Desigualdad

Los comedores sociales (también) son para el verano

La Fesbal y la Fundación Alimentum alertan del desabastecimiento que sufren los bancos de alimentos en la temporada alta de verano y buscan concienciar a ciudadanía y empresas para hacer un esfuerzo extra de donaciones también en esta época del año.

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11
Jun
2019
comedores sociales

Los inviernos son duros. Muy duros. Sobre todo si vives en la calle. O si no te puedes permitir encender la calefacción. O si te han cortado la luz por impago. O si no tienes nada caliente que llevarte a la boca. La pobreza energética —la pobreza en general— pareciera algo que solo ocurre en invierno, cuando la lluvia, el frío, y la Navidad, llegan a nuestras ciudades. Precisamente en esa época, la que se supone es la más feliz del año, más gente se siente miserable y, a su vez, más personas tienen el impulso de solidarizarse con los más desfavorecidos. Cuando las luces navideñas alumbran nuestras calles, el espíritu de Clarence, el ángel de la guarda del clásico navideño Qué bello es vivir, nos posee y acabamos donando 21 millones de kilos de comida en la Gran Recogida de Alimentos, como ocurrió el pasado año.

¿Pero qué pasa el resto del año? El verano llega a ser tan duro —incluso más— que el invierno: sus días son más largos, pero también abrasadores; las noches, más cortas, pero asfixiantes. Los colegios cierran y, con ellos, los comedores escolares. La gente huye de las grandes ciudades, escapan del calor, y también lo hacen muchos de los voluntarios de los comedores sociales, que se ven obligados a echar el cierre durante agosto. Los que quedan se ven sobrepasados y toda la carga cae sobre ellos. Los niños y niñas se quedan sin un lugar donde comer; las familias en riesgo de exclusión social buscan cómo alimentar a los suyos. La pobreza se agudiza.

Cientos de personas esperan pacientemente en una larga fila, bandeja en mano, a su ración diaria de comida —probablemente lo primero y único con lo que llenen sus estómagos ese día— en el comedor social de las Hijas de la Caridad, en pleno centro de Madrid. Muchos sienten vergüenza, no quieren estar ahí, pero es la única forma de comer algo sustancioso. Sus menús están pensados para ello: dos primeros platos entre los que siempre hay sopa, un segundo basado en carne, una ensalada, pan y postre, que puede ser fruta o yogur, o ambos. El café con leche nunca falta.

«El trabajo más duro es hacerles entender que no son los culpables de ser pobres», explica sor Josefa

«El trabajo más duro es hacerles entender que no son los culpables de ser pobres; su situación es fruto de unas circunstancias concretas, ya sea la pérdida del trabajo, un desahucio o la falta de una red familiar que les apoyen», explica Josefa Pérez Toledo, Hija de la Caridad y directora del comedor social María Inmaculada, el más antiguo de la capital. Si los comedores sociales ya eran necesarios en el pasado, desde hace alrededor de diez años se han convertido en elementos de vital importancia. Sor Josefa reconoce que «por culpa de la crisis económica y financiera, tenemos personas y familias que han trabajado la vida entera, pero que se han “comido” su paro y, ahora, no tienen, literalmente, qué comer».

El centro que dirige la Hermana de la Caridad reparte alrededor de 500 comidas diarias en meses tranquilos, como mayo. Durante el mes de junio y principios de julio, sor Josefa confiesa que el número de bocas que alimentar disminuye ligeramente, aunque de manera muy «discreta», por la campaña de recogida de la fruta, pero «bien entrado el verano podemos incluso doblar las raciones, sobre todo de familias que vienen con su táper, desde la otra punta de la ciudad, para recoger comida y llevársela a casa». Por eso, para evitar que haya niños y niñas que dejen de comer equilibradamente por el cierre de los comedores escolares, y de adultos que se pasen días con el estómago vacío, todos los 8 de junio desde hace 4 años, la fundación Alimentum, organización sin ánimo de lucro compuesta por empresas de alimentación y bebidas, y la Federación de Bancos de Alimentos (Fesbal), celebran el Día de la Alimentación Solidaria.

En España, alrededor de 1.200.000 personas sobreviven gracias a los recursos que los bancos de alimentos aportan a los comedores sociales y oenegés

Según Fesbal, alrededor de 1.200.000 personas sobreviven gracias a los recursos que los bancos de alimentos aportan a los 7.402 comedores sociales, entidades de acción social y otras organizaciones solidarias que reciben sus productos para, luego, distribuirlos entra las personas más vulnerables. Tan solo en 2018, los 55 bancos de alimentos españoles repartieron 152.000.000 kilos de productos que se tradujeron en 758.000.000 raciones de comida. Son muchas las empresas que colaboran con esta labor tan fundamental haciendo donaciones, pero tanto María del Hoyo-Solórzano, directora de la Fundación Alimentum, como Miguel Fernández, director general de Fesbal, reconocen que no es suficiente, sobre todo en verano, cuando menos recogidas y donaciones hay: «Se sufre un desabastecimiento importante y, por eso, necesitamos un esfuerzo adicional de la gente y, en especial, de las empresas; ahí incide nuestra campaña de concienciación y sensibilización».

Sor Josefa advierte: «Tenemos la mala costumbre de comer a diario, y eso es lo que hacemos aquí 365 días al año: diseñar menús, conseguir los ingredientes, cocinarlos y servirlos a más de 500 personas al día, a las que tratamos como clientes de un restaurante, además de apoyarles con seguimiento personal por parte de nuestro equipo de trabajadores sociales». A las familias que acuden a su centro, además, les ofrecen consejo a la hora de acceder a servicios sociales para atajar las situaciones vulnerables en las que se encuentran los menores. En 2018, tan solo en su comedor social comieron 2.262 personas, de las cuales 218 eran menores de edad. Para poder seguir alimentándoles necesitan toda la ayuda posible, también en verano.

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