Opinión

Revoluciones: Cincuenta años de rebeldía

El periodista Joaquín Estefanía analiza en su último libro las consecuencias del mayo del 68 y sus sucesores como el movimiento antiglobalización de Seattle de 1999 o el 15M madrileño de 2011.

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08
Mar
2019
revoluciones

Cada herejía tiene su apostasía. La tercera ley del movimiento de Newton –«a toda acción se opone siempre una reacción igual»–ha tenido un correlato casi perfecto en los movimientos sociales en éste último medio siglo. Revoluciones y contrarrevoluciones han estallado contra lo políticamente correcto en cada situación; se han sublevado contra cada statu quo. A cada Mayo del 68 le han sucedido un Mayo del 68 en sentido inverso; a cada avance progresista, una revolución conservadora; a la formación de una izquierda alternativa, la creación de una nueva derecha neocon; a cada paso socialdemócrata, una oposición neoliberal. La historia continúa y analizar medio siglo es sólo una formalidad. En algún momento habrá que hacer balance y al final del mismo determinar quiénes son los vencedores y quiénes los vencidos en esta dialéctica de confrontación sistemática. Cada una de las partes ha florecido cuando ha dispuesto de la fuerza con la que oponerse. Se trata de un proceso estocástico, cuyo comportamiento es no determinista. Depende de la correlación de fuerzas que se acumule.

A un lado del ring  están los años mágicos, 1968 (mayo), 1999 ( movimiento antiglobalización), 2011 (los indignados); en el otros, los reactivos, 1979 y 1980 (Margaret Thatcher y Ronald Reagan), 2001 (los neoconservadores) y 2016 (Donald Trump). Tan disímiles unos y otros. En un rincón, los jóvenes, que arrebataron al proletariado el monopolio de la rebeldía; en el otro, los aparatos del Estado, dispuestos a no consentir esa rebeldía y a restaurar sin complejos lo que el economista Lluís Boada ha denominado «la senectud del capitalismo». A cada gesto corresponde otro en sentido contrario. Sin tenerlo en cuenta no es posible medir bien la potencia que requiere cualquier acción, pues a ésta le corresponde una reacción. Acción y reacción son indisociables: si el sentido de la historia lo da el progreso, el motor de la historia era la lucha de clases. Las revoluciones, en su sentido más amplio, son un legado incomparable que han pretendido, equívocamente o no, quienes han luchado por la dignidad humana y por dejar tras de ellos un mundo mejor que el que encontraron al nacer.

«Es significativa la sustitución de la lucha de clases por la brecha generacional en esta historia»

El concepto de revolución comenzó a ser utilizado en política a partir del siglo XVII. Adquirió un aura mítica que siempre le ha rodeado. En este libro no se utiliza dicho concepto stricto sensu, esto es, como la toma violenta y rápida del poder político que genera en las sociedades transformaciones profundas y duraderas en el orden político, económico e institucional. Según el historiador José Álvarez Junco («Las revoluciones: entenderlas o añorarlas», Claves de Razón Práctica, número 254), hay otra acepción más genérica, menos dura, que contempla a las revoluciones como explosiones colectivas de protesta con aspectos trágicos pero también festivos, que tienden a sustituir el orden social y político existente por otro en el interior del mismo terreno ideológico (dentro del capitalismo –el socialismo de rostro humano–, o en el seno de una dictadura –aparición de varias sensibilidades en un sistema de partido único–); fenómenos culturales genéricos, como la fascinación que los sueños de redención ejercen sobre la colectividad humana. El politólogo conservador Samuel Huntington dice que la modernización erosiona las viejas creencias y lealtades, y hace aparecer nuevos actores y nuevas demandas sociales ante las cuales la comunidad política puede no saber adaptarse; entonces, los grupos emergentes se enfrentan con la autoridad establecida por canales ajenos al sistema y ello culmina en una revolución.

Es significativa la sustitución de la lucha de clases por la brecha generacional en esta historia. Los jóvenes que han salido a la calle, muchos de ellos provenientes de la burguesía y de las clases medidas, acusaron a los obreros de aburguesamiento, de tener cosas que perder, por lo que no podían seguir siendo la vanguardia del cambio como en el siglo anterior. Con las transformaciones, el proletariado ha ido perdiendo poco a poco el carácter de vehículo único de las metamorfosis sociales que ganó desde 1848, aquel año de la «irreligión de la revolución», cuando la izquierda europea esperaba una mutación total, inevitable, predestinada, del orden social. El proletariado también ha perdido el carácter del mito movilizador más poderoso del mundo contemporáneo. La juventud, interclasista, contradictoria, transversal, ha tenido que tirar en más de una ocasión de ese proletariado para que se movilizase, produciéndose contradicciones entre generaciones distintas, que han vivido de manera diferente. Ha sustituido algunas veces al sujeto redentor.

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