Internacional

«Israelíes y palestinos no llegarán solos a un acuerdo»

A Henrique Cymerman se le conoce como el hombre en la sombra de la cumbre de paz de Oriente Medio. Fue el artífice del encuentro en el Vaticano entre el presidente israelí Simon Peres y el palestino Mahmud Abás.

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17
Feb
2015

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Por Irina Moreno

Su nombre ha quedado marcado en la historia de uno de los conflictos más enconados del mundo. A Henrique Cymerman se le conoce como el hombre en la sombra de la cumbre de paz de Oriente Medio. Este veterano periodista fue el artífice del encuentro que se celebró en 2014 en el Vaticano entre el presidente israelí Simon Peres y el palestino Mahmud Abás. Fue el mismo Papa el que le pidió que actuase de intermediario. Su amistad con él -“soy un judío bergogliano”, reconoce- le llevó a embarcarse en esta misión. En una visita a Madrid, donde recogió el premio Derechos Humanos del Consejo General de la Abogacía Española por su labor en esta reunión histórica, se muestra convencido de que este enfrentamiento que se remonta a principios del siglo XX verá un día su fin.  

Fue el promotor de este encuentro sin precedentes. ¿Qué significado personal tiene para usted ser un agente activo en el conflicto? 

Las cosas en la vida a veces ocurren sin planear y esta fue una de ellas. Un día el Papa me llamó a mi teléfono móvil y me dijo: “Depende de ti. Por favor, ayúdame en esto”. Y qué le puedes decir al Papa; lógicamente accedí. Es tal el grado de estrés, de presión, que no tuve ni tiempo de pensar en lo que estaba haciendo. Hablas con presidentes, con todo tipo de autoridades, hasta con servicios secretos y surgen tantos problemas y te metes en un lío tan grande, que es difícil de asimilar en el momento. Piensas: “Ya me emocionaré cuando ocurra”. En el momento de la ceremonia, en los jardines del Vaticano, me senté y por primera vez sentí que no tenía nada que hacer, solo mirar. Era surrealista presenciar ese momento porque era la primera vez en la historia que sucedía algo así. El Papa me comentaba: “Imagínate qué sentirán 1.500 millones de musulmanes que nunca han visto un rabino rezando al lado de un imán musulmán”. Yo sabía que al día siguiente volveríamos al problema, que una cumbre así no lo resolvería. Pero fue un paso hacia la solución. Ojalá que el día que haya un acuerdo, se recuerde esta fecha como un día realmente crucial en el camino hacia la paz.

En todos los conflictos hay intereses políticos y económicos en juego. ¿Cuál es el trasfondo de un conflicto crónico como este?

En este caso el problema está en que cada vez aparecen grupos más radicales que los anteriores. Al Qaeda, que es el grupo terrorista que ha provocado los atentados más graves de la historia de Estados Unidos y Europa, no sólo son más moderados que los que han salido ahora, sino que encima les tienen miedo. Esa radicalización lo que hace es enquistar el problema, convertirlo en algo crónico. Pero no podemos consentir que se convierta en un problema sin solución. Hay que intentar parar este intento de los grupos fundamentalistas de todos los bandos de convertir esto en un conflicto religioso. Y esta es la función de las autoridades religiosas mundiales, hacer un llamamiento a los radicales de cada religión y decirles que son terroristas que están atentando contra su propia religión y quizá así se pueda parar la mano de un joven que en este momento esté pensando en acometer un atentado mañana por la mañana. Hay que parar todos los radicalismos y la única solución es lo que a mí me gusta llamar el eje del bien contra el eje del mal de la Guerra Mundial contra el terrorismo de Bush. Es unir a todos aquellos que aunque sean de religiones muy distintas, quieren una sociedad mejor. Y esos, aunque sean muy distintos, tienen que unir fuerzas y recibir el apoyo de la comunidad internacional si es que queremos que haya un futuro distinto en esta región.

La fórmula de Estados Unidos y de otros países occidentales de luchar contra estos radicalismos, ¿los frena o los alimenta?

Tengo mis críticas; yo creo que Estados Unidos utiliza a menudo parámetros occidentales para entender Oriente Medio y se equivoca. Como cuando intenta democratizar estas zonas y lo que ocurre es que a través de elecciones se eligen grupos no democráticos. Las elecciones tienen que ser el final de un proceso democrático, no el principio. Hay que educar para la democracia, para derechos humanos, para la paz. Estados Unidos también se equivoca en la táctica negociadora. Tras muchos años de seguir este conflicto y ayudar a negociar en él, los israelíes y los palestinos solos no van a llegar a un acuerdo. Pero tampoco con la ayuda de los americanos y los europeos. Hoy por hoy, y creo que es el nuevo intento que vamos a ver en este año, la única fórmula de conseguirlo es que los países árabes que son miembros de este mismo eje y que están preocupados por la ola islamista, se unan y planten cara a los radicalismos. Gente como los jordanos, los egipcios o los saudís pueden llevar de la mano a los israelíes o a los palestinos para llegar a algún acuerdo. Solos no serán capaces. Al menos, en los próximos años.

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¿La reconciliación es una quimera?

La reconciliación es algo que tardará mucho, es un proceso muy largo. Un conflicto de más de un siglo no se acaba en días, ni en semanas, ni en meses. Pero hay que iniciar ese proceso. Yo prefiero una paz fría como la que existía entre Israel y Egipto desde el final de los años 70 a una situación como la que vivimos ahora entre Israel y Palestina. Tardará tiempo hasta que los egipcios vayan con total libertad a Israel y los israelíes se paseen por el Bazar de El Cairo, pero hay que empezar para que la próxima generación pueda disfrutar de los frutos de lo que se pueda conseguir ahora.

El Papa ha hecho más gestos por el fin de este conflicto que la mayoría de sus antecesores. Usted que es de los pocos periodistas que tienen acceso a él, ¿es, como muchos afirman, un papa verdaderamente revolucionario, que va a hacer tambalear los cimientos de la Iglesia?

Yo sé que lo que él quiera hacer, lo va a pelear hasta el final. Es un líder espiritual respetado no sólo por el mundo cristiano. Yo le conté algunos incidentes antisemitas que viví en mi infancia en Portugal, y el Papa me escuchaba con una lágrima en los ojos. Lo sentía de verdad y me dijo: “Por eso estoy aquí, para evitar que cosas así sigan ocurriendo”. Me dijo una frase que me marcó: “El antisemitismo en un pecado”. Este Papa ha venido a revolucionar muchas cosas, sobre todo, dentro del mundo cristiano. Y su revolución ya ha comenzado. La última vez que estuve en Santa Marta, en el Vaticano, vi padres ortodoxos allí. ¿Cuándo esto era posible en el pasado? Él está sentando las bases para la paz, dentro del mismísimo cristianismo que es una prioridad para él. Al patriarca Bartolomé le ha dado todos los honores poniendo fin a más de mil años de conflicto. Yo creo que vamos a ver muchos cambios en el cristianismo y en el próximo Sínodo lo comprobaremos.  

¿Veremos cambios sustanciales como el acceso a las mujeres al sacerdocio o el fin del celibato?  

Quién sabe. Pero hay algo de lo que estoy convencido y es que él se lo plantea todo. El Papa es un libre pensador, es una persona de las más abiertas de espíritu que he encontrado. Estoy seguro de que todo lo que pueda traer un cambio y el bien a la humanidad, él se lo planteará y decidirá si es el momento o no de ponerlo en práctica.

¿La Iglesia necesitaba un cambio de rumbo?

Todo el mundo sabe que sí. Hasta él mismo. De hecho, yo creo que él aceptó ser Papa por eso. Por lo que he visto y escuchado, él no era el candidato número uno pero al final fue elegido porque la Iglesia necesitaba un cambio.

Ese cambio era un reclamo de muchos ciudadanos que también en España reivindican una clase política honesta. Usted que conoce bien nuestro país, ¿qué opina sobre la flagrante degradación de la política española?

Es preocupante. La corrupción es una enfermedad crónica que afecta a muchos países; se ha convertido en un fenómeno general en todo el mundo. Ocurre en las dictaduras y también en las democracias. En la política nos hemos quedado con las mismas estructuras de partidos de hace casi un siglo. Creo que ha llegado el momento de intentar adaptar estas estructuras y reunir de alguna forma a consejos de sabios que intenten adaptar las democracias al siglo XXI. Además, lo que hay que hacer es castigar la corrupción porque no puede ser que en sociedades en las que el 50% de los jóvenes no tienen trabajo, haya personas que se estén enriqueciendo de esa manera. Como decía hace más de un siglo el dramaturgo irlandés Bernard Shaw, los políticos y los pañales hay que reemplazarlos con frecuencia por los mismos motivos. La sociedad está harta. Hay que renovar la clase política.

La irrupción de Podemos es el resultado de ese hartazgo generalizado. ¿Es de los que ve en ellos una esperanza o una amenaza?

Los grupos que aparecen de repente me preocupan porque no sé qué intereses tienen detrás. Creo que hay algo de superficial en sus actitudes. Pero el que haya nuevas estructuras y nuevos pensamientos siempre es positivo. Eso sí, siempre y cuando no caigan en el populismo barato.

¿Qué papel ha jugado el periodismo en este cataclismo político y económico? ¿Tenemos parte de culpa?

El periodismo sí tiene parte de responsabilidad. Hemos caído en una forma muy superficial de hacer periodismo, donde nos regimos sobre todo por las audiencias. En vez de plantear los temas que son realmente importantes para una sociedad, planteamos lo que el público quiere que le digamos. Es un círculo vicioso que hace que caigamos en el amarillismo. Tenemos que encontrar un equilibrio, reflexionar sobre el papel de los medios de comunicación y ser más responsables. Una grabadora, una cámara de televisión o un ordenador son armas exactamente iguales que un avión de combate o un tanque. A veces pueden definir vida o muerte en zonas de conflicto, pero también en lugares en crisis como en Europa. Y, por lo tanto, los periodistas deben sentir esa responsabilidad. De la misma manera que hay que hacer una reflexión en la clase política, hay que hacer una reflexión en el cuarto poder. Tenemos que ser responsables de nuestros actos.   

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