Opinión

Manual para vivir en la era de la incertidumbre

El populismo pende, como la espada de Damocles, sobre la democracia. En un tiempo en el que se han desdibujado las viejas certezas de prosperidad y progreso, el abogado Antonio Garrigues Walker analiza esta deriva en su libro ‘Manual para vivir en la era de la incertidumbre’ (Deusto), escrito en colaboración con el analista Antonio García Maldonado.

Ilustración

Carla Lucena
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28
Feb
2019
populismo

Es una huella antropológica tener miedo a lo desconocido. Los cambios se están produciendo a tal velocidad que todo el panorama que se presenta ante nosotros parece un inmenso agujero negro que se ha tragado nuestras certezas. Como si entráramos en él sin brújula ni linterna.

El presentismo de las redes sociales, el descontrol informativo propiciado por el click bait, que prima la captación obsesiva de audiencia sin importar el contenido, más la resaca de la crisis financiera global han dejado una sensación de fin de época. Una transición que, como nos enseña la historia, es propicia a la creación de monstruos que rellenan ese vacío con palabras vacuas pero efectivas. He ahí el populismo, de derechas y de izquierdas, que ha encontrado en las redes y la posverdad una herramienta eficaz para propagar sus falsos remedios.

Pero hemos de preguntarnos por qué ha calado tan fácilmente el mensaje populista en una sociedad occidental con un pasado ilustrado y de construcción liberal-democrática que ha costado tantos siglos y esfuerzos conseguir. El populismo es el síntoma de una patología de las propias democracias liberales, que han fallado a la hora de cumplir las propias expectativas que nuestro sistema generó. Existe una brecha generacional peligrosa y una sensación extendida de resignación respecto al declive socioeconómico de los años por venir.

«Paradójicamente, la era más presentista nos obliga a pensar como ninguna otra en el largo plazo»

El auge de China, que se presenta en términos de realidad inalterable, también ayuda a esta sensación de final de algo. En algún momento, es como si hubiéramos renunciado a tres puntos esenciales
en nuestra construcción personal y política: a nuestra historia, a nuestro acervo cultural ilustrado y a nuestra confianza para dar forma a la realidad que viene. Ya no seríamos sus diseñadores, sino solo sus habitantes, esperando a ver qué nos toca en suerte. En este sentido, aunque se habla más –y con justicia–de un desmesurado e insostenible aumento de la desigualdad, la era de la incertidumbre es también un tiempo de pérdida de libertad. Si no en el sentido legal, sí en el psicológico y emocional.

Y a la revolución digital, a la resaca de la crisis y al auge asiático, se une el cambio climático, que a su vez afecta a todos los anteriores. No es un matiz menor, porque lo que nos dice este hecho geofísico es que tampoco podemos volver a las certezas del pasado. Es ese sistema industrial el que nos ha llevado hasta aquí. Por eso la nostalgia no es una opción. No podemos volver a la economía del carbón ni a la de otros combustibles fósiles como el petróleo. Paradójicamente, la era más presentista nos obliga a pensar como ninguna otra en el largo plazo. Una dificultad añadida.

Siendo este el panorama, no es de extrañar esa sensación de provisionalidad y angustia. Aquellos que creemos en la democracia liberal y defendemos las reformas frente a la reacción política o al entusiasmo deshumanizado de determinados sectores de la empresa científico-técnica, debemos, antes que nada, empatizar con la sociedad. Comprender que su malestar no es fruto del capricho. Muchos análisis contrarios al populismo han adolecido de falta de sensibilidad y pedagogía, y han hecho más mal que bien para recuperar la autoestima social.

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