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El sistema asistencial en España: una tragedia silenciosa

Las devastadoras cifras de mortalidad que ha provocado el coronavirus en las residencias de ancianos pone en cuestión al sistema. Pero existen modelos alternativos que ofrecen otra forma de cuidar de los mayores, como el que propone la emprendedora social de Ashoka Ana Urrutia, fundadora de Cuidados Dignos.

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31
Jul
2020
residencias

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«No tenemos valorizada a la persona mayor en España. Decimos que sí, pero en la práctica no sucede», explica Ana Urrutia, médica geriatra e impulsora de la Fundación Cuidados Dignos. Una denuncia que quiere convertirse en una llamada a la acción que genere un cambio para recuperar la relevancia y la dignidad de un colectivo que muchas veces se ve apartado en nuestra sociedad. Claro ejemplo de ello son las cifras que ha dejado hasta ahora la COVID-19: de sus más de 28.000 víctimas mortales en España, cerca de 20.000 han sido personas mayores que vivían en residencias. Es decir, 7 de cada 10 muertes asociadas al coronavirus se han declarado en alguna de las 5.457 residencias de ancianos del país. Los números, que en demasiadas ocasiones nos distancian de la realidad, nos revelan con su terrible crudeza que algo ha fallado en la protección de uno de los colectivos más vulnerables de nuestra sociedad. Parece que el devastador paso de la pandemia por las residencias ha sido la manifestación más cruel de un problema sistémico: el trato que, como sociedad, dispensamos a las personas mayores dependientes.

Las sujeciones físicas y químicas se usan en España hasta en el 40% de los casos

La lucha de Urrutia, emprendedora social de Ashoka, se desarrolla en un campo que conoce muy bien: el de los cuidados en residencias para la tercera edad. Desde hace más de 10 años, está al frente de uno de estos centros en Guernica (Vizcaya) que se diferencia del resto por apostar por un modelo que sitúa a la persona en el centro, rechazando el uso de sujeciones físicas y químicas, una práctica aún muy extendida en nuestra cultura asistencial. Mientras en Japón o Dinamarca, el uso de estos métodos de inmovilización se encuentra por debajo del 5%, se calcula que en España se utiliza hasta en el 40% de los casos.

Pero Urrutia está transformando el sistema de atención a las personas mayores y dependientes, convirtiéndolo en un modelo basado en la dignidad y la calidad de vida de las personas. En definitiva, hace tiempo que decidió dispensar un cuidado digno que sea vivido como tal por la propia persona. A pesar de que el anciano se encuentra en el centro de este modelo asistencial, la geriatra sigue encontrando reticencias por parte de algunos profesionales. Para esos detractores de su iniciativa disruptiva tiene un mensaje: «No estamos trabajando la dignidad de quien cuida, sino de quien es cuidado».

Para llevar a cabo su objetivo –el de extender su modelo para que se convierta en la norma en nuestro país– es necesaria una transformación profunda en la estructura física de los centros, en su cultura de trabajo y en el papel que juegan los profesionales. Algunos ejemplos concretos de estos cambios serían la habilitación de espacios bien iluminados, con puntos de agarre como barandillas, con mobiliario dispuesto en lugares donde no interfiera el deambular de la persona o con suelos apropiados no deslizantes; todas ellas, medidas de prevención pensadas para disminuir el riesgo de caídas sin necesidad de hacer uso de sujeciones. Algo tan sencillo como la utilización de camas a una altura más baja de las que se usan habitualmente, por ejemplo, reduciría drásticamente el riesgo de accidentes en esos centros en los que se sigue atando a las personas mayores atendiendo a criterios preventivos. Un argumento, el del exceso de prevención, que Urrutia califica de «paternalista» y que en nuestra cultura asistencial aún se impone, en demasiadas ocasiones, sobre la dignidad de la persona cuidada.

Ana Urrutia: «No trabajamos la dignidad de quien cuida, sino de quien es cuidado»

En respuesta a la crisis del coronavirus, Urrutia está poniendo en marcha un modelo de atención a las familias con personas mayores y dependientes que, cada vez más, deciden quedarse en sus domicilios. Desde su fundación, trabaja con los centros de cuidados (residencias y hospitales) para que los protocolos y sistemas de prevención que se activen para evitar el contagio no supongan, una vez más, una reducción de la calidad de vida y de la dignidad de los ancianos y dependientes.

La dramática situación vivida estos meses podría provocar en el futuro un cambio en la percepción social del sistema asistencial que cuida de las personas mayores. Un modelo en el que confiábamos ciegamente, pero que durante la pandemia ha dejado ver todas sus debilidades, que van más allá de una mayor necesidad de inversión y tienen mucho que ver con un análisis en clave de dignidad y derechos.

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