Sociedad

El rompecabezas del futuro en las residencias

En España, ocho de cada diez personas mayores aseguran querer continuar viviendo en sus hogares hasta el final de sus días. El modelo sociosanitario de nuestro país no puede resolver actualmente esa demanda, por lo que urge buscar alternativas asistenciales que aúnen la independencia y el respeto de los derechos básicos.

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08
Oct
2021
residencias

«Todos los seres humanos nacen libres e iguales en dignidad y derechos. Toda persona tiene Derecho a la vida, a la libertad y a la seguridad, al respeto a su vida privada y familiar, a la libertad de pensamiento, conciencia, religión, expresión, reunión y asociación, quedando prohibida cualquier discriminación». Lo establece la Declaración Universal de Derechos Humanos proclamada por la Asamblea General de las Naciones Unidas. También la Constitución Española. Pero, ¿qué pasa cuando nos hacemos viejos? En algunas ocasiones los hijos, y en otras las instituciones públicas o privadas son las que toman las decisiones por los mayores. Lo hacen con la mejor intención, a fin de ofrecerles buenos cuidados y calidad de vida, pero por el camino esas personas acaban perdiendo su autonomía, su libertad, y el resto de derechos que damos por supuestos. Por ejemplo, a veces son obligados a vivir compartiendo dormitorio con un desconocido. Se les asea y alimenta; y se les deja acceder al televisor cuándo y cómo otros deciden. Incluso a veces quedan desprovistos de cualquier actividad.

Según el Imserso, ocho de cada diez personas mayores quieren vivir en sus casas. En la 69.ª Asamblea Mundial de la Salud de la Organización Mundial de la Salud, se adoptó la Estrategia y plan de acción mundiales sobre el envejecimiento y la salud con el objetivo de garantizar que todas las personas puedan vivir una vida prolongada y sana. A ella se acoge también la Agenda 2030, a fin de abordar los problemas –y las oportunidades– del envejecimiento de la población y sus consecuencias de forma integral, con la promesa de que nadie quede atrás.

El modelo nórdico permite a cada interno elegir la decoración de su cuarto y proporciona elementos tecnológicos para facilitar su autonomía

Teniendo en cuenta que para 2050, una de cada seis personas en el mundo –un 16% de la población mundial– tendrá más de 65 años, garantizar la protección de la salud en la tercera edad resulta fundamental si, como sociedad resiliente, queremos asegurar que cuando enfermen y se vuelvan dependientes (en mayor o menor grado) puedan vivir en lugares lo más parecidos a sus propios hogares. Con este objetivo, apuntan los expertos, es urgente reformar de raíz el modelo actual de cuidados en residencias, cuya crisis estructural se ha puesto de manifiesto durante la pandemia. ¿Cómo deberían ser las residencias del futuro para que cumplan con los derechos más básicos?

El Grupo de Trabajo de La Sociedad Española de Geriatría y Gerontología, estableció recientemente varios criterios de calidad asistencial para personas mayores, presentando hasta 100 recomendaciones básicas para poder fomentar la calidad del cuidado en este tipo de centros. Destaca el derecho a una atención personalizada y un plan de cuidados individuales que respete sus preferencias y su capacidad de decisión, además de una atención sin discriminación por razón de edad, sexo, raza, religión, ideología o cualquier otra circunstancia personal o social. Sin embargo, el auténtico reto está en compatibilizarlo con su integridad física una vez se vuelven dependientes.

La respuesta: los módulos de convivencia

Adaptar los espacios a las personas, y no al revés. Eso es lo que propone la Mesa Estatal por los Derechos de las personas mayores, que dibuja la hoja de ruta hacia un modelo de atención y de cuidados centrados en la persona, haciendo que los mayores se se sientan en su casa y no en un hospital. Como luz de guía encontramos el modelo nórdico que, desde hace décadas, divide las residencias en pequeños módulos de convivencia con espacios íntimos individuales y espacios comunes. Según sus medidas, es importante que las habitaciones sean individuales y personalizables, que cada interno pueda decidir su decoración pero a la vez se incluyan elementos tecnológicos para facilitar su autonomía en las tareas habituales y los cuidados que tengan que aportarles terceras personas, como por ejemplo una cama articulada o un baño adaptado.

En España, y en otras partes del mundo, existen incipientes intentos de otro modelo denominado cohousing, o vivienda colaborativa. Consiste en pequeñas comunidades de apartamentos privados agrupadas en torno a un espacio compartido donde se realizan distintas actividades y se prestan los cuidados ajustados a cada persona, promoviendo la sociabilidad y las responsabilidades compartidas. Sin embargo, esta alternativa s por el momento sólo se aplican a personas poco o nada dependientes y con un alto poder adquisitivo, pues una plaza en este tipo de residencias no está al alcance de todos los bolsillos.

En Polonia existen las ‘Green Care Farms’, un proyecto que combina la revitalización de las zonas rurales con el cuidado de las personas mayores en plena naturaleza

Por otro lado, y en consecución con la Agenda 2030, numerosos estudios demuestran que la naturaleza redunda en múltiples beneficios cognitivos para todas las personas, y más concretamente para las personas mayores. El informe The benefits of nearby nature in cities for older adults, de Kathleen Wolf y Elizabeth Housley, evidencia cómo las experiencias en la naturaleza en avanzada edad puede utilizarse de manera preventiva y también como terapia y tratamiento para mejorar la demencia, la depresión e incluso el alzhéimer. En este sentido, encontramos en Polonia las llamadas Green Care Farms, un proyecto que busca combinar la revitalización de las zonas rurales y nuevo empleo con el cuidado, atención y compañía a las personas mayores que de otro modo vivirían en soledad. Están ubicados directamente en granjas ecológicas tradicionales donde los cuidadores personalizan las actividades de rehabilitación, que pueden ser desde la cría de animales y la jardinería hasta gimnasia o actividades creativas.

En España, con la red de relaciones Intergeneracionales del Imserso, se promueven espacios de encuentro, participación y convivencia entre personas de diferentes edades, lo que fortalece la sensación de utilidad y seguridad de las personas mayores. Aplicado a las residencias del futuro, esta idea trataría de crear comunidades en las que personas de diferentes edades convivan en una misma vivienda o edificio, con un espacio individual para conservar la intimidad de cada uno, pero también con acceso a espacios comunes como jardines, comedores, salas de reunión y gimnasios. Así, el mantenimiento de relaciones con personas de distintas edades redundará en una mejora del estado de salud y de ánimo de las personas mayores y les permitirá conservar un rol social más ajustado a sus aptitudes ‘senior’, poniendo en valor sus talentos, capacidades y aportaciones, sin olvidar que los más jóvenes también se beneficiarían del acervo cultural de los mayores.

A la hora de reformular el concepto de residencias no debe olvidarse la inversión en ciencia y tecnología –fundamentalmente en la teleasistencia, domótica y telemedicina– como elementos para contribuir a la labor personal y presencial. Cada vez surgen más productos novedosos como sillas de ruedas que escanean los obstáculos, implantes que liberan impulsos eléctricos para ayudar a personas con parálisis a ejercitarse o software para controlar electrodomésticos por voz o con un leve movimiento de cabeza. Del mismo modo, existen sensores para controlar la temperatura de las habitaciones, monitorizar cambios de salud en los residentes, identificar cuando un usuario se ha caído o analizar su sueño. Además, se han diseñado decenas de apps como Wappa Senior –avalada por la Sociedad Española de Geriatría y Gerontología (SEGG)–, que informa a los familiares de los usuarios sobre cuestiones relativas a la vida diaria, cuidados, incidencias y toda la información que les pueda resultar de interés. Su misión principal es favorecer la relación y colaboración de las familias partiendo del fundamento de que las personas que mantienen relaciones sociales se sienten apoyadas y viven más felices.

En definitiva, las residencias del futuro serán hogares adaptados a cada persona, que permitan el contacto intergeneracional, rodeadas de naturaleza y con todo un abanico de actividades donde las personas mayores puedan desarrollar y rehabilitar sus aptitudes gracias al apoyo de la tecnología, la implicación de toda la sociedad y el compromiso de las instituciones públicas. Vivir como en casa, pero aún mejor.

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