Cultura

El poder creador de la chapuza

La Deusto Business School reúne al filósofo Javier Gomá y al presidente de Bankia, José Ignacio Goirigolzarri, para que reflexionen sobre humanismo y competitividad.

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Pablo Blázquez
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28
Sep
2017
humanismo
Pablo Blázquez, editor de Ethic

¿Es posible ser a la vez un rico banquero y un anarquista consumado que lucha por la liberación de la sociedad? Según el escritor portugués Fernando Pessoa, sí. Y así lo intentó demostrar en un sorprendente relato publicado en 1922, El banquero anarquista.

Pero salvemos las distancias y situémonos de nuevo en el año 2017. ¿Sabes quién es el presidente de Bankia, José Ignacio Goirigolzarri? Es obvio que Goiri, como se le conoce en los cenáculos financieros, no tiene ni un pelo de anarquista. Pero sí es, digamos, un banquero atípico. Amante de la filosofía, recibe semanalmente clases particulares de esta disciplina, y tan pronto se presta a conversar sosegadamente sobre los grandes retos sociales con Ethic como protagoniza un bolo como el que este miércoles organizó en Madrid la Deusto Business School, y en el que, junto al filósofo Javier Gomá, autor de obras espléndidas como Tetralogía de la ejemplaridad, ha reflexionado sobre dos dimensiones que en muchas ocasiones entran en tensión (algunos dicen que es tensión creadora): el humanismo y la competitividad.

El debate entre el banquero y el pensador arrancó con una introducción del filósofo y esteta, que se encargó de contextualizar el devenir del humanismo ante el desarrollo de las sociedades materialistas. «Ser culto es tener conciencia histórica y saber que todo es cambiante, incluso el humanismo. La gran crítica que la postmodernidad le hace al humanismo es ese regusto aristocrático que ha llegado hasta nuestro días: unos pocos hombres de clase alta, blancos… Y hemos pretendido que eso sea válido para todos y para siempre. La postmodernidad nos ha enseñado que detrás de ese discurso hay mucha tendencia a la dominación. Ahora vivimos en una sociedad igualitaria, que ya no soporta tan fácilmente el discurso autoritario y jerárquico del humanismo tradicional», afirmó.

Nos encontramos, además, en la era de la multiculturalidad. Es decir, el humanismo occidental tiene que conciliar su visión con los humanismos que han alumbrado otras civilizaciones y que, lógicamente, también aportan elementos valiosos. «A lo mejor no es tan clara esa diferencia entre clase alta y clase baja. O no es tan clara la diferencia entre géneros.  Hoy podemos confundir literatura con filosofía. O la filosofía con teatro. Dentro del arte hemos llegado a hacer de un urinario una obra de arte sublime, como es el caso Duchamp. O hemos concebido una lata de tomate como una gran creación del espíritu humano, como pasó con la famosa obra de Warhol. La definición de humanismo, que antes era nítida, ahora está sujeta a revisión», argumentó Gomá.

En ese tránsito hacia una nueva definición, y ante esa imparable aceleración tecnológica que no pocas veces entra en tensión con el humanismo, el filósofo dandi propone superar el proceso de Destrucción Creadora de Schumpeter y apostar por una reformulación de uso doméstico, a medio camino entre la ironía autocrítica y la honestidad intelectual: la chapuza creadora. «Somos mezquinos, somos ruines, somos vulgares. Pero ocurre que, cuando se trata de supervivencia, se produce una mutación genética y nos adaptamos. Así, aunque a muchos les pesa, lo cierto es que en los últimos siglos no hemos hecho más que progresar desde el punto de vista material y moral, no sin rodeos, no sin regresiones, no sin caídas al abismo. Pero cuando uno mira con vista de pájaro qué ha hecho la humanidad ve que, chapuceramente, ha ido adaptándose y progresando, tanto material como moralmente. Y ahí radica el poder creador de la chapuza».

Gomá le pasaba así la pelota al presidente de Bankia, ante un auditorio muy establishment entre los que se encontraban el mítico banquero Alfredo Saénz (que preside el Consejo de la Deusto Business School), la presidenta de Microsoft España, Pilar López, el obispo de Bilbao, Mario Iceta, o el vicesecretario de Comunicación del PP, Pablo Casado. De la oratoria del filósofo al speech de aplicación práctica del CEO. «Una empresa es un mosaico de equilibrios que se mueve entre los derechos y las obligaciones. El respeto a las personas y a su dignidad es la base y esa base tiene que estar en equilibrio con otra realidad: el compromiso de los profesionales competentes», afirmó Goirigolzarri.

Todos recordamos cuando en 2012, tras la abrupta y turbia salida de Rodrigo Rato, el gestor vasco aceptó como un desafío personal presidir el banco sobre el que pesaban más escándalos, órdenes judiciales y tentativas de escrache con el objetivo de transformarlo en una entidad financiera solvente. «Creo que para conseguir ese equilibrio entre el respeto a la dignidad y la profesionalidad, las organizaciones tienen que ser radicalmente meritocráticas. En una sociedad en permanente cambio como la nuestra, eres mucho más dependiente de tus colaboradores. Por eso tenemos que valorar mucho su opinión y generar un ambiente en el cual aflore la crítica. Hay que hacer a las personas corresponsables de los proyectos porque si no esos proyectos se deslizan por la mediocridad. Y la mediocridad es ese tobogán que te lleva al fracaso», apuntó Goirigolzarri, antes de concluir con un llamamiento para impulsar y mejorar la educación. Imposible no volver a caer en ese concepto irónico aunque en el fondo optimista de la chapuza creadora si hablamos de la educación en España y sus reincidentes reformadores.

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