Ciudades

¿A qué espera para comprarse un pueblo?

Es relativamente económico. O al menos eso parece: ante los altos precios de las ciudades, comprarse una aldea abandonada se ha convertido en la opción predilecta de aquellos que, tras la pandemia, han decidido instalarse en el campo. Sin embargo, las dificultades para identificar a los propietarios, los altos costes de las reformas o las arduas condiciones de vida del mundo rural complican (pero no imposibilitan) la adquisición de viviendas en las zonas más despobladas de España.

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23
Dic
2021
pueblo

Calles desiertas y casas destartaladas configuran hoy la fisonomía de los cerca de 2.800 pueblos y aldeas que, según datos del Instituto Nacional de Estadística (INE), están abandonados en España. Son los cadáveres que ha dejado un proceso de despoblación que, desde hace décadas, se extiende por los territorios que componen la España vacía: Galicia, Castilla y León, Asturias y Aragón. Sin embargo, en los últimos meses, como consecuencia de la pandemia, estos lugares parecen haber atraído a un considerable número de personas que han decidido instalarse en las zonas rurales. Hay quien incluso se ha atrevido a comprar no solo una de esas viviendas condenadas al hundimiento tras la marcha de sus habitantes, sino toda un pueblo.

Gran parte de las casas de los pueblos abandonados carecen de la más mínima documentación sobre quiénes son sus propietarios. Sin embargo, existe cierta oferta y demanda, y personas dispuestas a resucitar lo que una vez existió. El perfil del comprador –esa expresión que tanto gusta a las inmobiliarias– es extranjero. Concretamente, más del 70% son suizos, venezolanos, estadounidenses, franceses, belgas e ingleses, mientras que solo un pequeño número de españoles se han lanzado a adquirir estas viviendas tras la crisis sanitaria.

Este fenómeno se ha visto impulsado por las comunidades autónomas, que luchan contra la pérdida de población a través de iniciativas sociales: algunas venden casas por un euro, mientras que otras ofrecen bonificaciones fiscales. Un claro ejemplo de ello es el ayuntamiento de A Coruña, que ha puesto a la venta un pueblo costero, a un kilómetro de la localidad de Corme-Porto. Hablamos de 12 viviendas, de las cuales solo una tiene propietario. Sin embargo, a pesar de estar deshabitadas, parece existir cierta resistencia al deterioro: algunas disponen de los clásicos alpendres y hórreos. El precio es de alrededor de unos 200.000 euros, aunque, por término medio, los precios suben entre un 5% y 10% al año.

Hay cerca de 2.800 pueblos y aldeas deshabitados en nuestro país

La era del 5G contrasta con este tiempo donde aún pervive incluso el adobe y la paja. En otra geografía, en Segovia, también existen estos espacios. Concretamente, la población de Matandrino. En su bitácora Pueblos deshabitados, el investigador autodidacta, y profesional de la limpieza de la Comunidad de Madrid, Faustino Calderón, narra que es un barrio perteneciente al pueblo de Prádena, situado en terreno llano en una vega que forma el arroyo de Matajudíos. Llegó a tener nueve casas y unos 45 vecinos. Hoy se vende el 75% del pueblo por unos 100.000 euros. «Negociables», asegura con esperanza su propietario, Benito Matesanz, constructor jubilado.

Hoy en día, comprar una vivienda en ciudades como Madrid, Santander, Bilbao o Barcelona significa endeudarse durante décadas. Una realidad que contrasta con la de zonas rurales como Carpio del Tajo (Toledo), el municipio más barato de España, donde se piden unos 304 euros por metro cuadrado, según el portal inmobiliario Idealista. Detrás van los 383 euros por metro cuadrado del pueblo palentino de Barruelo de Santullán.

Muchas veces, la compraventa de estos espacios consiste en ir armando un puzzle al que le falta una pieza. «En una operación para la que, hasta que conseguimos reunir toda la información (herencias, títulos de propiedad, localización de las lindes), tardamos entre seis meses y un año de media», explica la gerente de la empresa Aldeas Abandonadas, Elvira Fafián, que dice avisar a priori a los compradores de las dificultades del proceso.

Asimismo, tampoco ocultan lo duro que puede ser vivir en el campo y tener que hacer frente a retos como el de llevar a los niños a un colegio lejano o no contar a diario con medios de transporte públicos. «Somos muy sinceros. En las 20 llamadas que recibimos al día explicamos al comprador la realidad: la belleza y las incertidumbres», señala Fafián. «Lo interesante es que personas, empresas y emprendedores vengan con un proyecto o un negocio para ayudar al desarrollo de la zona y creen riqueza. Ese es un perfil más interesante que, por ejemplo, varios amigos que se juntan para adquirir algo por hobby o diversión», apunta la experta.

Fafián: «Interesa que vengan personas con un proyecto que cree riqueza en la zona»

La pandemia –y sobre todo el confinamiento inicial– ha provocado que muchas personas adviertan carencias en sus pisos de la ciudad, como la falta de espacio, terraza, aireación o de un lugar para teletrabajar con cierta comodidad. Es entonces cuando se han acordado de lo que siempre ha estado ahí: la naturaleza. «Mucha gente regresa al campo; habían emigrado durante bastantes años, han construido un patrimonio y quieren volver a sus orígenes o a un espacio que se lo recuerde y jubilarse», reflexiona Fafián. «Posiblemente, cada vez más, los hogares apostarán por un modelo de vida muy diferente al que llevan hoy y por un entorno de mayor tranquilidad», ratifica la firma inmobiliaria Foro Consultores.

Sin embargo, existe el peligro de idealizar el campo sin tener en cuenta algunos asuntos básicos que deben hablarse con los ayuntamientos antes de establecerse: como las canalizaciones, el alcantarillado, la pavimentación de los caminos… «Hay que conocer muy bien dónde se quiere vivir y la letra pequeña», advierte Fafián. Y lo cierto es que hay personas que al año se dan cuenta de que no encajan, de que se han equivocado. Y eso es un problema. «Pongamos que un propietario ha vendido su casa de Barcelona por 200.000 euros, ha invertido 60.000 en el pueblo y ha destinado unos 20.000 euros a las reformas. Si ahora la quiere vender, obtendría, por ejemplo, 80.000 euros, un dinero con el que sería imposible volver a adquirir su hogar en la ciudad», observa Fafián, que apunta a que las cifras iniciales son solo eso: un punto de partida. En general, un pueblo en ruinas en Galicia, Asturias o Aragón puede exigir un desembolso superior incluso a 500.000 euros en reformas, ya que muchos carecen de luz, agua, internet o cobertura.

En pueblo en ruinas puede exigir un desembolso superior incluso a 500.000 euros en reformas

Desde hace varios años, las webs especializadas como aldeasabandonadas.com o galicianrustic.com se ocupan –a veces de forma gratuita– de todos los trámites necesarios para la adquisición de estos inmuebles. Se encargan de la financiación, tasación, asesoría fiscal, reformas y otras gestiones para recibir, por ejemplo, subvenciones locales o europeas. Es una labor detectivesca que a veces consiste en buscar a familiares que han desaparecido, fallecido o viven en el extranjero.

En el caso de las casas familiares, se le suma la complicación de poner de acuerdo a todos los herederos, una condición indispensable para que un inmueble se pueda poner a la venta. «La voluntad de la totalidad de los propietarios no se puede suplir con ninguna alternativa. Es decir, tienen que consentir todos», aclara Fernando Acedo-Rico, director de relaciones institucionales del Colegio de Registradores de la Propiedad. Y matiza: «Es importante que los inmuebles se inscriban en el Registro porque garantiza la protección de la fe pública registral y la posibilidad de acceder a una hipoteca para llevar a cabo posibles obras de rehabilitación».

En todo este proceso de compra, la memoria tiene un peso profundo que va más allá de los trámites burocráticos. Así lo reconoce Gustavo Iglesias, funcionario en la Xunta de Galicia. Se crió en Sanxes, una aldea de Lugo situada a 13 kilómetros del municipio de A Pontenova, donde todavía resisten cinco casas. Cuatro de ellas se acercan a la ruina y una está medio restaurada. En esta aldea, explica, vivió con sus padres (ya fallecidos), donde tenían vacas y tierras. Pero todo eso es cosa del pasado: el tiempo y la vida le fueron alejando de sus orígenes, reconoce. Por eso ahora ha puesto, junto con los otros propietarios, la aldea a la venta: «No lo hago por dinero, sino porque no se pierda. Prefiero que se la quede alguien y que perdure». Como Iglesias, son muchos los que prefieren vender a ver cómo la tierra en la que nacieron o crecieron desaparece. Un sentimiento que hace de una operación inmobiliaria aparentemente corriente una oportunidad para mantener la memoria y la historia de todo un territorio.

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