Sociedad

Un poquito de humor, por favor

Con su nuevo anuncio, Campofrío nos interpela a pensar sobre el lenguaje políticamente correcto, la sentimentalización del discurso y las fronteras del humor.

Artículo

Esther Peñas
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10
Dic
2018
humor campofrio

Desde 2011, Campofrío acostumbra a regalarnos en fechas navideñas un anuncio que nunca deja indiferente. La marca de la casa, además de los productos alimenticios, capitaneados por sus embutidos, es la ternura y el humor. Por sus campañas de fin de año han pasado grandes humoristas bizarros, desde Gila –presente desde la tumba alrededor de la que le rinden homenaje sus compañeros– hasta Chus Lampreave, pasando por Josema Yuste, Pepe Caravias, Chiquito de la Calzada, Fofito, Santiago Segura…

Pero la propuesta de este año supone una vuelta de tuerca. No solo se emplea el humor como recurso, sino que el humor y sus límites se convierten en el corazón mismo de la campaña. «Y es que, en los tiempos que corren, hacer un chiste puede salirte muy caro».

Que se lo digan a Guillermo Zapata, responsable de Cultura y Deportes del Ayuntamiento de Madrid. Dimitió por unos tuits de humor negro escritos mucho antes de llegar a la política, chistes sobre judíos, chistes sobre Irene Villa. El caso llegó a la Audiencia Nacional. Fue absuelto. O a Willy Toledo, que, por un post en su muro de Facebook antirreligioso, ha sido denunciado en los tribunales. Hay otros muchos casos en los que el uso del humor ha tenido consecuencias penales o civiles (la incautación de algunos números de ‘El Jueves’ por mofarse de la Monarquía), incluso trágicas. Charlie Hebdo.

Campofrío nos interpela a pensar sobre el lenguaje políticamente correcto, la sentimentalización del discurso y las fronteras del humor

Campofrío nos interpela a pensar sobre el lenguaje políticamente correcto, la sentimentalización del discurso y las fronteras del humor. Para ello, una gran producción que arranca con la fachada de ‘La tienda de Lol’, ubicada en una zona exclusiva de cualquier ciudad española. Un comercio de lujo con productos más que particulares: venden chistes. De bodas, cenas de empresa, funerales, (anti)monárquicos (un elegantísimo, as usual, Jaime Peñafiel se interesa por la mercancía), sobre discapacitados (al Langui le salen gratis), sobre payos (unas exuberantes Azúcar Moreno los están adquiriendo a cambio de oro)… Eso sí, los de exhumaciones, dada la temporada alta en la que estamos, se han agotado, y los chistes sobre mujeres están por las nubes.

Por entre los mostradores, Belén Cuesta, Silvia Abril, Quique San Francisco, David Broncano, Rober Bodegas… y Antonio de la Torre, el encargado del negocio. Los chistes están encapsulados. Se compran –son en esta fábula apocalíptica un lujo– y se disfrutan en soledad. Como mandan los ofendiditos, los macarras de la moral, los censores, los enemigos de la risa, manifestados a las puertas de la tienda con pancartas: «Lloro por no reír», «Muerte al humor negro», «Con tanta guasa así nos va» y «Porque me ofendo tengo razón». Ahí está el quid de la cuestión. En la ofensa.

Por su propia naturaleza, el humor es irreverente, está siempre en el límite. En estos tiempos de puritanismo moral, se está produciendo una teatralidad de la ofensa casi victoriana. El humor tiene que ver con la razón, con las ideas. No con los sentimientos. Cuando estos se entrecruzan, mal vamos. Hay humor blanco, inteligente, absurdo, con retranca, metafísico, escatológico, humor negro y sátira, ironía, sarcasmo, retintín. Esperpento. Humor rayando en la necrofilia –es una metáfora, entiéndaseme–, de mal gusto, si se prefiere. Aun así, no deja de ser humor. Al escucharlo, el interlocutor, le guste o no, queda delatado, porque sabe que algo ha ocurrido. Se cuenta el chiste, genera la síntesis de un discurso (mágico, instantáneo) y desaparece. La risa es caníbal, asegura André Barba en un ensayo sobre el humor, asunto que ha interesado a los grandes filósofos y pensadores: Platón, Hegel, Shopenhauer, Kant, Freud, Baroja, Bergson…

Porque ¿quién legitima sobre qué cosas podemos reírnos? La propia Irene Villa restaba hierro a los chistes que hizo Zapata sobre su persona, y la iglesia de San Carlos Borromeo cedió su salón parroquial para que Toledo diera una rueda de prensa. ¿Un homosexual está más legitimado que un hetero para hacer un chiste sobre maricas? ¿O eso son mariconadas, como cantaba Mecano hasta que su letra sufrió un juicio sumarísimo al llegar a un programa de máxima audiencia? ¿No nos estamos pasando de frenada?

Por supuesto que hay chistes machistas, xenófobos, racistas… Pero si un chiste no hace gracia, dejará de contarse

El humor señala aquello que preocupa a la sociedad, al ser humano, lo hace un poco más respirable. El humor nos coloca en el asombro, porque nos recuerda que las cosas pueden ser de otro modo a como las pensamos. El humor nos coloca en nuestra condición de humanos.

Por supuesto que hay chistes machistas, xenófobos, racistas, antisemitas… Pero si un chiste no hace gracia, dejará de contarse. Caerá por su propio peso, porque el artefacto –extraño, de mecanismo desconocido tantas veces– no habrá cumplido su objetivo. Y si se deja de contar, ya no existe. No hace falta denunciarlo ni meterlo preso. ¿O sí?

Como asegura Antonio de la Torre mirando a cámara, a modo de cierre de este anuncio dirigido por Daniel Sánchez Arévalo, «el humor es un bien de primera necesidad». No lo arruinemos. No nos convirtamos en Jorge de Burgos, el bibliotecario ciego –con perdón– de El nombre de la rosa, cuya moral inflexible le lleva a tratar de acabar con cuantos se relacionen con el segundo libro de la Poética de Aristóteles, dedicado a la comedia y a la risa. «Si el humor muere, será el fin de la civilización», escribió Umberto Eco.

Un poquito de humor, por favor. ¿Saben aquel que diu…?

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