Internacional

Bután, ¿el país más feliz del mundo?

El país asiático rechaza el PIB como indicador del desarrollo, y mide el bienestar de la población a través de su Índice de Felicidad Nacional.

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Macarena Vidal Liy

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Sara Janini | age fotostock y Suket Dedh
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25
Oct
2018
Bután

Paisajes de espléndida biodiversidad, tradiciones ancestrales intactas y un reclamo para el retiro espiritual. Bután es una estampa idílica. A este territorio escondido tras las montañas del Himalaya, se lo conoce como «el país de la felicidad». Si bien ha desafiado al mundo con su rechazo del PIB como indicador del desarrollo, este paraíso terrenal se enfrenta a problemas muy mundanos.

Bután está alto, muy alto, sobre algunas de las montañas más elevadas del planeta, los Himalayas. Tanto, que parece tocar el cielo y, a primera vista, ser un pequeño paraíso terrenal. Sus habitantes no llegan al millón de personas, sus límpidos paisajes son de una belleza sobrecogedora y, sí, efectivamente, hablamos del país que mide sus resultados no según su PIB, sino por su índice de Felicidad Nacional. Es, según su abundante hagiografía, uno de los países más felices de la tierra. Hasta su familia real, el soberano, Jigme Khesar Wangchuk, su esposa, Jetsun Pema, y el heredero, Jigme Namgyel Wangchuk, de dos años, parecen sacados de una revista de modelos. Pero, si se mira con un poco más de atención, Bután no es el tipo de cielo donde nunca pasa nada, con perdón de los Talking Heads.

Muchas cosas se están moviendo en su rauda transición del feudalismo de hace solo unas décadas a la modernidad en este país de bosques alpinos y selvas tropicales. Aún conserva su profunda espiritualidad budista y, especialmente en el campo, sus tradiciones se mantienen muy vivas. El énfasis en la conservación de la naturaleza es casi una obsesión nacional: más de la mitad de los bosques es intocable. Pero el reino del dragón tronante ya no es el país aislado de antaño.

El tráfico en Thimphu, la capital –aunque aún sigue sin necesitar semáforos–, se ha multiplicado por tres en cinco años. El atuendo tradicional da paso a las prendas occidentales en cuanto llega un momento de relajo y compite con ellas en las tiendas de Thimphu. El uso de Internet o el consumo de café está ya a la orden del día en esta ciudad. Cada agosto, un festival literario atrae a firmas internacionales. El Gobierno prevé abandonar la lista de países más pobres del mundo en los próximos años. Este otoño, el país celebrará sus terceras elecciones desde que el rey Jigme Singye Wangchuk (1972-2006), padre del actual soberano, abdicara para abrir el camino a una democracia parlamentaria.

«El Gobierno prevé abandonar la lista de países más pobres del mundo en los próximos años»

Y en esta veloz transición no deja de haber sombras. «Muchas de las estructuras autoritarias forjadas por el rey Jigme IV siguen aún en pie… [la monarquía] no ha cedido poder signficativo», escribe el académico Dhurba Rizal en su libro La democracia semi-autoritaria real de Bután (2015); «el sistema combina mínimas libertades civiles con el autoritarismo político», sostiene.

En la década de los 90, decenas de miles de lotshampa, una minoría étnica de lengua nepalí y religión budista, fueron privados de documentación y convertidos en apátridas. Entre 80.000 y 100.000 acabaron viviendo durante cerca de dos décadas en campos de refugiados en Nepal e India, antes de recibir autorización para emigrar a terceros países. Hasta ahora, ninguno ha podido regresar a Bután, que asegura que quienes se fueron lo hicieron por su propia voluntad. En su informe de 2017 sobre derechos humanos en ese país, el Departamento de Estado de EE. UU. apunta que Bután aún mantiene presos políticos de lengua nepalí y que su Gobierno rechaza «readmitir a algunos refugiados que presentaron reclamaciones de ciudadanía butanesa».

En su paso a la modernidad, este pequeño país aparentemente tan feliz afronta enormes desafíos. Su situación geopolítica es complicada, atrapado entre dos gigantes, India y China. Nueva Delhi ha sido, tradicionalmente, su principal aliado y referente para casi todo, incluida su política exterior. Pero Pekín llama cada vez con más insistencia a la puerta, aunque aún no mantiene relaciones diplomáticas formales con Bután y Thimphu ha rechazado de momento integrarse en la red de infraestructuras que China planea por todo el mundo, la llamada Nueva Ruta de la Seda.

El año pasado, una de las recurrentes fricciones territoriales entre China e India tuvo como protagonista el altiplano de Doklam, que Bután reclama. El viceministro de Exteriores chino, Kong Xuanyou, acaba de visitar Thimphu entre grandes alharacas. Pekín no esconde su interés en abrir una embajada, para alarma del otro gigante asiático. «Las guerras encubiertas de China en los Himalayas: ¿no es extraordinario que China –habiendo logrado el control de gran parte del altiplano de Doklam, que el diminuto Bután considera parte de su territorio– envíe a su viceministro a Bután a presionar para que le dejen abrir una embajada allí?», tuiteaba el prestigioso analista indio Brahma Chellaney a raíz de este viaje.

Si hay que tomar decisiones en el terreno geopolítico, también en el económico. El PIB ha crecido de 135 millones de dólares en 1980 a los 2.200 millones en 2016. El turismo –254.704 personas visitaron Bután el año pasado, el equivalente a un tercio de la población del país–, la venta de energía hidroeléctrica a India, la minería y las pequeñas industrias han traído una nueva prosperidad palpable al menos en las ciudades.

«Casi la mitad de la población autóctona ha migrado de su lugar de origen»

En un país donde la televisión no llegó hasta 1999, cada vez más viviendas cuentan con pantallas gigantes. El índice GINI, que mide la igualdad económica entre los habitantes de un país, muestra que se agrandan las diferencias sociales. El modelo que fomenta la felicidad y hace caso omiso del consumo se ve cada vez más amenazado.

Y, con el desarrollo, sus lacras. Aunque el índice de paro se mantiene oficialmente bajo, en torno al 2,5%, el desempleo juvenil es mucho más alto, del 11%. El censo completado en 2017 pone de manifiesto que casi la mitad de la población autóctona, el 48,7%, ha migrado de su lugar de origen.

Ante ello, el Gobierno en Thimphu asegura que mejorar las condiciones del medio rural es una de las prioridades que le impone su política de felicidad nacional, para evitar los males de un éxodo masivo del campo a la ciudad: enajenación social, aislamiento, escasez de mano de obra en los pueblos de origen y aumento del desempleo urbano.

Otro problema fruto del desarrollo afecta tanto o más a la esencia del Bután tradicional: cómo proteger el medio ambiente en un país de postal, donde el aire podría embotellarse por lo puro y casi cada rincón de sus paisajes alpinos y su paisanaje merece una foto de esas que ganan muchas medallas en los concursos internacionales.

Es cuestión de supervivencia: al menos un 30% de la economía nacional –turismo, agricultura, energía hidráulica– está expuesto al cambio climático. En su revisión nacional voluntaria sobre desarrollo sostenible este 2018 ante la ONU, Bután advierte de la necesidad de evitar que «los logros de desarrollo que tanto ha costado conseguir se vean perjudicados por los peligros del cambio climático y los desastres naturales».

«Bután aspira a continuar como neutral en su huella global de carbono»

Bután aspira a continuar como neutral –o incluso negativo– en su huella global de carbono. Ya es uno de los países más «verdes» de la tierra, fomentando el uso de vehículos eléctricos y subsidiando las bombillas led. Está en marcha una campaña para proporcionar electricidad gratuita al campo, de modo que las familias no tengan que quemar leña para cocinar, y el Gobierno aspira a no utilizar el papel para sus comunicaciones en un futuro cercano.

Pero, con todo, la Comisión Nacional de Medio Ambiente advertía este enero que la contaminación del aire –peor en invierno– empieza a perfilarse como un motivo de preocupación en las ciudades. La cantidad de basura ha aumentado considerablemente, advierte ese órgano en su informe Estado del medio ambiente en Bután, de 2016. También ha cambiado su naturaleza: lo que antes era casi todo biodegradable, ahora incluye pañales desechables, baterías, cosméticos, bombillas o chatarra electrónica. Aunque mejorados, los sistemas de tratamiento sanitario están aún lejos de las necesidades reales y la concienciación de la población aún es muy incipiente.

Lucha contra la degradación ambiental, contra el paro juvenil, la urbanización a paso rápido, la integración de las minorías, una libertad de prensa más teórica que práctica… Bután es, sí, en sus paisajes, su amor por el medio ambiente y el respeto a su cultura ancestral, un trocito de cielo. Pero con problemas y desafíos muy terrenales.

Macarena Vidal Liy es corresponsal en Asia

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