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Siglo XXI

‘Brand brother’: ¿escuchan las marcas nuestras conversaciones?

Cada vez más usuarios de Internet denuncian que redes sociales como Facebook o Instagram recogen sus conversaciones privadas para vender esa información a marcas con fines publicitarios.

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27
Sep
2018

«Estoy harta. El otro día hablé con un amigo, en persona, sobre filtros para aire acondicionado. Y cuando me conecté a Facebook después, me apareció publicidad sobre marcas de filtros de aire acondicionado. ¡Facebook, deja de escucharme!». «Yo no he llevado un reloj en mi vida. No me interesan. Un amigo me enseñó un Swatch extraplano que se acababa de comprar, y me dijo el modelo que era. Al poco tiempo, apareció justo este modelo en un anuncio de Facebook. Demasiada casualidad, ¿no? El micrófono de nuestros móviles es más peligroso de lo que pensamos».

Son dos declaraciones cogidas al azar de Internet. Hay cientos. Cada vez más gente empieza a pensar que su teléfono recoge sus conversaciones privadas, y las envía a servidores de agencias de publicidad, para que las usen con fines publicitarios. Nadie lo ha demostrado hasta el momento con pruebas fehacientes, pero experiencias como las descritas se multiplican por la red.

El director de la escuela empresarial de Universidad de Alberta, de Estados Unidos, declaró hace poco al medio canadiense Global News: «Conocen una cantidad tan aterradora de información sobre ti que son capaces de adivinar los temas en los que estás pensando incluso sin escuchar tus conversaciones verbales».

Lo que nadie niega, ni siquiera las grandes empresas tecnológicas, es que esa tecnología existe. Los asistentes de voz virtuales, como Siri de Apple, son capaces de entender muchas de las órdenes que les damos. Y cada vez se perfeccionan más, como el revolucionario nuevo sistema de Mercedes, con el que casi puedes mantener una conversación. Basta con decirle, mientras conduces, «estoy cansado», para que al instante te proponga los hoteles más cercanos. Hace poco, el altavoz inteligente Echo, de Amazon, fue el protagonista de una polémica que se hizo viral: su propietario se dejó la televisión encendida, y el dispositivo hizo, accidentalmente, pedidos de los productos que anunciaban en los anuncios.

Los reconocedores de voz no son exclusivos, por tanto, de los teléfonos móviles. Cada vez más dispositivos los incorporan. Tu televisor, tu consola de videojuegos o tu ordenador portátil es muy posible que te escuchen si los has comprado recientemente. En 2015, Samsung se vio obligada a rectificar los términos de privacidad de sus televisiones inteligentes, que rezaba los siguiente: «Para ofrecerte la función de Reconocimiento de Voz, puede que algunos comandos de se transmitan a terceras compañías que convierten la voz en texto. Por favor, sé consciente de que si tus palabras habladas contienen información personal o sensible, esa información estará entre los datos capturados y transmitidos a terceras compañías». A partir de la rectificación, la única manera de usar el reconocimiento de voz de sus televisiones es cuando el usuario le da al botón de activación del mando a distancia.

Esta polémica no es nueva. Empezó tímidamente hace unos años con algunos casos aislados, y muchos se lo tomaron como una psicosis sin fundamento. Pero enseguida empezaron a aparecer casos de personas de todo el mundo, que los compartían en sus redes sociales. Una onda expansiva que Facebook trató de atajar en 2016, con un anuncio público: «No es cierto que usemos el micrófono de su teléfono para informar a anunciantes o para cambiar lo que ve en News Feed. Mostramos anuncios basados ​​en los intereses de las personas y otra información de perfil, no en lo que usted dice en voz alta».

En ese mismo comunicado, Facebook, que también es propietaria de Instagram y WhatsApp, añadió que solo accede al micrófono de un dispositivo si el usuario ha otorgado su permiso a la aplicación, y si está utilizando activamente una función específica que requiere audio. Pero que en ningún caso se usa sus conversaciones para su publicidad ni la de terceros.

Con todo, las grandes tecnológicas se acercan al límite de nuestra privacidad con frecuencia, porque la mayor parte de sus enormes ingresos proviene de los anuncios personalizados. Cuanto más concuerden con nuestros gustos, más eficaces, y mejor pagados. Google admitió hace dos años que escaneaba nuestros correos electrónicos con el fin de adaptar la publicidad que nos enviaba. Ante el revuelo desatado, en 2017, el gigante de los motores de búsqueda anunció que dejaría de hacerlo con este fin, si bien nuestro correos electrónicos siguen sin ser completamente opacos. La aplicación Google Calendar sabe, por ejemplo, qué día vuela si le envían un billete de avión a su correo. Y se lo recuerda con algunas horas de antelación. La industria insiste en que no escucha conversaciones sin el permiso del usuario, sí que utiliza una ingente cantidad de herramientas que se nos escapan a la mayoría de los mortales, para descubrir con antelación qué nos mueve a hacer clic en un producto determinado.

Aunque son cada vez más las revelaciones de usuarios de todo el mundo sobre situaciones en las que se han sentido escuchados por su dispositivo, una de las que más eco ha tenido ha sido la de Damian Le Noaulille, un joven español afincado en París. El año pasado escribió el siguiente relato en la web Medium: «Hace algunas semanas, vi un contenido patrocinado en Instagram que me sorprendió. Hablaba de un proyector de cine portátil, un producto que nunca había buscado antes en Google, ni compartido en ninguna red social, tampoco le había dado un ‘like’ nunca. Tuve una mala intuición: la única vez que apareció este producto fue en una conversación al azar con un par de amigos en un café. Y la única forma de que Instagram supiera sobre esto era escuchar mis conversaciones de la vida real con el micrófono».

Otro bloguero que se autodefine como experto, Enrique Sanz, respondió enseguida en un post para desmontar la teoría de Le Noaulille con un razonamiento técnico: «Damián nos cuenta que usa un iPhone. iOS, el sistema operativo de Apple, no permite a determinadas aplicaciones funcionar en segundo plano. Es decir, que Instagram no puede estar funcionando de fondo, si no la tienes abierta, no puede hacer nada. Esto es una limitación del sistema operativo, y no es posible que se la salten sin permiso».

En cualquier caso, los expertos coinciden en una cosa: las herramientas para seguir nuestros pasos diarios, analizarlos y convertir esa información en publicidad cada vez son más precisas. Se presenta un futuro que no había imaginado ni el mismísimo George Orwell.

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