Chaves, estas en español, escritas para la Revista Hoy, mexicana. En algunos casos, hay ediciones francesa y española del mismo texto –muchas veces distintas– y, en otros, Chaves o no las firma o lo hace con un nombre distinto al suyo. El estilo de algunos artículos es inconfundible, aunque otros generan más dudas, también a la familia. Cintas, por su parte, no acredita la validez de todos estos artículos.

De lo que no cabe duda es de la profusa producción de esos años. «Se informaba de lo que ocurría en España por teléfono, por cartas, por los cables de noticias de las agencias», sostiene Linares. Se trata de una hiperactividad que no puede sorprender pues Chaves, ante todo, era un tipo que se movía, también en lo tecnológico. En esto, de hecho, fue un adelantado a su tiempo, como prueban los viajes en avión que realizó por la Europa de 1928 y que recogió en forma de crónicas viajeras primero en el Heraldo de Madrid y, después, en La vuelta a Europa en avión (1929). Llegó a alcanzar Bakú y el periplo, transcurrido en parte sobrevolando suelo rojo, le permitió conocer la vida soviética, que reflejaría también en La bolchevique enamorada (1929), Lo que ha quedado del imperio de los zares (1931) o El maestro Juan Martínez que estaba allí (1934), libro este último sobre un bailaor flamenco sorprendido en San Petersburgo junto a Sole, su pareja, por los estruendos de la inminente revolución. Chaves lo conoció después, en París, y narró historias de duques, espías y chequistas desde su mirada, la de un triunfador en los cabarés de la época.

Al final de su vida, al dolor por España se unía el pesar por Europa

El auge del nazismo ocupó el interés de Chaves Nogales durante los años treinta. No en vano, era un reportero con bisturí de sociólogo, que en las fotografías que le tomaron se muestra a menudo atento, solícito, algo solitario, quizá, pero más por ocupado que por introvertido. Parece alguien por completo inmune a un exceso de dramatismo, que le impediría viajar y contar. Quizá por esas cualidades pudo entrevistar a Goebbels como parte de su preocupación por cómo se inocula el fascismo en un Estado. En Bajo el signo de la esvástica (Almuzara, 2012) se agrupan esta entrevista y los once reportajes sobre la materia que publicó en mayo de 1933 en Ahora.

Los últimos meses de la vida del periodista fueron difíciles, expresa su nieto. En el Londres de la Guerra cumplió un sueño, en cualquier caso: trabajar en la Fleet Street, un lugar que congregaba como ninguno a los newspapermen de la época. «Colaboraciones, cabos sueltos, grano para alimentar el molino, todo digerible», clama el narrador de Los periódicos, la novela del genial Henry James, para referirse, con cierta sorna, a la emblemática vía. Que su cénit profesional le hallara en ese ambiente no evitó, sin embargo, la gran aflicción de Chaves. Le faltaban los suyos y al dolor por España se unía el pesar por Europa. «Empeoró físicamente, por cartas sabemos que también lo atropelló un vehículo y le dejó alguna secuela. Bromeaba, incluso, con que se veía algo feo…». Cuando las pocas noticias son cada vez menos, la familia recibe la noticia de su muerte. «Oficialmente por una peritonitis, aunque pudo ser debida a un cáncer de estómago», aclara el nieto. Apenas se conocen sus últimos proyectos –sus pertenencias, denuncia, no les fueron entregadas– y el cuerpo reposa desde entonces, por deseo de sus descendientes, sin lápida en un cementerio de Fulham, un barrio del suroeste de la ciudad.

Cuando tres décadas de recopilación han restituido su legado moral, cobra cada vez más interés la reivindicación de la vigencia de su estilo. No solo cargó Chaves al futuro de razones para creer en el periodismo como género literario –idea discutida y discutible–, sino que practicó una escritura, nítida y terminólogicamente cultivada, que cumplía con el objetivo, este sí incontrovertible para el oficio, de lograr en el lector un entretenimiento ilustrado y extraño a esa otra perfidia más o menos afilada. En esta nueva compilación de su obra completa, realizada por Libros del Asteroide y que ha coordinado Ignacio F. Garmendia –la primera corrió a cargo, en 1993, de la Diputación de Sevilla–, se incluyen varios textos inéditos de ese periodista que nunca dejó de escribir de la vida de la gente menos espectacular. Linares dice que uno de sus últimos artículos lo dedicó a un alcalde taxista, que consideraba un epítome democrático. Ni mucho menos se olvidó de su país desde la gris capital inglesa, como cuenta Cintas. «Lo último que recordó desde el exilio inglés fueron los cantes de su tierra. Y la evocación de Juan Belmonte cuando decía que los jueces ingleses eran respetados y sus hazañas repetidas por el público como en Sevilla se evocaban las de los toreros», relata.

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