Salud

Ecoansiedad: el miedo al cambio climático llega a la consulta

Estrés, preocupación obsesiva, sensación de ahogo, alteraciones del sueño y agobio capaz de provocar cuadros de angustia extrema… Los profesionales alertan de que la creciente preocupación por las consecuencias del calentamiento global puede traducirse en problemas psicológicos crónicos, sobre todo en los más jóvenes.

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19
Feb
2020
ecoansiedad

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«El último deshielo parcial de la Antártida elevó el nivel del mar 3 metros, y puede volver a pasar» (La Vanguardia). «Los días de calor extremo podrían matarnos de aquí al año 2100» (ABC). «Una de cada tres especies de plantas y animales habrá desaparecido en 2070» (La Razón). «Las muertes por contaminación superan las 4,5 millones al año» (Cambio 16). Así se convierte la tierra en un desierto (El País). Todos estos titulares, publicados en la última semana, asustarían al más escéptico. Pero a algunos, más allá de provocarle pesadillas, incluso pueden llevarlos a la consulta del médico, enfermos de una dolencia que ya tiene nombre: ecoansiedad.

Los profesionales han bautizado así al «temor crónico por sufrir un cataclismo ambiental que se produce al observar el impacto aparentemente irrevocable del cambio climático y preocuparse por el futuro de uno mismo y las generaciones futuras», según la describe la Asociación Americana de Psicología esta nueva enfermedad, precipitada por la emergencia climática que, tras años de silencio mediático, ahora aparece en el debate público.  ¿Los síntomas de la ecoansiedad? Estrés, preocupación obsesiva, sensación de ahogo, alteraciones del sueño y agobio capaz de provocar cuadros de angustia extrema. Los pensamientos de quien la padece son recurrentes: el pánico por las consecuencias irrevocables del cambio climático o las que trae aparejadas por respirar un aire cada vez más contaminado, la impotencia por no poder detener la degradación del planeta, la culpa por traer niños a un mundo colapsado o la tristeza inconsolable por la pérdida de paisajes.

Los adolescentes que crecen respirando aire contaminado tienen un 70% más de posibilidades de sufrir paranoia y otros trastornos mentales

Aunque aún no hay datos concretos del porcentaje de población mundial que la padece –la descripción de este mal data tiene poco más de dos años de antigüedad–, los expertos insisten en la incidencia preocupante del cambio climático en la salud mental, agravado por unas previsiones científicas cada vez más apocalípticas. Por ejemplo, el estudio Salud mental y nuestro clima cambiante: impactos, implicaciones y orientación, recogido en la revista científica International Journal of Mental Health Systems alerta de que el sentimiento de los ciudadanos es cada vez más inquietante. También en España los psicólogos han alertado de cómo la salud mental de la sociedad en general se deteriora según se agrava la emergencia climática.

«Quiero que entren en pánico. Quiero que sientan el miedo que yo siento todos los días. Quiero que reaccionen como si nuestra casa estuviera en llamas… porque lo está», decía hace algo más de un año Greta Thunberg en una de sus intervenciones más duras ante los líderes reunidos en el Foro de Davos. El de la joven activista sueca es uno de los primeros nombres en aparecer al hablar de la ecoansiedad, una patología con especial prevalencia en los jóvenes. No en vano, si se hacen realidad los peores escenarios que dibujan las predicciones de la ONU, serán ellos quienes sufrirán los peores efectos del calentamiento global. Sin embargo, las consecuencias ya han empezado a notarse: el estudio Relación entre la exposición a la contaminación del aire y las experiencias psicóticas durante la adolescencia –llevado a cabo por el King’s College, pionero en la investigación de esta materia–, asegura que los adolescentes que crecen respirando aire contaminado tienen un 70% más de posibilidades de sufrir paranoia y otros trastornos mentales.

De la solastalgia a la huelga de natalidad

Quienes han padecido los efectos de desastres naturales como sequías, tormentas o inundaciones –que afectan a más de 26 millones de personas cada año y que, recordemos, se harán cada vez más frecuentes según aumente la temperatura del planeta– ya conocen de primera mano las secuelas psicológicas que tiene el cambio climático. Por ejemplo, aquellos que sobrevivieron al huracán Katrina (2005), presentan un 4% más de posibilidades de padecer una enfermedad mental, además de padecer cuadros de estrés postraumático o depresión, según concluyó un informe del MIT.
En algunos de estos casos extremos, a la pérdida material de bienes o al duelo por el fallecimiento de seres queridos se suman los traumas aparejados al hecho de tener que desplazarse dentro del propio país o fuera de sus fronteras. Si, solo en 2018, Acnur calcula que hubo más de 17 millones de refugiados climáticos, a los problemas de ecoansiedad se suma otro que los expertos han bautizado como solastalgia, que define un sentimiento caracterizado por «un sentido de desolación y pérdida similar a lo experimentado por personas obligadas a migrar de su entorno familiar».

Los supervivientes del huracán Katrina presentan un 4% más de posibilidades de padecer depresión

Si el positivo aumento de la conciencia medioambiental en los últimos años ha fomentado el cambio de hábitos colectivos –desde reducir la ingesta de carne a llevar bolsas reutilizables o apostar por el granel al ir a hacer la compra–, en las personas con ecoansiedad puede tomar formas más extremas. Por ejemplo, a inicios de 2019, en Reino Unido, se creó la plataforma BirthStrike (huelga de natalidad), un movimiento para hombres y mujeres que han decidido no tener hijos en vista del cercano colapso climático.

Blythe Pepino, activista y ex vocalista de la banda británica Vault, ahora Mesadorm, es la fundadora del la iniciativa. Según declaraba en una entrevista concedida al diario británico The Guardian, surge «del miedo compartido por muchas mujeres de hablar sobre natalidad y cambio climático». Pepino explica al rotativo británico que todo empezó con una conferencia organizada el pasado año por Exctinction Rebellion, un grupo ecologista que busca ejercer presión (pacífica) sobre el Gobierno para cambiar las políticas medioambientales. Allí, asegura, se dio cuenta de la «realidad catastrófica del calentamiento global» y, junto a su pareja Joshua, comenzó a investigar. «Sabiendo lo que sabemos, y ante la falta de voluntad política para luchar contra la crisis medioambiental, decidimos que no podíamos tener hijos», sostiene Pepino. En solo dos semanas, 140 personas, la mayoría mujeres británicas, se habían sumado a esta decisión de, no solo no traer niños al mundo, sino de declararlo públicamente para retratar la urgencia de una intervención gubernamental y social.

Mientras unos banalizan la ecoansiedad y otros, incluso, la celebran –porque ve en ella un revulsivo para pasar a la acción–, lo cierto es que en la mayor parte de los escenarios se dibuja un futuro difícil para las generaciones presentes y futuras. Y, mientras los sentimientos más humanos nos empujan a temer la incertidumbre como individuos, otros nos reafirman en hacer frente a los retos en comunidad. No estamos solos y podemos actuar hoy para transformar el mañana. Esa es la receta más eficaz de cuantas se conocen.

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