Siglo XXI

Soluciones innovadoras contra la despoblación

Las zonas rurales de España pierden cinco habitantes cada hora. Las mejoras en las telecomunicaciones y la conexión a Internet en todo el territorio son una condición imprescindible para que tenga lugar la innovación. Diferentes emprendedores rurales han iniciado su lucha particular contra la despoblación.

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Carla Lucena
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10
Jun
2019
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Carla Lucena

«Los portugueses tienen un dicho cruel: Portugal é Lisboa e o resto é paisagem. En España se podría decir que España es Madrid, y el resto, ni siquiera es paisaje». La idea que trasciende de esa frase, que recoge el escritor y periodista Sergio del Molino en La España vacía –libro publicado en 2016 y que tiene el honor de haber acuñado una expresión ya de uso cotidiano– es, con variaciones, el mantra repetido en los últimos años en congresos, artículos y charlas coloquiales sobre la despoblación. También en las reivindicaciones, de tono cada vez más elevado, de quienes viven en los pueblos.

En España, más del 85% de la población vive en menos del 20% del territorio. Las zonas rurales pierden, según el INE, unos cinco habitantes cada hora. La sangría se arrastra en el tiempo y en el espacio. Aragón, Galicia, Extremadura… Y, sobre todo, Castilla y León, la comunidad más grande en superficie y la que más población pierde: 125.000 personas en la última década. Dentro de ella, León, Zamora y Salamanca encabezan la lista en términos absolutos, con 42.000, 30.000 y 18.000 habitantes menos que hace veinte años. Números descorazonadores que evidencian que España también tiene un lejano y (cada vez más) vacío oeste.

«Vemos los pueblos de España como un lugar idílico, bonito, con un paisaje y unos ecosistemas únicos. Lo son, pero no olvidemos que allí viven seres humanos. Cuando hablamos de despoblación, estamos hablando de un problema de servicios, de desequilibrio y de falta de oportunidades. Hablamos de que España ha alcanzado el estado del bienestar en su conjunto en las últimas décadas, pero eso no ha llegado a las zonas rurales: no disfrutamos de una sanidad, una educación y unos servicios sociales iguales a los de las ciudades», denuncia Secundino Caso, presidente de la Red Española de Desarrollo Rural. «Hay una gran falta tanto de medios de transporte como de telecomunicaciones. Y ahí está precisamente lo que será el futuro del mundo rural: las nuevas tecnologías, que pasan por internet y fibra óptica».

Castilla y León es la comunidad más grande en superficie y la que más población pierde: 125.000 personas en la última década

Reducir esa brecha digital es el principal objetivo del Plan 300×100, presentado en la primavera del año pasado y dotado con 525 millones de euros. Con él, se pretende garantizar el acceso del 95% de la población de cada provincia de España a redes de banda ancha ultrarrápida –al menos, 300 megabytes por segundo (Mbps)– antes de 2021. Por otro lado, la agenda europea quiere que, para el año que viene, todos los ciudadanos europeos tengan conexiones de, al menos, 30 Mbps. La paradoja es que, aunque España es líder en la implantación de fibra óptica, la velocidad a la que aspira la UE no llega a más del 25% de la población: existen algo más de 4.000 municipios en los que no se alcanzan esos treinta megas y, en otras 2.600 localidades, ni siquiera los diez, según publicaba Hispasat en 2017.

No es difícil adivinar dónde se pueden situar esos municipios, desperdigados por zonas rurales y despobladas de Galicia, Aragón o Castilla y León. «¿Cómo hoy una familia va a querer tener hijos en un pueblo donde no tienen ni siquiera internet? En una ciudad puedes pedir así las citas del médico o los trámites con el ayuntamiento. Eso no se puede hacer en las zonas rurales, porque hay una sombra tecnológica. Antes de que los agoreros digan que no hay solución al problema del mundo rural, primero tendríamos que garantizar el acceso a los mismos servicios que en las ciudades y, luego, ver si tiene o no tiene solución», reivindica Caso.

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Que las telecomunicaciones lleguen al mundo rural es una demanda social… y empresarial. El teletrabajo está cada vez más asentado en los entornos laborales españoles. Según el Monitor Adecco de Oportunidades y Satisfacción en el Empleo, uno de cada catorce empleados ya trabaja desde casa, una modalidad laboral que muchos ven como una vía para frenar el éxodo de los pueblos e impulsar la innovación y el empleo. «Que una persona pueda estar en su casa trabajando en remoto pasa porque tenga una buena conexión. En el campo, en concreto, el hecho de que pueda ver su explotación con cámaras en el móvil y no necesite estar en la finca hasta las once de la noche es un factor de atracción para los jóvenes. La tecnología hará que trabajos que antes eran muy esclavos dejen de serlo tanto», explica Sergio Fernández, CEO de SmartRural.

Después de trabajar durante años en el mundo de las telecomunicaciones, en 2015 Sergio decidió volver a casa y montar su propia empresa en Valladolid, combinando la experiencia que había adquirido en ese sector con su formación en ingeniería agrónoma. ¿Su objetivo? Modernizar el campo y mejorar la rentabilidad de las explotaciones mediante la agricultura de precisión y el uso de las TIC en una comunidad donde el sector primario tiene una importancia vital –Castilla y León es el granero de España: en ella se encuentran la mitad de la superficie española dedicada al trigo blando (870.000 hectáreas), casi un tercio de todo el maíz (102.504) y dos tercios del centeno (103.714)–, para dar una cobertura similar a la que hay en las ciudades.

Sergio Fernández (SmartRural): «Ningún negocio es viable sin internet; la agricultura tampoco»

«Ningún negocio es viable sin internet, la agricultura tampoco: necesitan subir un informe o compartir datos sobre los kilos que han recogido. No nos cuesta convencerlos de ello porque solo quieren que internet les llegue mejor y más rápido, pero el despliegue es muy complejo. No es que haya problemas de internet: se pueden colocar antenas satelitales en cualquier parte que lleguen a treinta megas de velocidad. La cuestión es que esos sistemas no se dan a conocer o no se hace el ejercicio de cómo colocar esos sistemas de una manera más rentable, y las grandes empresas no dan el salto que deberían dar en el mundo rural», explica Fernández.

Sin duda, la tecnología abre un abanico ingente de posibilidades. Oliete es un minúsculo pueblo de Teruel de apenas 364 habitantes. Sin embargo, los olivos que se reparten en sus 86 km2 suman varios miles de padrinos virtuales gracias a Apadrina un olivo, un proyecto que quiere salvar los cien mil árboles centenarios de este tipo que, tras décadas de abandono, parecían condenados a morir. Si todo va bien, esta campaña habrá recuperado más de diez mil.

«Nuestro proyecto es replicable en muchos puntos de España. Todos los pueblos tienen algo importante, o algún conocimiento y producto valioso que los hace especiales y está oculto. Si se pudiera darle valor, se fomentaría el desarrollo rural y la generación de empleo en la zona», explica Sira Plana, una de las mentes que puso en marcha la iniciativa para salvar los olivares del pueblo de sus abuelos. El proyecto nació muy apoyado en las nuevas tecnologías: crearon una plataforma online que permite vivir la experiencia del apadrinamiento, ya que cada olivo está identificado con un código BIDI que permite a los agricultores fotografiar los ejemplares para que sus padrinos vean cómo su inversión se traduce en crecimiento y bienestar de su árbol. Además, si lo desean, también pueden ir a verlo in situ, algo que ha supuesto otro empujón para la economía olietana, que ha recibido a más de mil turistas en el último año.

Hace 40 años se consiguió que la electricidad llegase al último pueblo. El reto hoy es la conexión a internet de alta velocidad

Tras él, nació MiOlivo.org, que traduce esos apadrinamientos en productos como aceite y cosmética. «Lo que vendemos está basado en cinco eses: solidaridad (los padrinos son copartícipes de que existan esos olivares), social (creamos empleo en personas con distintas capacidades y en riesgo de exclusión sociolaboral), sostenible (con justa mecanización y llevado a cabo por personas de la zona), saludable (está fabricado de manera tradicional para mantener sus cualidades organolépticas) y que fomenta la stewardship (la custodia medioambiental, es decir, que trabaja para mantener la biodiversidad de la zona y frenar la desertificación del terreno conservando un patrimonio natural de incalculable valor)», explica Plana.

La implicación de los habitantes de los pueblos es clave para el éxito de proyectos sociales y emprendedores, pero también para la visibilización de los reclamos que solicitan más inversión para luchar contra el olvido. «Hace 40 años conseguimos que la electricidad llegase hasta la última casa del último pueblo, y ahora tenemos que conseguir que, en un tiempo récord, la conexión a internet de alta velocidad llegue también. Luego llegará la innovación que use esa autopista pero, si no la tenemos, es imposible que las empresas lleguen a los pueblos», zanja Secundino Caso.

«Hay una España vacía en la que vive un puñado de españoles, pero hay otra España vacía que vive en la mente y la memoria de millones de españoles», escribía Sergio del Molino en su ensayo superventas. Y quizá, inversión, igualdad e innovación puedan hacer que, algún día, sean más los que la habiten que los que la recuerden.

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