Salud

Revolución sanitaria: avances superlativos en tiempos de pandemia

La crisis de la COVID-19 ha propulsado, como nunca antes en la historia, los progresos en investigación y tecnología.

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Carla Lucena | Valeria Cafagna
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09
Sep
2020
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Carla Lucena | Valeria Cafagna

Un periodista le preguntó a Gregorio Marañón cuál había sido, para él, el mayor avance en medicina. «La silla», le respondió sin dudar el respetado doctor, refiriéndose a la importancia de tener al paciente cara a cara y escucharle. La conversación tuvo lugar en la primera mitad del siglo pasado y, posiblemente, al médico humanista ni se le pasaba por la cabeza el progreso tecnológico que iba a vivir el sector sanitario, especialmente en esta última década. Tampoco sabía que íbamos a sufrir una pandemia global de tal magnitud que aceleraría los pasos hacia lo digital de forma vertiginosa: avances como la telemedicina ya no son una cuestión de comodidad para el paciente, sino de supervivencia para el propio médico.

Los laboratorios también han pisado el acelerador. Aunque el mundo se enfrenta a una debacle económica que muchos expertos comparan ya con la que dejó la Segunda Guerra Mundial, por primera vez en la historia la inversión de dinero público en investigación se ha disparado por encima de cualquier otro sector. Según un estudio de la Fundación Salud y Derecho, de los casi mil ensayos clínicos relacionados con la COVID-19 que ya se han registrado en Estados Unidos, China y Europa, en torno a un 80% están sustentados con dinero público. En apenas tres meses, España ha destinado 30 millones de euros repartidos, en su mayoría, entre el Instituto de Salud Carlos III y el Centro Superior de Investigaciones Científicas (CSIC). En Alemania se han invertido ya 145 millones de euros en investigación científica contra el coronavirus, y Reino Unido prácticamente dobla esta cifra. Por su parte, el Gobierno de India, uno de los principales productores de vacunas del mundo, ha urgido a los hospitales a que aceleren las fases de prueba, porque quiere tener lista una antes de que acabe el año, y ya ha anunciado que tendrán la capacidad para producir 3.000 millones de dosis.

El sector privado también está alcanzando hitos sin precedentes. Según afirman desde el CSIC, la colaboración público-privada es más estrecha que nunca en materia sanitaria. El centro investigador acaba de desarrollar el primer test de anticuerpos del mundo que detecta la inmunidad frente a la COVID-19 con más del 98% de fiabilidad, que será fabricado por la empresa española Immunostep bajo la premisa de que los costes sean «asumibles para todos». En el mes de julio, en Estados Unidos, la empresa de biotecnología Moderna lograba generar anticuerpos en todas las personas que participaron en las pruebas, tras lo que anunció que pronto llegarían «resultados prometedores con apenas efectos secundarios».

Miguel Hernán: «Lograr una preparación destinada a generar inmunidad adquirida suele llevar entre cuatro y diez años»

La carrera mundial para alcanzar un tratamiento eficaz –y, sobre todo, una vacuna–, no tiene precedentes porque es una carrera contra el tiempo: «Lograr una preparación destinada a generar inmunidad adquirida suele llevar entre cuatro y diez años», afirma el epidemiólogo Miguel Hernán, que dejó su cátedra en Harvard para saltar a Madrid y asesorar a nuestro Gobierno sobre la pandemia del coronavirus. Algunas estimaciones apuntan a que, por primera vez, podría ser mucho antes. «La diferencia con nada que hayamos visto en el pasado es que, ahora mismo, hay en el mundo alrededor de 150 ensayos clínicos simultáneos que están utilizando todas las estrategias posibles de vacunación e investigación que existen para el mismo virus. Hay algunas candidatas en fase muy avanzada, incluso en fabricación», afirma María Montoya, investigadora y jefa de grupo de
Inmunología Viral en el Centro de Investigaciones Biológicas Margarita Salas del CSIC. «Antes, en todas las fases de desarrollo, se esperaba a que concluyera una para empezar la siguiente, por eso el proceso de producción de una vacuna eficaz podía durar una década. Ahora, las tres primeras fases se hacen de forma simultánea para adelantar los tiempos. Es probable que a principios del año que viene tengamos una vacuna o, más bien, varias», explica la investigadora. Eso sí, matiza que, de entrada, no habrá dosis para todos y se elegirá a los grupos de riesgo para las primeras tomas. En España hay unos 10 candidatos en fase de experimentación que, en su mayoría, están completando las siguientes etapas en paralelo. «No sabemos si las vacunas resultantes nos darán, de entrada, inmunidad total o parcial pero, aun en el segundo caso, va a mejorar muchísimo nuestra situación», apunta Montoya.

Cuando se despertó, la tecnología seguía allí 

El pasado marzo, la mayoría de los hospitales de Madrid sufrió un colapso por el aumento repentino de ingresos de pacientes con síntomas graves de COVID-19, situación que provocó escenas dramáticamente inauditas: enfermos recolocados en los pasillos, médicos al límite de sus capacidades físicas y mentales, tabiques levantados de la noche a la mañana para improvisar más áreas de aislamiento… El de Puerta de Hierro fue de los pocos que no se desbordó, gracias a la rápida reacción de la jefa del servicio de urgencias. «Empezamos a enviar a casa con tratamiento a las personas con neumonías moderadas y leves, que no tenían serios problemas respiratorios, y les hicimos un seguimiento telefónico durante la siguiente semana. El hospital se llenó, se improvisaron camas y nuevos puestos de UCI, pero esa medida impidió que la situación nos superase», recuerda John García, médico de urgencias en ese mismo centro. Tras esta decisión, tan sencilla como acertada, se esconde una tendencia cada vez mayor en el sector sanitario en tiempos de una pandemia que, posiblemente, haya venido para quedarse: despojarse de convenciones anacrónicas y abrazar definitivamente las posibilidades que brinda la tecnología. Lo que hicieron en el Puerta de Hierro fue una versión improvisada de la consulta a distancia, pilar de la telemedicina, que lleva años plenamente desarrollada. Mientras el mundo busca a contrarreloj una vacuna que ataje esta pesadilla, la sociedad debe seguir –como pueda– con su vida, asumiendo que el número de contagios y casos graves crecerá cada día, pero no a un ritmo inasumible para los hospitales y centros de salud. «Esa es la máxima prioridad dentro de esta nueva normalidad», remarca Miguel Hernán.

Los avances tecnológicos aplicados a la sanidad, con la digitalización de muchos procesos como punta de lanza, son el madero al que agarrarnos en medio de este temporal. La buena noticia es que llevan entre nosotros desde mucho antes de la pandemia. La mala, que distan mucho de estar plenamente implantados. «Para impulsar la atención al paciente del futuro, primero se necesita un sistema de triaje médico digital que permita que la gente pueda estar asesorada con un diagnóstico. Además, los médicos deben ser accesibles para los pacientes con una herramienta en el móvil. Y, por último, algo fundamental es que si alguien necesita atención permanente –y en condiciones normales no estaba tratado o tenía que desplazarse a un hospital–, ahora pueda ser atendido desde su casa. Todo esto va a llegar, pero se necesitan fuertes entornos de colaboración entre la sanidad pública y la privada», apunta por su parte Iñaki Ereño, CEO de Sanitas y Bupa Europe & Latam.

María Montoya: «Es probable que a principios del año que viene tengamos varias vacunas»

«Ya tenemos los medios para hacer consultas con exploraciones físicas del paciente prácticamente igual que si fueran presenciales», explica Rafael García, fundador y CEO de Ever Health, una empresa que brinda soluciones tecnológicas para la atención médica a distancia. «Con estetoscopios, cámaras de exploración, pulsioxímetros, termómetros, tensiómetros o electrocardiogramas, un médico puede saber al momento, desde su consulta, qué le pasa a un niño que de repente presenta síntomas en el patio del colegio, a un anciano que tiene un ataque de tos en una residencia o incluso al pasajero de un avión que de pronto se encuentra mal». «Todo esto llevamos años utilizándolo, pero ahora cobra más valor que nunca: el personal sanitario ya no tiene por qué exponerse a un posible contagio innecesariamente, más aún si tenemos en cuenta que el 80% de las consultas pueden resolverse sin necesidad de una exploración presencial», apunta el emprendedor.

La tecnología va más allá de la atención primaria. El sistema quirúrgico Da Vinci es un equipo de cirugía robótica con el que se pueden realizar operaciones complejas aunque al médico y al paciente los separen miles de kilómetros. ¿Debemos ver estos avances como algo positivo, o hemos llegado a la distopía del Dr. Marañón? «La telemedicina no viene a sustituir nada, sino que es una herramienta complementaria a la asistencia médica para ayudarnos a mejorar en cada nivel de tratamiento», tranquiliza García.

La gestión (también) es tecnología

La inteligencia artificial también cobra especial relevancia para el análisis de la casuística clínica. «Estamos ante una situación totalmente desconocida. Cada día salen informaciones nuevas sobre este virus, y en muchos países, incluido España, se utilizan sistemas de análisis de los datos clínicos que van entrando continuamente, en tiempo real, para establecer correlaciones de tipo clínico», explica Santiago Cervera, director de la consultora de tecnología aplicada a la medicina Healthy Numbers. «Los sistemas de inteligencia artificial están viviendo enormes avances para que, ante una situación de pandemia, podamos conocer mucho más claramente y de forma más rápida la parte clínica, algo que tendrá utilidad en futuras pandemias».

En Inglaterra y Estados Unidos ya se aplicaba la epidemiología digital antes de la expansión del coronavirus. El uso de la aplicación de móvil Flu Near You, por ejemplo, estaba plenamente normalizado: cuando una persona empezaba a tener un síntoma gripal, lo reportaba, y así se describía un mapa en tiempo real de las posibles olas del virus, más rápido y fiable que el que diseñaban los sistemas de salud pública.

Un proyecto piloto del sistema de control por voz Alexa pretende reconocer si la tos de una persona es o no sintomática de COVID-19. En Alemania se utilizan los relojes inteligentes como Fitbit o Apple Watch para diagnosticar coronavirus, ya que son capaces de registrar el ritmo cardíaco de su propietario, o incluso si duermen menos de lo habitual. «En breve, estos aparatos van a empezar a medir la concentración de oxígeno en sangre y será muy útil, porque ante un problema respiratorio la oximetría cambia enseguida», explica Cervera.

Rafael García: «El 80% de las consultas pueden resolverse sin necesidad de una exploración presencial»

El auge de la tecnología aplicada a la medicina tiene su reflejo en el mercado. Según un estudio reciente del observatorio estadounidense Rock Health, los gestores de fondos y las empresas de capital riesgo han superado este mes todos los récords de inversiones en este sector. «El mercado apuesta por algo que ya se considera perenne, no puntual, es decir, que ha venido para quedarse», concluye Cervera.

Pero toda esta tecnología no basta por sí sola. «En el mundo en general, y en España en particular, tenemos un grave problema de gestión», apunta el gurú tecnológico Enrique Dans. «Es inconcebible que un médico deba perder, aún hoy, horas y horas en tareas administrativas. La Seguridad Social, aunque tenga sus competencias transferidas, tiene que darse cuenta de una vez por todas de que todas estas soluciones –y en especial la telemedicina– la volverían más competitiva, ahorrarían costes y mejorarían el bienestar en el paciente. La digitalización supone detectar mucho antes una enfermedad, y evitar, por tanto, muchos tratamientos», reclama el experto. Y zanja: «En estos meses hemos avanzado lo que nos habría tomado diez años de no haber pandemia. De nosotros depende, cuando todo esto acabe, quedarnos con lo aprendido y no dar pasos hacia atrás. Es algo vital para afrontar futuras crisis como esta: las habrá, y debemos estar mucho mejor preparados».

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