Opinión

La gran alianza

«La gran sombra que planea sobre el resultado de la Cumbre del Clima de París es la falta de concreción en la reducción de emisiones», escribe Pablo Blázquez.

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23
Ago
2015

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Por primera vez en la historia se ha alcanzado un acuerdo universal vinculante para hacer frente al cambio climático. Aunque la comunidad científica viene advirtiendo, desde hace demasiado tiempo, de que el margen para evitar una catástrofe medioambiental se agota, París marca un punto de inflexión evidente. Este acuerdo global, con sus zonas de sombra, supone un paso decisivo hacia una economía baja en carbono y es, por tanto, una buena noticia.

El texto aprobado en la capital francesa con la firma de 195 países –entre ellos los dos mayores contaminantes, China y Estados Unidos, que en su día se negaron en rotundo a suscribir Kioto– establece un objetivo principal: que la temperatura media no suba a finales de siglo más de 2°C por encima de los niveles preindustriales. También expresa el compromiso de trabajar para limitar el incremento a 1,5°C, algo realmente complicado si tenemos en cuenta que ya ha subido 0,9°C.

Resulta extraordinariamente novedoso que el desafío climático y la defensa del planeta se aborden a través de una estrategia global. De hecho, una de las claves de la alianza es la incorporación a la misma de los países en vías de desarrollo, sin quienes no podríamos de ninguna forma afrontar esta batalla por el planeta. El mensaje a gobiernos y agentes económicos es claro y meridiano: toca orientar las políticas y las inversiones hacia las energías limpias y apostar de una vez por todas por un nuevo modelo de crecimiento. Esta transición resultará, qué duda cabe, muy compleja, especialmente para esos países en desarrollo y para aquellos que, como China e India, aún tienen una alta dependencia energética del carbón.

«Resulta extraordinariamente novedoso que el desafío climático y la defensa del planeta se aborden a través de una estrategia global»

Pero la gran sombra que planea sobre el resultado de la Cumbre del Clima de París es la falta de concreción en la reducción de emisiones. El acuerdo es jurídicamente vinculante en todo excepto en los objetivos para limitar las emisiones de CO2. ¿Y qué ocurre cuando sumamos las reducciones a las que se han comprometido de forma voluntaria 186 países? Que las cuentas no salen: la temperatura global experimentaría a final de siglo un aumento de entre 2,7 y 3,7°C, lo cual tendría, según la comunidad científica, unos efectos devastadores sobre la salud del planeta. Por eso resultará clave el mecanismo de revisión que se ha establecido en París para cada cinco años. Este seguimiento permitirá observar si el esfuerzo de los distintos países es suficiente para estabilizar las temperaturas.

El camino por recorrer es áspero y fragoso: gobiernos y empresas han de demostrar liderazgo, responsabilidad y compromiso. Todos debemos sumar esfuerzos, también los ciudadanos. Fue bochornoso vivir la última campaña electoral en España y comprobar cómo la defensa del medio ambiente quedaba, una vez más, relegada al ostracismo. La Agenda 21 frente al cambio climático es un reto de dimensiones colosales, pero París, con todas sus ambigüedades, abre una ventana a un razonable optimismo. Como dijo ese personaje fascinante y poliédrico de la Francia del siglo XX que fue André Malraux, el motor de la revolución no es otro que la esperanza.

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